¿Nuevo gobierno o nuevo orden?-Parte I

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Por  Samuel Caraballo-López

 

La historia de la libertad es la de la lucha por limitar el poder del gobierno.     Woodrow Wilson                       

Durante mí acostumbrada reflexión matutina llegué a un singular pasaje de las Sagradas Escrituras (1 Samuel 8), que a pesar de lo antiguo en términos de su origen (siglo X a.C.), no de su redacción (siglo VII ó VI a.C), retrata la realidad política de nuestro  mundo occidental.  Por recomendación de mis lectores he dividido este artículo en dos (2) partes para facilitar la lectura y no hacerlo tedioso.  

En esta primera parte analizaré dos (2) de las repercusiones sobre la vida del pueblo de Israel que el nuevo sistema monárquico traerá y su relación con nuestros sistemas de gobierno contemporáneos.  En la segunda parte explicaré las restantes tres (3) repercusiones presentadas por el YHVH a través de la explicación del Juez Samuel, junto a una propuesta para un nuevo orden que contrarreste el intento de controlar y limitar la libertad, tan común en los gobiernos humanos.

El pueblo de Israel, ya constituido en una nación (Confederación Tribal) y disgustados por su gobierno vigente, se reunió para solicitar al Juez Samuel una nueva forma de gobierno, congruente con los tiempos, y que según ellos, pudiese resolver el problema de corrupción e impunidad de sus propios dirigentes. 

Ahora bien existían al menos cuatro (4) razones para solicitar este cambio ideológico que llamamos la monarquía.  Primero, el deseo de ser igual a las otras naciones cananeas. Israel pensaba que las formas políticas de sus vecinos demostraba mayor estabilidad, y por ende mayor bienestar que la propia. Segundo, las amenazas constantes de los pueblos vecinos, especialmente los filisteos, requería una fuerza militar  estable y adiestrada para enfrentarlos. Tercero, un sector de Israel quería ciertos privilegios y estatus (aristocracía) como las naciones vecinas y pensaba que con la monarquía lo obtendrían.  Cuarto, la situación de corrupción, avaricia e injusticia de los gobernadores impuestos por Samuel, es decir sus hijos, era insoportable, y le ofrecía a los promotores del cambio una excusa inmediata para impulsar la nueva visión ideológica.

Un sector del pueblo genuinamente y en su desesperación, pensaba que cambiando el sistema político a una monarquía,  resolvería la situación.  ¿Era esa realmente la solución a los problemas que enfrentaba la Confederación tribal de Israel? Ciertamente no era la mejor solución, pero justificado por aquella falta de gobernabilidad, Israel se envuelve, posiblemente, en uno de los mayores errores de su historia como pueblo; la institución de la monarquía.

Muchas veces en medio de una crisis que parece no tener salida, optamos por soluciones que parecen novedosas y esperanzadoras, pero vienen a ser peores que el mismo mal que pretendemos corregir.  ¿Cuál hubiese sido la mejor opción? A ciencia cierta no lo sabemos, pero el mal de la corrupción y maldad provocados por los hijos de Samuel requeria la destitución inmediata de aquellos desalmados que se habían apoderado del culto y gobierno de Israel.    Sin embargo, Israel toma otra decisión, no sin antes recibir las advertencias de su Dios.  Estas advertencias de Dios son tan actuales que es importante repasarlas directamente del texto bíblico:

Cuando dijeron que querían tener un rey, Samuel se disgusto.  Entonces se puso a orar al Señor, pero el Señor le dijo: “Considera seriamente todo lo que el pueblo te diga. …Así que hazles caso, pero adviérteles claramente del poder que el rey va a ejercer sobre ellos.” Samuel comunicó entonces el mensaje del Señor a la gente que le estaba pidiendo un rey.  Les explicó: –Esto es lo que hará el rey que va a ejercer el poder sobre ustedes: Les quitará a sus hijos para que se hagan cargo de los carros militares y de la caballería, y para que le abran paso al carro real.  Los hará comandantes y capitanes, y los pondrá a labrar y a cosechar, y a fabricar armamentos y pertrechos.  También les quitará a sus hijas para emplearlas como perfumistas, cocineras y panaderas.  Se apoderará de sus mejores campos, viñedos y olivares, y se los dará a sus ministros, y a ustedes les exigirá una décima parte de sus cosechas y vendimias para entregársela a sus funcionarios y ministros.  Además, les quitará sus criados y criadas, y sus mejores bueyes y asnos, de manera que trabajen para él.  Les exigirá una décima parte de sus rebaños, y ustedes mismos le servirán como esclavos.  Cuando llegue aquel día, clamarán por causa del rey que hayan escogido, pero el Señor no les responderá (1 Samuel 8: 6—18, NIV).

Cuando analizamos esta descripción divina de lo que será el nuevo sistema monárquico, solicitado por los ancianos de Israel, como solución a los problemas que enfrentaban las tribus, no podemos dejar de asombrarnos del parecido con nuestro sistema actual, que hemos bautizado como democracia representativa.   No hay mucha diferencia, excepto de que los líderes son escogidos cada cuatro (4) años por la elección directa del pueblo.  A pesar de esa diferencia, las motivaciones y funcionamiento son iguales.  Consideremos las especificaciones que están contenidas en este mensaje del Señor a los ancianos de Israel.

Primero, esta nueva forma de gobierno promulga normas que obligará a los hijos de las familias de Israel a formar parte de la milicia del estado.  El rey necesitaba sostener y mantener su poder por medio de un ejército que lo respalde y que pudiese ser movilizado en caso de que fuese necesario, tanto para situaciones locales, nacionales como internacionales.  Dios le dice a Israel, el rey va a establecer un servicio militar obligatorio que responderá a los intereses de éste.   El tener un ejército de mercenarios implicaba un alto costo para el erario público, no solamente por tener que ofrecer un salario a los soldados, sino que había que sostener todo el andamiaje militar con nuevos impuestos.

Es importante mencionar que durante el gobierno de los jueces, el ejército era voluntario y se movilizaba en situaciones de amenazas de otras naciones.  Es sorprendente, que este gobierno que ellos anhelaban, sería el principal opresor de ellos mismos, ya que crearía su propia clase aristocrática, que tendría privilegios sobre el resto del pueblo. Esta clase gobernante recibiría beneficios, contratos, tierras, cosechas y toda clase de bienes, que los mantendría en un estatus social de exclusividad, a expensas del pueblo.

Segundo, si es cierto que en una sociedad paternalistas, los hombres eran los beneficiados tanto en lo civil como en lo militar, las mujeres formarán parte también de la clase trabajadora al servicio de la aristocracia, y las más atractivas serían parte del harén del rey.

Esta sustitución, de un gobierno teocrático y centrado en las necesidades del pueblo como lo era el gobierno de los jueces, por uno cuya prioridad eran las necesidades del mismo sistema monárquico, daba al traste con la razón de ser de la nación israelita.  Dios, anhelaba que Israel fuese un reino de sacerdotes y gente santa (Éxodo 19:6), que le sirvieran a Él y  cumplieran sus propósitos. Ahora el nuevo gobierno monárquico reclamaba lealtades al pueblo que solo le correspondían a Dios.  Este nuevo gobierno retaría la principal misión de Israel,   que era ser portavoces de la justicia y la paz del Señor por toda la tierra.   (continúa)

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