Lo que es, y lo que no es … aprendiendo del Profeta

Juan el Bautista.6

Por Samuel Caraballo-López

En aquel día se alzará la raíz de Isaí
    como estandarte de los pueblos;
hacia él correrán las naciones,
    y glorioso será el lugar donde repose (Isaías 11: 10).

El texto del  8 de diciembre de 2019, segundo domingo de adviento, nos conecta nuevamente al profeta Isaías 11: 1-10 y a Juan el Bautista en Mateo 3: 1-12.  Dos profetas que comparten con nosotros verdades eternas y nos hacen advertencias para “afilar” nuestra sabiduría.

Nuevamente la visión del profeta Isaías del reinado del Mesías  vuelve a inspirar nuestra imaginación.  Un nuevo orden donde el conocimiento de Dios, su justicia divina y la paz que El imparte sobre la tierra serán los distintivos de su reino universal, donde las armas de guerra serán cambiadas en instrumentos de trabajo y productividad.   El Señor afirma que su conocimiento llenará toda la tierra (verso 9).

Este anuncio de que el “reino del cielo” se aproxima es lo que distingue al último de los grandes profetas, Juan el Bautista, hijo de Zacarías, el  Elías que había de venir  (Mateo 11: 11-14; 17: 11-13).  Su mensaje es una denuncia directa, sin “floreteo”: —Arrepiéntanse, que está cerca el reino del cielo” (3:2).   Este Juan es el último portavoz de la era de la ley y los profetas, y él mismo es prototipo de la  transición entre lo viejo, y lo nuevo que se acerca a la tierra.

El Bautista era un mensajero singular (De hecho uno de mis favoritos); su proyección pública, su apariencia física, sus prácticas alimentarias, los espacios donde moraba, el estilo de sus oráculos, y su sinceridad, que rayaba  en lo descortés, lo hacían un personaje digno de ser escuchado. Su radicalismo no era solo de palabras, todo lo que él era, hacía y vivía proyecta su discurso. Nada de incongruencias en Juan, el mismo era su mensaje.

El contenido de los discursos de Juan llaman la atención:   “No podemos centrar nuestra confianza en las posesiones, ni en los vínculos consanguíneos o raíces familiares, ni en la fama acumulada” –nos decía el Bautista– “En este Reino que se aproxima No hay personas favorecidas por sus apellidos de abolengo, ni por sus afiliaciones políticas, ni por su estatus social o económico. Nada de eso te da méritos en este reino.”  

El mensaje de Juan nos trae grandes verdades; No podemos confiar en nuestros rituales, ni en nuestra etnicidad o raza como apoyo para alcanzar privilegios en el Reino del cielo que se acerca.  Solo el “arrepentimiento”, que se demuestra por una conducta congruente a este, se convierte en el pasaporte para huir del juicio divino que se aproxima, y por ende es esto lo que nos abre las puertas a esa nueva estancia del Reino. Para mí, el “arrepentimiento” es la demostración más dramática de la insatisfacción humana, que reconoce el fracaso de los esfuerzos propios para alcanzar la felicidad y plenitud existencial.  Arrepentirse es aceptar públicamente que hemos fracasado como forjadores de nuestra propia misión, propósitos y destino. 

El Reino del cielo requiere conductas congruentes con el conocimiento del Señor que llenará toda la tierra, como las aguas que cubren el mar (Isaías 11: 9).  El Reino requiere conductas congruentes a una vida transformada por la Palabra y el Espíritu de Dios.  Es importante que clarifiquemos los criterios de la transformación están dados en las Sagradas Escrituras.  El apóstol Pablo dice que el Reino de Dios, “No es comida ni bebida, sino justicia, Paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14: 17).

Ahora bien esta conducta que es producto de la transformación no puede ser producida por el mensaje de Juan, sino por Aquel que  había de venir detrás de él.   La expresión de Juan: “…pero detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y que no soy digno de quitarle sus sandalias”, establece la tónica para la transformación. 

Solo la intervención de Jesús en nuestra vida, y en respuesta a nuestro “arrepentimiento”, puede producir los frutos del reino.   Juan, el Bautista podía  identificar y denunciar el pecado, e inclusive hacernos consciente que nuestros caminos están  equivocados, pero solo Jesús nos puede transformar para vivir en forma congruente con el “arrepentimiento” al cual hemos sido llamados.

En este segundo domingo de adviento, Jesús nos invita a permitir que el poder de su Espíritu Santo y su fuego consumidor queme nuestros labios y lave nuestros pecados para que el conocimiento del Señor llene todo nuestro ser;  espíritu, alma y cuerpo.  Así estaremos listos para su venida gloriosa. ¡Muchas bendiciones!

2 respuestas para “Lo que es, y lo que no es … aprendiendo del Profeta”

  1. Rvdo. Samuel Caraballo muy buena reflexión. Es interesante además que Juan desarrolla su ministerio desde el desierto lugar donde el pueblo pasó unos 40 años en los cuales dependían totalmente de Dios para subsistir. Creo que también en un llamado al lugar donde todo comenzó como una invitación a dar un giro a su vida para depender totalmente de Dios y no del linaje ni de los rituales religiosos. Solo el verdadero arrepentimiento nos hará ver la diferencia entre lo que es y lo que no es. Bendiciones

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    1. Es cierto, para Israel todo comenzó en el desierto, para los cristianos el lugar de comienzo fue la cruz. Fue en la cruz en donde comenzó nuestro peregrinaje… es allí a donde hay que volver.

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