ADVIENTO: ÉPOCA DE RENDIR CUENTAS

Por Samuel Caraballo-López

Y haga el Señor que crezcais y abundeis en amor unos a otros, y para con todos, así como nosotros también hacia vosotros, para que afirme vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de vuestro Dios y Padre, ante la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos (1 Tes. 3, 12, 13).

El adviento es el primer período del año litúrgico cristiano.  Esta temporada del año consiste en un tiempo de preparación espiritual para la Segunda Venida de Cristo en gloria, que es anticipada y anunciada por la navidad.  Su duración consiste este año de cuatro domingos comenzando con este domingo 2 de diciembre y  extendiéndose hasta el domingo 23 de diciembre de 2018.

La temporada de adviento es época de revisión, preparación, y toma de decisiones de cara a la Segunda Venida de Cristo. Uno de los primeros aspectos que debemos revisar es el llamado que Dios nos ha hecho en Jesucristo y la naturaleza de nuestra respuesta al mismo.

Es importante hacer una distinción entre lo que es el llamado divino y la vocación humana. El Llamamiento es la revelación divina que nos confronta con los propósitos y la voluntad de Dios, y nos reta a vivir conforme a estos con dedicación y confianza. La vocación es la aceptación personal de que hemos sido llamados por Dios a cumplir una misión. El llamado es una iniciativa divina en que se combinan la soberanía y el amor de Dios. La vocación es la respuesta humana y concreta al llamamiento divino.

Cada ser humano que es llamado y responde en vocación, elige, identifica y decide, con la asistencia del Espíritu Santo, la forma en que va a intervenir en los proyectos que Dios le propone en su peregrinaje por la historia (Hechos 16: 6-10). Es el compromiso con el llamado divino expresado en la vocación, lo que nos hace mantenernos firmes y erguidos,  aún cuando los que están alrededor nuestro no nos comprendan, o surgen retos y riesgos en nuestro peregrinaje.

El ser humano con sentido vocacional es consciente de que está rodeado continuamente por problemas, situaciones conflictivas, dificultades interpersonales e injusticia en nuestro entorno.  También esta consciente de que las mil y una fuerzas del maligno tratarán de reducir el entusiasmo, la capacidad creativa, la responsabilidad y aun el testimonio.  Sin embargo, es el sentido de vocación que nos hace cantar en medio de los exilios de la vida, creyendo que al seguir nuestro llamado llegaremos a lugares nuevos y de delicados pastos (Salmo 23: 2). La persona con sentido de vocación debe conocer claramente que al seguir su llamado se está poniendo al lado de Dios.

La vocación nos hace mantenernos con un sentido de responsabilidad alta para con Dios, la iglesia, la familia, la denominación, la sociedad y la vida cotidiana, aunque no tengamos supervisores inmediatos que nos pidan cuentas. La vocación es lo que nos hace tomar el camino de la cruz, cuando hay muchos senderos cortos y fáciles que tienen muy poca dificultad.  El ser humano con vocación conquista los obstáculos, las agonías, las traiciones y las negaciones, entendiendo que ha sido llamado por Dios para conquistar el futuro, en el nombre de aquel que tiene el poder para restaurar todas las cosas, es decir el Señor Jesús.

Vivir vocacionalmente nos guía, no a vivir para contar los logros obtenidos, ni para disfrutar las glorias del pasado; se vive para consolar, para perdonar, para vendar, para ungir, para liberar, para retar, para confrontar, para entusiasmar, y para anunciarle a la humanidad que Dios en Cristo ha reconciliado consigo al mundo. El creyente no debe vivir en forma reactiva, solo para responder a los reclamos de las circunstancias, ni para actuar a la defensiva ante las dificultades y fracasos que suelen emerger en las experiencias humanas.

El que responde a la vocación debe estar dispuesto a salir de su comodidad y abandonar la seguridad que le ofrece su entorno para contribuir al establecimiento del Reino de Dios.  Esto lo llevará a fomentar una sociedad más justa y equitativa por medio del desarrollo del potencial humano en todas sus dimensiones–morales, emocionales, sociales, intelectuales, espirituales, políticas, económicas–, y por supuesto, en un ambiente de paz. ¡Muchas felicidades en este tiempo de adviento y navidad!

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