Tengo y quiero más…así nos dijeron

codicia3

Por Samuel Caraballo-López

El material bíblico para el domingo 4 de agosto de 2013, la encontramos en Lucas 12: 13-21. Es de suma importancia entender el mensaje central de esta perícopa, dado que conflige con las premisas que sostienen nuestro sistema económico, e inclusive que afirmamos en muchas de nuestras congregaciones cristianas.

Para Lucas la actitud cristiana hacia las posesiones es un tema importante que debe ser considerado. Este pasaje se inicia con un reclamo a que Jesús intervenga en una disputa entre hermanos por una herencia (verso 13).  Es dicho reclamo lo  que produce esta parábola que solo aparece en el Evangelio de Lucas. Jesús nos alerta con este recurso literario y nos dice: “¡Cuídense de cualquier codicia, que, por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes!” (verso 15).

En nuestro contexto socio-económico este hombre rico, que en la parábola se le llama necio, se le consideraría sabio, responsable y buen administrador. Una premisa implícita de nuestro sistema capitalista  es que si has trabajado mucho, tienes el derecho a sentarte, relajarte y disfrutar de los frutos de tu labor.

Es bueno aclarar, que el problema que presenta la parábola no es que se obtenga ganancias como fruto de su trabajo honesto, y que se hagan inversiones adecuadas o se cuide las finanzas personales y familiares. Tampoco el asunto consiste en negar el disfrute, la recreación o la celebración. De hecho, Jesús pasó tiempo haciendo eso en su ministerio y fue duramente criticado (Mateo 11: 19). Entonces, ¿En qué consistió la necedad de este empresario? La necedad del rico no estuvo en aprovechar los tiempos de bonanza, ampliar sus graneros y hacer buenas inversiones. Su necedad fue que vivió solamente para él, creyendo que aseguraba su vida con sus posesiones abundantes, sin pensar en la inminente realidad de la muerte:

Y dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros mayores en los cuales meteré mi trigo y mis bienes. Después me diré: Querido amigo, tienes acumulados muchos bienes para muchos años; descansa, come, bebe y disfruta (Lucas 12: 18-19).

Observe que este hombre rico, que obtuvo abundantes cosechas, no manifiesta ningún sentido de gratitud a Dios por lo recibido. Este empresario tampoco demuestra agradecimiento hacia los trabajadores que le servían y que también eran gestores de esa gran abundancia. No pensó en aumentar el salario de sus empleados, ni ofrecer algún bono de productividad (en algunas agencias locales, aún teniendo pérdidas se reparten bonos de productividad sustanciosos). No hubo ningún sentido de generosidad hacia los pobres de su comunidad, que carecían de alimentos, incumpliendo la ley judía.

Ahora bien, la necedad o la sabiduría, como podemos ver en este caso, es una cuestión de prioridades (tus acciones hablan más que tus palabras). El problema está en cómo alineamos nuestra vida a los principios y prácticas del Reino de Dios, que tiene como prioridad misionera bendecir y redimir al mundo perdido. Lo que hemos recibido para cuidar y administrar no es nuestro. Aún la familia no nos pertenece—y mi labor es colaborar con el Señor en ese proceso de cuidado que permita que se cumplan los planes y la voluntad del Creador en ellos (1 Corintios 3: 9).

Los bienes y recursos recibidos nos han sido “prestados” para administrarlos para gloria de Dios y bendición de otros. Nuestra vida no nos pertenece, no somos nuestros, hemos sido “comprados por precio” (1 Corintios 6: 19-20; 7:23). Así que nuestra vida es simplemente “un préstamo” que tenemos que devolver con intereses a quien se la debemos.

prioridades

Esta parábola te retrata a ti y a mí, que también somos tentados a pensar igual que el protagonista, creyendo que si tuviéramos grandes cantidades de dinero ahorradas y bienes, nos aseguraría el futuro y nos permitiría vivir más seguros y felices. Aunque el tener dinero y posesiones nos dan ventajas y estatus, no podemos olvidar que el dinero no nos protege de una enfermedad, de la violencia, de las crisis familiares, y mucho menos de accidentes trágicos. Es más, las propiedades y el bienestar pueden fácilmente llevarnos a conflictos familiares, muy especialmente a la hora de distribuir las herencias, como es el caso que inicio esta parábola.

El asunto real no es que tengamos posesiones materiales y grandes capacidades o recursos, sino lo qué hacemos con eso que nos ha sido dado, y cómo las administramos en armonía con los principios del Reino de Dios. ¡No olvidemos que algún día tendremos que dar cuenta! Muchas bendiciones.

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