¿Nuevo gobierno o nuevo orden?-Parte II

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Por Samuel Caraballo-López

En la primera parte presenté  un análisis de la advertencia que Dios hizo a los ancianos de Israel al ellos solicitar el cambio del gobierno vigente (sistema de Jueces), a un gobierno monárquico (1 Samuel 8: 6-18).  Este cambio de gobierno, que parecía ser muy congruente con los tiempos y  con los modelos de las naciones aledañas; sin embargo, representaba en realidad un retroceso en la vida política y religiosa de Israel. En la primera parte de esta serie de artículos discutí las dos (2) primeras repercusiones  de este sistema monárquico sobre la vida y la misión de Israel como pueblo de Dios.  A continuación discuto las otras  tres (3) repercusiones de este nuevo sistema y su efecto adverso a la fe, libertad  y a la salud económica del pueblo.

En este gobierno monárquico, el pueblo existe para servir al rey y su aparato gubernamental.  Así que la prioridad no estaba en las necesidades humanas, sino en las necesidades del estado, que a su vez dirigirá la selección de los oficios y profesiones de sus constituyentes.   Es decir, ahora la posibilidad de progreso y sobrevivencia de los ciudadanos, se dará en la medida en que éstos puedan responder a las necesidades que tiene el sistema monárquico.  Me sorprende el parecido a nuestra realidad política.   El ordenamiento laboral responde a los intereses del país, sin considerar prioritariamente los intereses personales y vocacionales de los constituyentes.

La Tercera repercusión del nuevo sistema monárquico es que la producción está ahora bajo el control del Estado.  Las iniciativas personales tienen que estar supeditadas a los intereses del sistema gubernamental.  La creatividad humana no tiene espacio, sino que se responde prioritariamente a las directrices de la monarquía. Las oportunidades de ascenso dentro de esta estructura político no vienen por méritos, sino por tu afiliación a una clase social particular.

La Cuarta repercusión consiste en el establecimiento de un sistema de impuestos o contribuciones que sostiene todo el andamiaje del sistema monárquico. Todo el pueblo tendrá que sostener con sus contribuciones la gestión gubernamental, aunque esta no tenga dentro de sus prioridades los intereses del pueblo. Inclusive el sistema de tributos, pondrá a la mayoría del pueblo a nivel de vasallos del rey, empobreciéndoles de forma progresiva.   Estas contribuciones serán obligatorias y se establecerá un sistema legal que penalice su incumplimiento.

La Quinta repercusión, la advertencia del Señor es clara: “Cuando llegue aquel día, clamarán por causa del rey que hayan escogido, pero el Señor no les responderá.”  Palabras con Luz…   Solo nos queda una duda frente a esta declaración divina de no responder a nuestro clamor: ¿Cómo entonces podemos librarnos de los efectos de esta monarquía?

Dios provee al menos tres (3) formas de enfrentar las  consecuencias de las nuevas políticas desastrosas que crea la monarquía. Primero, instituir normas constitucionales que le sirvan de defensa a los más afectados, tales como el año sabáticos (Éxodo 23: 10-11), el año del jubileo (Levítico 25: 10-17) y las ciudades de refugio (Números 35:6; Deuteronomio 4:42; 19: 3-7), aspectos que discutiremos en otros artículos.  Segundo, el poder de la disidencia, ejercida por los Profetas y sostenida en los principios de la Torá y en la revelación que Dios ha hecho de si mismo.  Tercero, la voz solidaria del pueblo que en ocasiones (este caso es un ejemplo) hizo reclamos que cambiaron el panorama político del país (2 Crónicas 10: 3ss).

En nuestro ordenamiento político, además de estar presente en alguna medida las provisiones anteriores, tenemos un poder que debe ser ejercido en forma sabia y continua, que es la opción de la participación, presión y movilización comunitaria.  Cuando los sistemas gubernamentales toman decisiones o ejecutan medidas perjudicialeas para el pueblo, éste debe tomar acciones correctivas.

Es urgente que los que residimos en países  con democracias representativas, reclamemos la participación activa en todos y cada uno de los  asuntos que nos afectan.  Es decir las comunidades deben concebirse a si mismas como agentes y actores de los cambios significativos en un país. Somos nosotros los que construimos la justicia y la paz que anhelamos.

La derrota del “apartheid” en África del Sur, los cambios ocurridos en el medio oriente por la llamada “primavera árabe” o revolución democrática en el Sahara Occidental, Túnez, Argelia, Yemen, Egipto y Libia, y últimamente la revolución en Ucrania, demuestran que ya no es la guerra o luchas armadas las que transforman un país. En estos ejemplos fue la solidaridad y movilización de las comunidades lo que proveyó la “chispa” necesaria para que se hicieran  los cambios que lograron la destitución de los gobiernos dictatoriales que regían con mano de hierro a estos pueblos.

No puedo concluir esta reflexión sin afirmar que son los pueblos los llamados a construir las condiciones de libertad, armonía y justicia que fundamentan una cultura de paz.  Es necesario que cada ciudadano, con su participación activa, haga de nuestra democracia una realmente participativa, que redunde en una mejor calidad de vida en cada rincón de nuestros países. ¡Muchas Bendiciones!

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