Cuando el temor nos nubla el entendimiento … y el Espíritu sopla


Por Samuel Caraballo-López

¿Cómo curar en los discípulos el fracaso de la cruz?

Sólo con paz.

La presencia del Resucitado en medio de tanto miedo les trae la paz: “¡Shalom!”

¡Vuelve la paz!

Una paz que manda ir lejos, abrir y dejar entrar el aire fresco del exterior.

   (Fragmento tomado de “Paz a Vosotros” del blog de Juanlu)

INTRODUCCIÓN

La lectura bíblica para el 19 de abril de 2020,   segundo domingo de resurrección lo encontramos  en Juan 20: 19-31.  Para los estudiosos de Juan este era originalmente el último capítulo del Evangelio.

Luego de María Magdalena comunicar las buenas nuevas del Resucitado a los discípulos (20:  17-18), estos  al parecer no creyeron.  El anuncio de María Magdalena era inconcebible, porque Simón Pedro y el  Discípulo amado habían estado en la tumba y no  vieron nada, excepto las vendas mortuorias de Jesús.  Además,  si  Jesús hubiese resucitado, a quien primero se hubiese manifestado, por “rango jerárquico”, era a Simón (vea tradición paulina-1 Cor. 15:4-5). Eso era lógico! Sin embargo, esta  “mujer” decía haber tenido el privilegio de hablar con el Resucitado, y eso era inconcebible.

Así llenos de temor y frustración, no creen las palabras de María Magdalena,  cierran las puertas del aposento alto donde pernoctaban, y mantienen su duelo. Es posible que alguno de ellos estuviese “construyendo” un relato que explicara lo ocurrido, y salvara la cara de aquellos seguidores galileos. Habían peregrinado hasta Jerusalén desde Galilea, esperando que el Mesías manifestara su poder y gloria, y simplemente fue vilmente asesinado. Los sueños de algunos de ellos de formar la “clase aristocrática” del nuevo reino, se había echado por la borda (Mateo 20: 20-28).  Por otro lado, los judíos, envalentonados por su victoria, querían exterminar totalmente el movimiento de Jesús, y ellos corrían peligro.

DESARROLLO

Las puertas de aquel lugar estaban cerradas.

Juan presenta este símbolo importante.  Las puertas cerradas demuestra que ya todo había concluido y no iban a permitir que el aire fresco de la esperanza entrara.  La fe de los discípulos, al igual que su propia vida, había sido mutilada por la angustia y sus sueños tronchados por aquel aparente fracaso.

En las condiciones de aislamiento físico que nos impone  la pandemia de COVID-19, llama la atención el paralelo que puede establecerse entre el encerramiento de los discípulos y el que vivimos millones de personas, confinadas en sus domicilios para evitar el contagio y la propagación de la enfermedad. En ambos casos, el temor es real, no solamente por el riesgo para la vida, sino también por los desafíos que supone enfrentarse a situaciones de gran pérdida e incertidumbre. En cierta medida, la experiencia de los discípulos al anochecer del primer día de la semana podría bien resumir lo que hoy vivimos a escala planetaria. Y quizás por eso, resuenan con más pertinencia que nunca las palabras del Señor resucitado: ¡Paz a vosotros!

En aquella reunión, al anochecer de ese mismo domingo, se discutían posiblemente  la visita a la tumba de Pedro y el discípulo amado (verso 10), y los eventos recientes narrados por María Magdalena sobre el Resucitado, después de haber denunciado el robo del cadáver (versos 11-18). Por la naturaleza de la reunión solo los discípulos varones estaban presente, me supongo que María Magdalena y sus otras compañeras de Galilea estaban celebrando el acontecimiento más significativo de su vida, habían visto al Resucitado.

El contraste es marcado, María se regocijaba y anunciaba las buenas nuevas de la resurrección de Jesús, mientras ellos (los varones), con las puertas cerradas, sumergidos en su dolor, temor y dudas, negaban que lo prometido había ocurrido. !Ay bendito! Cuántos de mis queridos lectores estarán así hoy.

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Solo quiero llamar la atención a dos (2) cosas importantes que emanan del relato:  Primero las puertas cerradas no son impedimento para que el Resucitado entre y se pare en medio de tu entorno (verso 19). Hay dos (2) ideas falsas que son refutadas en esta narrativa.  La primera es que se enseña que el estar temeroso es falta de fe, y por lo tanto, es un impedimento para que Dios se manifieste entre nosotros.  Nada más alejado de la verdad, el sentimiento de temor es el reconocimiento de nuestra impotencia para enfrentar algo que es desconocido y que está más alla de mis recursos, siendo esta la puerta abierta para procurar la asistencia divina (1 Corintios 2: 3-5). 

La segunda idea refutada es la del “antropoteísmo” en la que decimos que, Jesús por ser un caballero  solo entra en los lugares a los que se le invita.  Esto es una falacia, porque la soberanía de Jesús no está condicionada por nuestros sentimientos, etiquetas, y voluntad (Apoc. 1, 5).  De hecho la tumba, aun cuando estaba cerrada con una pesada roca, no impidió la salida de Jesús, y ninguna puerta cerrada, sea desde adentro o desde afuera, podrá impedir que el Resucitado entre.

Segundo, cuando el resucitado entra en aquel aposento cerrado su primera declaración habla del deseo y misión de Dios: ¡Paz a vosotros!  La paz de Dios tiene un pre-requisito, la justicia.  En la cruz del Calvario, Jesús fue entregado para perdón de nuestras trangresiones y resucitado como evidencia de que fuimos declarados justos  por su sacrificio (Romanos 4: 25-5:1; 1 Corintios 15: 17). Por lo tanto, lo primero que Jesús hace es reconocer la realidad del perdón y la justificación realizada en la cruz, rompiendo con toda incredulidad, y deshaciendo la trama construida en la “loca de la casa”, que es la imaginación de aquellos discípulos.  –No hay nada que inventar—“Yo los envío de la misma forma que yo fui enviado por mi Padre.   Y habiendo dicho esto, sopló sobre ellos, y dice: Recibid  el Espíritu Santo.” (versos 21-22; Juan 1: 33).

Es lo que Juan el bautista había dicho, “Ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.  Ahora, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1: 29), ha resucitado e imparte el Espíritu sobre los que por la fe han creído en El, para que se “encarnen” en el mundo como sus discípulos, y continúen la misión redentora que el Padre le encomendó. De la misma manera que el Espíritu sustituye a Cristo en nosotros, nosotros tomamos el lugar de Cristo en el mundo:

A cuantos perdonéis los pecados, les han sido perdonados; a cuantos los retengais, les han sido retenidos. (Juan 20: 23)

APLICACIÓN

Dos aspectos nos llaman la atención en esta experiencia del Resucitado con sus discípulos: La declaración de la Paz, y el soplo del Espíritu Santo.  La Paz o shalom (heb.) [eirene (gr.)] que Jesús da remueve todos los obstáculos, que impiden o  han impedido el disfrute pleno de la resurrección de su Señor en aquella primera comunidad de seguidores de Jesús. Solo cuando se experimenta el gozo del evento de la resurrección de Jesus la podemos transmitir a nuestro entorno.

El  shalom es  una fuerza demoledora, limpiadora y transformadora.  Es aquella energía necesaria para reorganizar mi vida después de una debacle o pandemia, de tal forma que mi crecimiento continúe como Dios lo ha establecido. Cuando las puertas del corazón se cierran con las pesadas cadenas del dolor, la soledad, el temor, la angustia y la confusión, solo la PAZ de Dios que sobrepasa todo entendimiento humano, llega a tu vida, y corta estas, guardando tu mente y tu corazón bajo el Señorío del Resucitado (Filipenses 4: 7).

El shalom también es una condición, es un ambiente nutricional donde los individuos y grupos son alimentados y criados para tener fortaleza y herramientas para alcanzar ese desarrollo esperado. En ese ambiente los principados, potestades y dominaciones, que se han rebelado contra su Creador, sembrando el caos, son desarmados y anulado su poder (Colosenses 2: 14-15). El shalom es ese espacio en que los aspectos adversos, externos e internos, pierden su hegemonía, y se cumplen los propósitos divinos.

El shalom es escudo de protección contra las fuerzas y ataques que pretenden detener a los seguidores de Cristo. El shalom nos guarda y preserva en medio de una sociedad que no tiene en sus noticias los valores del Reino de Dios. El shalom entonces es guardián, es la fuerza de resiliencia y fortaleza que nos permite avanzar contra el viento.

El shalom, finalmente,  es un regalo que brota de la Cruz, y el  Cristo Resucitado da a sus seguidores (Juan 14: 27). Es herramienta para la vida. Es un regalo para todos y todas, ¿Por qué? Porque Cristo pagó el precio  de la paz en la Cruz (Isaías 53: 5-6, 57: 19; Romanos 5: 1-2; Efesios 2: 17; Colosenses 2: 13-15).  Las crisis de la vida, más que intimidarnos, deben llevarnos a la comunión con el Resucitado, que a su vez nos regala su paz…que es fuerza, condición y escudo.

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Ahora bien, Jesús sopla sobre sus discípulos derramando Su  Espíritu Santo que  hoy nos convierte en artesanos de ese “shalom” (Mateo 5: 9).  De igual forma ahora es el Espíritu Santo es el que nos trae la vida plena de Jesús (Juan 10: 10),  y que nos capacita para responder a la misión encomendada por el Resucitado.  ¡Recibid la Paz ! Recibid el Espíritu Santo!  Muchas bendiciones!

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