Una respuesta al problema de la Iglesia romana

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Por Samuel Caraballo-López

La situación que vive el mundo, y en este momento nuestra isla,  relacionados con los casos de pederastia en la  Iglesia Católica Romana, nos obliga a responder desde las Sagradas Escrituras y la teología, a este desastroso escenario. Junto a esto hay que hacer frente con determinación y honestidad a las consecuencias de los crímenes, sin duda cometidos, con la correspondiente retaliación de los responsables, sean instituciones o individuos.  Es de suma importancia que las iglesias se percaten de la gravedad de este asunto y tomen medidas urgentes en su política eclesiástica para prevenir este tipo de males en sus congregaciones. A continuación una breve reflexión teológica sobre las posibles causas de esta situación que nos consterna a todos los que hemos aceptado el ministerio cristiano como vocación.

Según el filósofo y pedagogo puertorriqueño Ángel Villarini Jusino (2005), durante las etapas tempranas del desarrollo moral de un individuo se necesita de un contenido que construya las estructuras mentales que fundamentan el juicio moral. Para los cristianos  ese contenido, que son los bloques constitutivos de las estructuras morales, son los valores que provienen del Evangelio del Reino de Dios y  de la tradición cristiana en general. Cuando hablamos de juicio moral nos referimos a la dimensión de la conciencia que nos permite  declarar lo que es bueno o malo, lo justo o injusto, lo honesto o deshonesto, en una situación o acción particular. El juicio moral es la capacidad para hacer estimaciones o prescripciones sobre las acciones o relaciones humanas a la luz de un valor moral adquirido o propuesto.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando existe una incongruencia entre las estructuras morales construidas en nuestra vida y las acciones manifiestas? La respuesta a esta pregunta nos confronta con el gran dilema de valores, que usualmente llamamos la hipocresía,  tan común en todos los ámbitos de la sociedad. El diccionario de la real academia española define a un hipócrita como alguien que “pretende ser mejor de lo que realmente es o pretende ser piadoso, virtuoso sin realmente serlo.” Un hipócrita es alguien que hace lo opuesto a lo que dice ser o creer.  Así que un hipócrita es aquel que tiene un juicio moral fragmentado.

Jesús advirtió (y no se equivoca)  a sus discípulos a cuidarse de las enseñanzas de los líderes religiosos y políticos de su época cuyo pecado emblemático era la hipocresía:

Guardaos de la levadura de los fariseos que es la hipocresía (Lucas 12: 1)

¿Por qué la hipocresía se había convertido en un elemento constitutivo de las enseñanzas de estos líderes? Una de las principales razones por las que estos líderes actuaban de esta forma era porque ellos desean tener lo “mejor” de ambos mundos.  Ellos se presentaban públicamente como maestros de la ley y ejemplos, pero en su vida privada le daban rienda suelta a sus pasiones y buscaban su propio bienestar.  Jesús hablando de estos líderes nos advierte:

Los maestros de la ley y los fariseos tienen la responsabilidad de interpretar a Moisés. Así que ustedes deben obedecerlos y hacer todo lo que les digan. Pero no hagan lo que hacen ellos, porque no practican lo que predican. Atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas. Todo lo hacen para que la gente los vea: Usan filacterias grandes y adornan sus ropas con borlas vistosas; se mueven por el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y porque la gente los salude en las plazas y los llame “Rabí” (Mateo 23:2-6).

Hacer lo correcto, es actuar congruentemente con nuestra conciencia. Uno de los grandes errores que los líderes cristianos hemos cometido es trivializar la naturaleza seductiva del pecado. En lo profundo de nuestro corazón, sabemos cuando nuestras acciones estan moralmente incorrectas, pero no nos detenemos porque nos satisface y pensamos que nunca nos descubrirán. No es hasta que alguien nos confronta con la realidad de nuestras acciones, que luego de negarlo o justificarlo, aceptamos la responsabilidad de los hechos.

En los últimos meses en nuestro país y muchos otros lugares, varios líderes cristianos de alto perfil han sido sorprendidos en actos censurables contra personas indefensas, como son los menores. La grave naturaleza de las equivocaciones morales de algunas de estas personas demuestra que nadie es inmune de tropezar. Si pudiéramos estudiar 100 casos de hipocresía, dudo que encuentres a una sola persona que tenía la intención de convertirse en un hipócrita. La mayoría de las personas comienza con buenas intenciones y a lo largo del camino de alguna manera su juicio moral se oscurece.  No podemos negar que nuestro ego  puede ser seducido por las cosas del mundo, sin embargo hay prácticas censurables, como es la pederastia, que trasciende el problema de la atracción normal y entran el plano de la depravación, y la iglesia tiene la obligación de actuar de forma rápida y firme.

El Apóstol Pablo dio algunos consejos muy buenos a los nuevos creyentes de Tesalónica para evitar convertirse en un hipócrita. Les dijo:

No apaguen el Espíritu, no desprecien las profecías, sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno, eviten toda clase de mal (1 Tesalonicenses 5:19-22).

Observe que el Apóstol dice que los cristianos, no solo deben evitar toda clase de mal, sino también debemos evitar cualquier cosa que parece estar mal.  Este aspecto es sumamente importante en la vida cristiana, no es solo evitar actuar mal, sino evitar toda apariencia de maldad.  Este consejo es medular para cada líder y seguidor de Jesucristo dado que a veces carecemos de la habilidad o somos laxos al hacer juicios morales adecuados.   Esta inhabilidad o dejadez no nos permite darnos cuenta que estamos entrando en campos que están más allá de nuestros límites, y cuando nos percatamos (o nos descubren), se hace difícil encontrar el camino de retorno.

Cuando las personas se presentan como líderes morales, automáticamente se comprometen a vivir con altos estándares. La Biblia advierte que los líderes serán juzgados con mayor severidad que otros. Santiago nos recuerda esta realidad:

Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad (Santiago 3:1)

Es fundamental que los líderes se conciencien de la responsabilidad moral  inherente a su posición, y que a su vez el pueblo, como instrumentos de Dios, reclamen de estos el ejercer con integridad su juicio moral y actuar en forma congruente con dicho juicio. Nunca olvidemos que todo juicio debe estar coloreado con tres elementos fundamentales el amor, la justicia y la verdad, considerando primero a las víctimas, sin olvidarnos del victimario.  ¡Así nos ayude Dios!

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