Cuando las puertas se cierran…

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Por Samuel Caraballo-López

¿Cómo curar en los discípulos el fracaso de la cruz?

Sólo con paz.

La presencia del Resucitado en medio de tanto miedo les trae la paz: “¡Shalom!”

¡Vuelve la paz!

Una paz que manda ir lejos, abrir y dejar entrar el aire fresco del exterior.

   (Fragmento tomado de “Paz a Vosotros” del blog de Juanlu)

El texto del 8 de abril de 2018,  segundo domingo de resurrección lo encontramos en Juan 20: 19-31.  Para los estudiosos de Juan este era originalmente el último capítulo del Evangelio.

Luego de María Magdalena comunicar las buenas nuevas del Resucitado a los discípulos (20: 18), estos  al parecer no creyeron.  El anuncio de María Magdalena era inconcebible, porque Simón Pedro y el  Discípulo amado habían estado en la tumba y no  vieron nada, excepto las vendas mortuorias de Jesús.  Además,  si  Jesús hubiese resucitado, a quien primero se hubiese manifestado, por “rango jerárquico”, era a Simón. Eso era lógico! Sin embargo, esta  “mujer” decía haber tenido el privilegio de hablar con el Resucitado, y eso era inconcebible.

Así llenos de temor y frustración, cierran las puertas del aposento alto donde pernoctaban y mantienen su duelo. Es posible que alguno de ellos estuviese construyendo un relato que explicara lo ocurrido, y salvara la cara de aquellos seguidores galileos. Habían caminado hasta Jerusalén desde Galilea, esperando que el Mesías manifestase su poder y gloria, y simplemente fue vilmente asesinado. Sus sueños de formar la clase aristocrática del nuevo reino se había echado por la borda.    Por otro lado, los judíos, envalentonados por su victoria, querían exterminar totalmente el movimiento de Jesús, y ellos corrían peligro.

Las puertas de aquel lugar estaban cerradas.

Juan presenta este símbolo importante.  Las puertas cerradas demuestra que ya todo había concluido y no iban a permitir que el aire fresco de la esperanza entrara.  La fe de los discípulos, al igual que su propia vida, había sido mutilada por la angustia y sus sueños envenenados por aquel aparente fracaso.

En aquella reunión, al anochecer de ese mismo domingo, se discutían posiblemente  la visita a la tumba de Pedro y el discípulo amado (verso 10), y los eventos recientes narrados por María Magdalena sobre el Resucitado, después de haber denunciado el robo del cadáver. Por la naturaleza de la reunión solo los discípulos varones estaban presente, me supongo que María Magdalena y sus otras compañeras de Galilea estaban celebrando el acontecimiento más gratificante de su vida, habían visto a Jesús resucitado.

El contraste es marcado, María se regocijaba y anunciaba las buenas nuevas de la resurrección de Jesús, mientras ellos (los varones), con las puertas cerradas, sumergidos en su dolor, temor y dudas sin percatarse que ya lo mejor había ocurrido. Ay bendito! Cuántos de mis queridos lectores estarán así hoy!

Solo quiero llamar la atención a dos (2) cosas importantes:  Primero las puertas cerradas no son impedimento para que el Resucitado entre y se pare en medio de tu entorno. De hecho la tumba, aun cuando estaba cerrada con una pesada roca, no impidió la salida de Jesús. Segundo, cuando el resucitado entra en aquel aposento cerrado su primera declaración habla del deseo y misión de Dios: Paz a vosotros!  La paz de Dios tiene un pre-requisito, el perdón que brota de la cruz (verso 23). Por lo tanto, lo primero que Jesús hace es perdonar la incredulidad, perdonar toda la trama construida en la “loca de la casa” que es la imaginación de aquellos discípulos.  –No hay nada que inventar—“Yo los envío de la misma forma que yo fui enviado.” (verso 21).

Jesús en tres (3) ocasiones repite el saludo de la Paz, ¿por qué?  La paz que el Resucitado trae no se concilia con el miedo que encierra y bloquea el entendimiento. Esa paz tampoco hace alianzas con las gargantas trancadas que no pueden hablar ni respirar los nuevos aires de la esperanza.

shalom

La palabra hebrea  shalom (shālôm heb.) (eirênê  gr.)  significa perdón, entereza, salud, bienestar o toda clases de bienes (Éxodo 14: 18; Números 6: 26).  El shalom es un regalo de Dios por medio del Resucitado y que produce un ambiente de armonía tal que las partes del sistema puedan desarrollarse al máximo y alcanzar su plena actualización.  El shalom que Jesús da remueve todos los obstáculos, que impiden o  han impedido tu pleno desarrollo y puedas experimentar el bienestar personal y trasmitirlo a tu entorno.

El  shalom es  una fuerza demoledora, limpiadora y transformadora.  Es aquella energía necesaria para reorganizar mi vida después de una debacle, de tal forma que mi crecimiento continúe como Dios lo ha establecido. Cuando las puertas del corazón se cierran con las pesadas cadenas del dolor, la soledad, el temor, la angustia y la confusión, solo la PAZ de Dios que sobrepasa todo entendimiento humano, llega a tu vida, y corta estas, guardando tu mente y tu corazón en el Señorío del Resucitado (Filipenses 4: 7).

El shalom también es una condición, es un ambiente nutricional donde los individuos y grupos son alimentados y criados para tener fortaleza y herramientas para el alcance de ese desarrollo esperado. En ese ambiente los principados, potestades y dominaciones, que son contrarios al desarrollo de la vida humana son anulados y removidos para que permitan el desarrollo pleno (Colosenses 2: 14-15). El shalom es ese espacio en que los aspectos externos adversos pierden su hegemonía, y se cumplen los propósitos divinos.

El shalom es escudo de protección contra las fuerzas y ataques que pretenden detener a los seguidores de Cristo. El shalom nos guarda y preserva en medio de una sociedad que no tiene en sus noticias los valores del Reino de Dios. El shalom entonces es guardián, es la fuerza de resiliencia y fortaleza que nos permite avanzar contra el viento.

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El shalom, finalmente,  es un regalo que brota de la Cruz y el  Cristo Resucitado da a sus seguidores (Juan 14: 27). Es herramienta para la vida. Es un regalo para todos y todas, ¿Por qué? Porque Cristo pagó por esto en la Cruz (Isaías 53: 5-6, 57: 19; Romanos 5: 1-2; Efesios 2: 17; Colosenses 2: 13-15).  Las crisis de la vida, más que intimidarnos, deben llevarnos a la comunión con el Resucitado, que a su vez nos regala su paz…que es fuerza, condición y escudo.

El Espíritu Santo es el que imparte el “shalom”, el que nos hace artesanos del “shalom” y que a su vez trae vida abundante, que nos permite responder a la misión encomendada por el Resucitado.  El Vive! Muchas bendiciones!

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