“Estoy listo para esta revolución… ¿quién se une?”

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Por Samuel Caraballo-López

El texto de este domingo después de epifanía,  lo encontramos en Mateo 3: 13-17, donde se narra el bautismo de Jesús. Me llama mucho la atención los textos 14-15, en que se registra  la conversación entre Juan el bautista y Jesús:

Pero Juan trató de impedirlo, diciendo: “Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?”  Jesús le respondió: “Permítelo ahora; porque es conveniente que así cumplamos toda justicia.” Entonces Juan consintió.

El bautismo de Jesús se presenta en los cuatro Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, en formas diversas. En el Evangelio de Marcos, aparece en el primer capítulo, sin muchas explicaciones (1: 9-11).  En el Evangelio de Juan, aunque no se menciona el bautismo, Juan el bautista habla del descenso del Espíritu sobre Jesús (1: 32-34).  En Lucas no es Juan el que bautiza a Jesús, porque ya estaba preso (3: 20), sino el Espíritu mismo (3: 21-22).  En los Hechos de los Apóstoles es Pedro, en su discurso en la casa de Cornelio, que nos habla de cómo Jesús es ungido por el Espíritu Santo en el bautismo, para convertirse en instrumento de la justicia de Dios (Hechos 10: 37-39).

El relato más elaborado  sobre el bautismo de Jesús lo hace Mateo. Este es el único evangelista que menciona la conversación previa al bautismo entre Juan y Jesús.  En la mentalidad judía el bautismo era  realizado por una persona de mayor rango sobre otra de menor, es decir era una cuestión de jerarquía.  Juan reconoce que es Jesús quien debía bautizarlo a él, pero Jesús, sin entrar en disputa,  le hace saber que realizar este rito era parte del cumplimiento de la justicia de Dios que ambos venían a manifestar.

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El bautismo en Mateo es el cierre de la infancia y apertura al ministerio público de Jesús.  Así como Israel tomó conciencia de su identidad en el desierto (Deut. 1: 19), Jesús se dirige al desierto para ser bautizado por Juan y asumir su identidad mesiánica. En el bautismo Dios mismo confirma el mensaje revolucionario sobre su  justicia que ya Juan estaba proclamando.  Es bueno mirar los detalles del bautismo, que los otros evangelistas narran, y que Mateo los redacta y reestructura:

(a)   Primero,  Jesús llega al Jordán desde su pueblo en la región de Galilea.  Es decir Jesús se solidariza con su pueblo y camina igual que todos a ese encuentro con su bautismo en el desierto.

(b)   Segundo, Jesús se bautiza como las demás personas en el Jordán, hace la misma fila y se presenta ante Juan.

(c)    Tercero, Juan se resiste a bautizar a Jesús, porque lo consideraba mayor que él.

(d)   Cuarto, Jesús lo convence que era necesario para ambos como colaboradores de Dios, llevar a cabo este proceso porque era parte del cumplimiento de la justicia plena.  En Jesús no hay superiores e inferiores, somos simplemente colaboradores de Dios.

(e)   Quinto, al Jesús salir del agua, una de las ventanas de los cielos se abre para unir lo trascendente con lo terrenal,  y  el Espíritu de Dios desciende en forma de paloma y se posa sobre Jesús, para  formar un equipo que hará explícita  su misión que es llevar a la plenitud el proyecto del Reino De Dios y su justicia (4: 17).

(f)     Sexto, de igual modo Jesús recibe su identidad directamente del Padre, que por medio de su voz que, dirigida a la gente, le declara: “este es mi hijo predilecto”.

(g)  Séptimo, esta voz, que es dirigida  a las multitudes,  es la evidencia del interés de Dios que reconozcan a su Hijo Jesús como el que tiene su total endoso para llevar a cabo el revolucionario proyecto del establecimiento del Reino de Dios y su justicia en esta tierra.

Ahora bien, esta sumisión voluntaria de Jesús al bautismo de Juan no debe ser interpretada como un simple acto de piedad y obediencia al orden establecido.  Al contrario, Jesús discierne que la predicación y el bautismo de Juan constituía una declaración revolucionaria sobre la justicia de Dios que exigía un nuevo orden en el mundo.  Dios tenía como propósito transformar todo un sistema de desigualdad que  tanto Roma como  Jerusalén afirmaban, y que se habia hecho parte de la cultura misma de la época.

El mensaje de Juan el bautista era claro: “Arrepiéntanse que está cerca el reino de los cielos.”  Jesús deseaba ser parte de esa revolución.  Al pedirle a Juan que lo bautizara para cumplir la plenitud de la justicia de Dios, Jesús en efecto le está diciendo: “a través del bautismo, yo uno mis manos a tus manos, para que juntos dirijamos esta revolución en la que la justicia de Dios se manifestará en el mundo.”  Al someterse al bautismo de Juan, Jesús declara: “Estoy listo para esta revolución”.

Es necesario explicar esta visión del Evangelio de Mateo.  La justicia de Dios no es otra cosa que la voluntad de salvación gratuita ofrecida a todos, sin discrimen, y es esta justicia la que Jesús llevará a su plenitud en cada palabra, gesto o acción de solidaridad y de perdón hacia los pobres, oprimidos y perdidos. Las acciones de Jesús son la evidencia de que Dios es justo y no guarda silencio ante la necesidad humana.  Es decir, Jesús con la totalidad de su ser y sus acciones se convierte en la justicia de Dios encarnada en el mundo. Ahora Jesús es la  respuesta divina frente al  problema de injusticia en el mundo.

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Es Jesús el que responde a los cuestionamientos del Profeta Habacuc, que acusa al Dios de Israel de guardar silencio, ser pasivo y permisivo frente a  las maldades, violencia, destrucción y opresión que ocurren en el mundo (Habacuc 1: 2-4, 12-17).  Para Mateo, Jesús es la justicia visible de Dios, y es a través de El que  la humanidad recibe el don gratuito de la compasión y misericordia de Dios.  En Jesús se recupera la confianza en un Dios inmanente, bondadoso y justiciero.   Sin embargo, esta justicia de Dios requiere para su plena manifestación, una respuesta de fe que se traduzca en  el seguimiento radical a Jesús (Mateo 3: 18 ss; 9: 9;  10: 37-39; 11: 28-30).

El escritor de la Carta a los hebreos es claro al reconocer a Moisés como un siervo fiel de la casa de Dios, que dirigió a Israel en su éxodo de Egipto hacia la tierra prometida.  Sin embargo, Jesús es el Hijo, que está a cargo de la casa que somos nosotros, y que nos dirige hacia la manifestación plena del Reino de Dios y su justicia (Hebreos 3: 2-6). Vale la pena unirnos a este proyecto revolucionario de Jesús. ¿Te unes?   ¡Qué tremenda bendición!

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