¡Sinvergüenzas! se robaron al Señor…

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Por Samuel Caraballo-López

La verdad es un patrono que ofrece igualdad de oportunidades a todos.

El viernes, luego de Jesús morir,  José de Arimatea, un discípulo secreto de éste (19:38), pidió el cadáver a Pilato, primero porque se acercaba el día de reposo pascual, y segundo, para evitar que las aves de carroña y las bestias del campo lo despedazaran.

Según Juan, Nicodemo, otro seguidor de Jesús, se une a José para practicar un entierro rápido, debido a las razones ya mencionadas (Juan 19: 38-42).  Nicodemo trajo una mezcla de mirra y áloe como de cien libras para perfumar el cuerpo de Jesús y el sepulcro.  Jesús es envuelto en telas de lino y enterrado en una tumba al parecer propiedad de José (Mateo 27:60), en la que no había sido puesto cadáver alguno, que quedaba en un huerto aledaño al Monte donde había sido crucificado.

María Magdalena fue sola, según Juan, al lugar donde habían sepultado a Jesús, ese domingo temprano en la mañana, cuando aún estaba oscuro (Juan 20: 1-18). Es muy posible que los días anteriores no hubiera podido dormir, porque para ella la muerte de Jesús era como una pesadilla.  Su devoción hacia Jesús, que estaba coloreada por cierto interés personal,  la dirigió a la tumba a llorar su muerte.

Maria Magdalena 5

María Magdalena esa mañana no venía a traer especies aromáticas para ungir el cuerpo de Jesús, porque ya Nicodemo y José de Arimatea lo habían hecho (19:39s).  Sin embargo, al llegar al lugar ve la piedra de la entrada removida, y sin mirar dentro, asume de inmediato que  se habían robado el cadáver de Jesús.  A  María no se le ocurrió que Jesús había resucitado. Así que salió corriendo a donde se encontraban Simón Pedro y el discípulo amado y le dijo:

¡Se llevaron del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo hayan puesto! (verso 2, BTX).

Ambos discípulos, validando el testimonio de María Magdalena, corren hacia el lugar donde se encontraba el sepulcro.  El discípulo amado llegó primero, pero esperó la llegada de Pedro, no sin antes inclinarse para mirar dentro de la tumba y ver las vendas con que había sido cubierto el cuerpo de Jesús.  Simón Pedro llega después y entra al sepulcro y observa lo siguiente:

(a)   Primero, las vendas de lino con que había sido cubierto el cuerpo de Jesús estaban puestas en el suelo (verso 6).

(b)  Segundo, la tela que le cubría la cabeza (sudario) también estaba en otro lado.  Ambas prendas estaban separadas como si alguien se las hubiese quitado al cadáver (verso 7).

El discípulo amado entra  luego de Pedro y ve lo mismo, y creyó.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó. Porque todavía no habían entendido la Escritura, que Jesús debía resucitar de entre los muertos (versos 8 y 9, LBLA).

Algo había ocurrido, pero él no podía articular una explicación lógica para esta realidad.

Los discípulos se fueron con muchas interrogantes y María Magdalena se queda llorando fuera del sepulcro, por la posible profanación del cadáver de su maestro.  Mientras lloraba, se inclina y mira dentro del sepulcro y “vio” dos (2) ángeles vestidos de blanco– que parece que desde temprano en la mañana habían estado allí– uno a los pies y otro en la cabecera de donde Jesús había sido puesto. ¿Por qué Simón Pedro y el discípulo amado no vieron estos ángeles?

Posiblemente hay muchos razonamientos y teorías para explicar esto.  Sin embargo, yo creo que la falta de referencias en el imaginario de los discípulos, junto a sus atribuciones sobre lo ocurrido en los días anteriores habían bloqueado la dimensión interpretativa  de su cerebro.  Es decir, aunque estos ángeles estaban en el sepulcro como “testigos” de la resurrección de Jesús, nadie hasta ese momento los había percibido.

Los dos varones

Solo cuando las condiciones mentales permiten el acceso a la información ésta se puede interpretar y comprender. Las neurociencias nos han demostrado que la identificación de lo que vemos no ocurren en el órgano de la visión,  sino que estos captan la luz, luego el nervio óptico lleva la información a las regiones corticales del cerebro, y este reflejo de luz se transforma en una imagen que es interpretada (Maturana, 1992).  Los discípulos no podían concebir la posibilidad de la resurrección de Jesús, porque su mente estaba bloqueada con la idea de que habían hurtado o profanado el cadáver de Jesús.

De hecho María Magdalena, por su tristeza y porque había asumido que el cuerpo de Jesús había sido robado, se pierde al principio lo maravilloso del asombro que hubiese producido lo sobrenatural del resucitado (Juan 20:1ss).  De hecho, en su segunda llegada al sepulcro, ella se inclina y mira dentro del sepulcro, y  ni siquiera se sorprendió con los dos ángeles vestidos de blanco que allí estaban (20: 12).   Es tal la situación de María Magdalena que se voltea, mira a Jesús resucitado que está frente a ella, habla con El y no lo puede identificar (verso 14ss).

Esto es dramático, su cerebro estaba bloqueado y esto no le permite percatarse que la persona frente a ella era Jesús que había resucitado, y por quien ella lloraba.  En el llanto de María se mezclan sentimientos diversos;  la angustia de saber que todo el “castillo” de ilusiones y esperanzas que había construido en su caminar con Jesús se le había venido abajo repentinamente. Para colmo, se habían llevado el cadáver de Jesús y ahora no había un símbolo con el cual reconstruir la esperanza.

La pregunta que hacen los ángeles y Jesús repite es muy pertinente… ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?  Creo que las preguntas tienen una doble intención. Son preguntas que responden a lo inmediato, pero que tienen implicaciones trascendentes. Primero, María estaba tan angustiada que había llegado a la autoconmiseración, producto de sueños e ilusiones rotas,  y pretendía buscar en aquella tumba un aliciente para su lamentable situación.  En segundo lugar,  la angustia de María Magdalena por la muerte de su “amado” la había llevado a querer venerar la tumba de Jesús, como símbolo emblemático de esperanzas fallidas.   No hay duda de que quien eso hace, bloquea su propio progreso espiritual, impidiendo el desarrollo de una fe genuina que tiene como fundamento a un Cristo vivo y de poder.

¿Hasta dónde las preocupaciones y premisas fijas en nuestra mente no nos dejan captar lo sobrenatural? ¿Cuántas veces lo sobrenatural de Dios ha venido a mí y yo no he podido deleitarme en su presencia?  ¿Cuántas veces hemos construido sobre nuestras fantasias, sin poder captar el actuar de Dios en una forma diferente a las que nos hemos acostumbrado? Pienso que la falta de creatividad para resolver los problemas cotidianos que tanto criticamos, se debe a que hemos sacralizado formas de pensar que excluyen lo novedoso de Dios, en detrimento de nosotros mismos y de nuestro pueblo.

A María, y posteriormente a Tomás, le fue removido el velo que le impedía experimentar lo sobrenatural del resucitado (20: 16ss, 2 Cor. 3: 14).   De inmediato su mensaje cambió de–“se robaron al Señor” a “¡He visto al Señor!”

María Magdalena fue la primera testigo del Resucitado, según Juan. Es ella la primera que se percata que son nuestras propias construcciones ilusorias y fantasiosas  los principales obstáculos para descubrir al Jesús resucitado, y crecer en la realización de Su misión en el mundo. ¡Muchas bendiciones!

Referencias:

Maturana, H. (1990). Biología de la cognición y epistemología. Tomuco, Chile: Ed. Universidad de la Frontera.

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