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oración 4
Por Samuel Caraballo-López
Así que yo les digo: Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre (Lucas 11: 9-10).

Una de las cosas más difíciles es predicar de un pasaje que ciertas experiencias parecen contradecirlo. Este es el caso de este maravilloso pasaje del Evangelio de Lucas 11: 1-13, que corresponde al domingo 28 de julio de 2013.

Recuerdo en mi adolescencia un evento que afectó adversamente la vida de mi familia. Una tarde llegaron a nuestra casa varias personas con la triste noticia que mi padrastro, un celador de línea de la Autoridad de Energía Eléctrica, había tenido un accidente. Los rostros desencajados de los anunciantes, me dieron la impresión que había ocurrido lo peor. Corrí desesperadamente hasta la letrina y poniendo mis rodillas en el piso, le pedí al Señor que salvara a mi padrastro. Lo hice con lágrimas, humillación, pasión, fe, según me habían enseñado en las escuelas bíblicas. Salí de aquel “oloroso” lugar esperando una respuesta afirmativa a mi petición. Lamentablemente mi padrastro había fallecido en el accidente. Ciertamente me quede frustrado con aquella situación: ¿por qué Dios, el Todopoderoso, no me concedió mi petición? Yo había orado como me lo habían enseñado, y nada ocurrió como había pedido.

Muy a menudo hemos pedido y no hemos recibido; hemos buscado y no encontrado; hemos llamado y ninguna puerta se ha abierto. A pesar de nuestras más fervientes oraciones por la salud y seguridad, hemos perdido a seres queridos con enfermedades como el cáncer y víctimas de la violencia y los accidentes sin sentido. A pesar de las oraciones de cristianos fervientes en todo el mundo, seguimos experimentando las tragedias de la violencia, el hambre, las enfermedades y los desastres naturales en todo el planeta. ¿Por qué tantas oraciones parecen no tener respuesta?–ESA ES LA PREGUNTA.

La Pastora y Profesora Luterana Elizabeth Johnson, hace un excelente análisis sobre este asunto en su exposición sobre el texto de esta semana (www.workingpreacher.org), y que sirve de apoyo a mi reflexión. Para Johnson, no hay una respuesta simple a esta pregunta, aunque a menudo se dan respuestas simplistas.

Una explicación que escuchamos a cada rato es que Dios siempre contesta a nuestras oraciones, solo que hay respuesta que son sí y otras que son no. No descartamos que tenga algo de cierta esa explicación. En otras ocasiones se nos dice que la respuesta no llega porque no hemos pedido con sabiduría y fe, por lo tanto Dios, que nos “ama verdaderamente”, tiene que rechazar nuestra petición. Sin embargo, esta explicación no corresponde a las enseñanzas de las Escrituras (Romanos 8: 26-27). Además, en muchos casos en los que nuestras peticiones están en armonía con la voluntad de Dios no obtenemos las respuestas deseadas. Las Sagradas Escrituras dan claro testimonio que la voluntad de Dios es que todos tengan lo suficiente para comer y que la violencia y la guerra cese. Jesús nos dice que oremos por el pan diario y para el reino de Dios venga. Sin embargo, millones de personas siguen pasando hambre y escasez, inclusive creyentes, y las guerras siguen diezmando a poblaciones enteras.

Otra explicación, muy común a las oraciones sin respuestas, es que “todo lo que sucede tiene un propósito divino.” Algunos han acuñado el término la “voluntad permisiva” de Dios para justificar este punto. Otros expresan, que no importa lo mal que parezca una situación, todo es parte del plan de Dios para llevar a cabo algún bien superior. Esta es una explicación preocupante–por lo menos para mí–ya que sostiene que todo lo que sucede es la voluntad de Dios. En tal caso habría que decir que toda clase de mal – como la violencia en todas sus manifestaciones, la tortura a inocentes, el hambre y la muerte prematura, el abuso sexual de menores–es la voluntad de Dios. ¡No nos atrevamos a llamar los resultados trágicos de nuestra propia rebelión y pecado “la voluntad de Dios!” Por supuesto, creemos que Dios puede sacar bien del mal. De hecho, esta es nuestra esperanza y el corazón mismo de nuestra fe en la muerte y resurrección de Jesús. Pero eso es una cosa muy diferente a decir que todo lo que sucede, aún la maldad, se debe a la “voluntad permisiva” de Dios.

Entonces, ¿qué podemos decir acerca de la oración sin respuesta? Realmente no tenemos una contestación que solucione este tranque. De hecho, no es sabio ir más allá de nuestros límites. Podemos, sin embargo, afirmar lo que la Escritura nos dice: que Dios es Todopoderoso, sin embargo, Dios no es el único poder en el mundo. Hay otros poderes en los escenarios del mundo: los poderes de Satanás y sus demonios, el poder del pecado y la rebeldía que se hace presente en la naturaleza humana, y los principados y potestades rebeldes que se encarnan en las estructuras y sistemas terrenales. No podemos tampoco descartar los factores naturales, que en ocasiones, son afectados por la intervención humana. Aunque Dios ha ganado la victoria final sobre estos poderes a través de su muerte y resurrección de Jesús, la batalla continúa (Colosenses 2: 14-15). Por lo tanto, la voluntad de Dios puede ser estorbada (no necesariamente impedida) por estos poderes rebeldes.

¿Por qué molestarse en orar, si la voluntad de Dios puede ser estorbada? Una vez más afirmamos lo que la Escritura nos dice, y sobre todo lo que Jesús afirma en este pasaje: él nos invita a una relación con un Dios amoroso que nos quiere dar la vida, y que continúa trabajando incansablemente para nuestra redención y el de toda la creación.
No todo lo que sucede en nuestra vida y en el mundo es la voluntad de Dios. Pero podemos afirmar con el Apóstol Pablo, “sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (Romanos 8:28). ¡Muchas Bendiciones!

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2 pensamientos en “Cuando no hay respuesta… ¿y ahora qué hago, Dios?

  1. Gracias por esta reflexión en torno a la oración no contestada.
    Sería bueno el pensar al revés: ¿qué dirá Dios cuando se enfrenta a la realidad de tantas veces que Dios nos habla y espera respuesta de nosotros, pero no respondemos, ni obedecemos? Este pensamiento no disminuye el dolor y perplejidad de que Dios no conteste, pero lo pone en el marco de referencia de nuestra relación con Dios. Creo que debemos ver las maravillosas promesas bíblicas sobre la oración en el contexto de mi atención a Dios: ¿Contesto cuando Dios me habla? ¿Le sirvo yo a El o El a mí? ¿Vivo para hacer Su voluntad? Repito: esto no resuelve nuestro dilema, pero invierte la queja para reflexionar sobre nuestras respuestas a Dios.

    • Louis:
      Paz! Muchas Gracias por tu valiosa aportación. Me parece excelente tus comentarios y dan un pie forzado a reflexionar sobre el por qué no contestamos cuando el nos habla. Es posible que existan muchas explicaciones a nuestra falta de respuesta. A mi se me ocurre pensar, además de las tradicionales, que las mismas estructuras y sistemas del mundo están condicionando a los creyentes para no discernir la voz de Dios entre tantas voces que se escuchan. Los mismos poderes que estorban el cumplimiento de la voluntad de Dios en nosotros, son los mismos que impiden que escuchemos esa voz de Dios, que continúa hablando. La Parábola del sembrador (aunque es una narración) habla de que la semilla que cayo junto al camino, vinieron las aves y se las comieron (Marcos 4: 4). La explicación nos asombra: “los que están junto al camino donde se siembra la palabra: en cuanto la escuchan, llega Satanás y se lleva la palabra sembrada (Marcos 4: 15). Los mismos poderes rebeldes que estorban (no impiden) que se cumpla la voluntad de Dios que se reclama en la oración, son los mismos poderes que se oponen a que la palabra escuchada, sea obedecida por el creyente. Pienso, que es necesario enseñar a los creyentes a entender que el mismo que nos habla, es el mismo que tiene el poder, al nosotros responder, para remover obstáculos internos y externos que interfieren e impiden que obedezcamos al que nos habla. La batalla continúa…

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