Una cuestión de fe y compasión…No inventes!


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Por Samuel Caraballo-López

El material bíblico del 2 de junio de 2013, segundo domingo después de pentecostés, se encuentra en Lucas 7:1-10. Este pasaje nos narra la petición de un centurión romano a Jesús para que sanara su siervo que estaba a punto de morir (verso 2). El tema de este pasaje toma una gran importancia a la luz de las batallas legales que se han suscitado en nuestra isla en las pasadas semanas.

Esta perícopa ha sido utilizada, desde mi punto de vista, incorrectamente por ciertos sectores de la cristiandad para justificar las relaciones entre personas del mismo sexo, asumiendo que las expresiones griegas del texto implica una relación homoerótica entre el centurión y su siervo enfermo (Hanks, 2000). Los que piensan así atribuyen que los conceptos griegos utilizados en el pasaje, junto a la cultura militar romana, no eximen esta posibilidad.

Es cierto que en la cultura militar romana del tiempo en que escribe Lucas, es decir a finales de la primera centuria de la era cristiana, no solo se practica la pedofilia, sino que los centuriones tenían ciertos jóvenes esclavos que les servían, inclusive como amantes (Gray-Flow, 1986). Las relaciones sexuales entre los amos y siervos (esclavos en roles pasivos) eran aceptadas, no importa si el esclavo era mujer o varón. Según los defensores de esta interpretación, el genuino afecto que demostraba el centurión hacia su siervo era el resultado de esa relación existente (verso 2).

Los historiadores coinciden en que la cultura militar romana, aunque censuraba las relaciones homosexuales entre dos adultos libres, no veía mal la relación pederasta u homoerótica entre un militar adulto y su joven siervo (Dynes & Donaldson, 1992). Ahora bien esta relación pederasta, no era una relación formal, porque de ordinario un centurión podía tener familia (esposa e hijos), especialmente si era un  primus pilus  o centurión de la primera centuria de la primera cohorte de la legión romana. Por lo tanto la relación de un oficial romano con un esclavo era una relación de sometimiento a su poderío, que llamamos, en buen español, explotación (Hubbard, 2003). Algunos alegan que la prohibición de Augusto en el año 13 a.C, de que algunos oficiales romanos en servicio no se pudieran casar legalmente era la razón de esta conducta.

De hecho la mayoría de los eruditos bíblicos no interpretan de esa manera el relato (Gowler, 2013). Sin embargo, hay datos en el relato que podrían levantar cierta sospecha en el lector inquisitivo. Un ejemplo de esto es la aparente resistencia de Jesús para realizar la solicitud de los ancianos de Cafarnaum para hacer un milagro de sanidad en el siervo del centurión.  La petición era clara y concreta, el siervo del Centurión romano, estaba muy enfermo y a punto de morir y solo Jesús lo podía sanar.  —“El ama a nuestra nación, y él mismo nos edificó la sinagoga”—le dijeron.  La petición a Jesús era que fuese recíproco, dada la generosidad de aquel poderoso para con su nación y la ciudad en la que Jesús vivía—“le rogaban insistentemente, diciendo: Es digno de que le concedas esto” (Lucas 7: 4).   Los argumentos para el intercambio eran claros: (a) ama nuestra nación, (b) nos construyó una sinagoga en Capernaum.

La generosidad, en las culturas dominantes del tiempo de Jesús, la romana y griega, era una virtud de los poderosos, de los ricos benefactores.  Según Aristóteles la generosidad solo podía venir de los hombres magnánimos (no de las mujeres), provenientes de cunas nobles, de notable superioridad, y autosuficientes, y que no tenían las ambiciones del hombre ordinario. En ese mundo no-cristiano, para ser generoso se requería una “vena” de nobleza.  La generosidad era una virtud de las familias de  “alta alcurnia”.  Por lo tanto los actos de generosidad respondían a propósitos claros; brindar honra y reconocimiento a los benefactores. Es decir la generosidad implicaba un acto recíproco de reconocimiento al acto, una especie de intercambio de servicios  por parte de la clase dominante y los dominados.

Desde mi punto de vista, en el relato de Lucas 7, Jesús parece resistir la insistencia de los ancianos de Capernaum para que se acomodara a la visión de generosidad  de la cultura greco-romana.  De hecho, este reclamo de manifestar su poder milagroso como un intercambio de favores ya habia sido resistido por Jesús en Nazaret (Lucas 4: 16-30) e inclusive en la tentación en el desierto (Lucas 4 :1-11).  Ahora bien, si observamos el texto, Jesús decide ir con los ancianos de Capernaum a la casa del Centurión.  Sin embargo, no se realiza el intercambio, como es solicitado por los ancianos, sino que Jesús se conmueve por la fe que demuestra este militar.  Veamos el relato:

Jesús iba con ellos, pero cuando ya no estaba lejos de la casa, el centurión envió a unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes más, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso ni siquiera me consideré digno de ir a ti, tan sólo di la[e] palabra y mi siervo[f] será sanado. Pues yo también soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: “Ve”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace (Lucas 7: 6-8 LBLA).

El milagro ocurrió:

Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la multitud que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado una fe tan grande.  Y cuando los que habían sido enviados regresaron a la casa, encontraron sano al siervo (Lucas 7: 9-10 LBLA).

De hecho los milagros que Jesús realizaba no están condicionados por la vida moral de los recipientes (vea, Juan 9: 1-7; Marcos 7: 24-30; Lucas 5: 12-16; 8: 43-48; 9:10-17; 17: 11-19). Jesús no valida con el milagro  la relación entre el Centurión y el siervo enfermo, cualquiera haya sido esta, sino que se admira de una fe que mueve montañas. No es la condición de los implicados lo que produce el milagro, sino el poder de Dios que moraba en Jesús y se activa por la fe que manifiesta el centurión. Ahora bien, el indigno, no es limpiado o validado por el milagro, sino que  frente al milagro debe reflexionar y actuar.

Zaqueo, considerado indigno por ser cobrador de impuestos, como resultado de su encuentro con Jesús se arrepiente y hace que Jesús exclame: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa…” (Lucas 19: 8). En este relato, no están las expresiones de perdón ni salvación que vemos en Zaqueo, solo podemos repetir el epílogo… “al regresar a casa…hallaron sano al siervo que había estado enfermo” (verso 10). Añadir a este final es simplemente picar fuera del hoyo. ¡Muchas Bendiciones!

 

Referencias
Dynes, W. R. & Donaldson, S.  Homosexuality in the Ancient World. New York: Garland Publishing, 1992.

Gowler, D. B. Text, culture, and Ideology in Luke 7:1-10: A Dialogic Reading., 2013 Consultado en http://userwww.service.emory.edu/~dgowler/RobbinsFS.htm

Gray-Fow, M. Pederasty, the Scantian law, and the roman. Journal of Psychohistory, 1986,  13, 449-660.

Hanks, T. Matthew and Mary of Magdala, in Take Back the Word by Robert E. Goss and Mona West, eds. Cleveland: Pilgrim Press, 2000.

Hubbard, T. K, ed. Homosexuality in Greece and Rome, A Sourcebook of Basic Documents. Los Angeles: University of California Press, 2003

3 Replies to “Una cuestión de fe y compasión…No inventes!”

    1. Juan: Paz! Gracias por leer el artículo y comentar el mismo. La realidad es que Mateo y Lucas son evangelios escritos en diferentes contextos, pero en épocas cercanas. De hecho la fuente que utiliza Mateo y Lucas en el relato del Centurión es la misma, que la Crítica bíblica llama el documento Q. El decir que uno es mas original que el otro no es correcto, ambos evangelios tienen sus propias premisas y las comunidades a las que se les escribió son diferentes. De hecho los comentarios que afirman que uno es más cercano a la fuente Q, no se sostienen ante un análisis crítico del texto. Así que es tan original Lucas como Mateo, pero ambos tienen diferentes perspectiva sobre el relato, que nada tiene que ver con la relación que existe entre el Centurión y el siervo. Muchas bendiciones.

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