Cuando la incertidumbre nos transforma

incertidumbre

Por Samuel Caraballo-López

El texto para el 10 de agosto de 2014, noveno domingo después de Pentecostés, lo encontramos en el Evangelio de Mateo 14: 22-33. Este pasaje no solo es intrigante, sino que nos emite un mensaje con una gran pertinencia  para cada creyente en el día de hoy. Hay momentos en que Dios nos obliga a caminar en la incertidumbre para llevarnos a nuevos niveles de conciencia.

Al enterarse Jesús, de la muerte de Juan el bautista a manos de Herodes el tetrarca (14: 12-13), toma la decisión de apartarse solo al otro lado del  lago de Galilea.  El dolor que le generó este asesinato y la injusticia que esto representaba requería que el Señor pasara un tiempo aparte, y así lo hizo.  Tomó, posiblemente un barco perteneciente a alguno de sus discípulos y remó mar adentro hasta la otra orilla.  La gente emprendió una persecución por tierra, que al unirse otras personas de la otra orilla, forman una inmensa multitud.  Al Jesús desembarcar, vio tanta gente con tanta necesidad, que sintiendo compasión de ellos,  puso a un lado su estado de duelo, y  sanó a los enfermos.

Ya siendo tarde, los discípulos, que habían llegado también, le recomendaron que despidiera a la gente, y fueran a los lugares aledaños y comieran.  Estaban también tratando que Jesús comiera, ya que había estado todo el tiempo sanando a los enfermos que eran demasiados.  Es en ese contexto que  ocurre el milagro de la alimentación de los 5,000 hombres, sin contar a las mujeres y los niños  (14: 13-21).

Ahora bien, en el verso 22, ocurre un evento interesante; Jesús en lugar de despedir primero a la gente, hizo que sus discípulos se montaran en la barca y se le adelantaran al otro lado. La traducción del texto implica que Jesús forzó a los discípulos a que volvieran a la otra orilla, mientras él se encargaba de despedir a la gente.  ¿Por qué Jesús forzó a los discípulos a embarcarse en este viaje incierto? ¿Qué pretendía Jesús?  Jesús, luego de despedir a la gente, subió al monte a orar y meditar, que había sido el motivo por el cual había cruzado el lago.

En medio del viaje los discípulos se enfrentan a un fuerte viento contrario, que les impedía avanzar.  Este viento contrario hacia crecer las olas que a su vez zarandeaba la barca.   Los vientos fueron creciendo hasta alcanzar el máximo de su fuerza en la cuarta vigilia de la noche.  Es en ese momento, que Jesús se aparece caminando sobre el mar, quedando los discípulos aterrados— ¡Es un fantasma! ¡Es el diablo!

Hace mucho tiempo leí un cuento de Abelardo Díaz Alfaro titulado “Santa Clo va a La Cuchilla.”  En este cuento se nos habla de un nuevo maestro llamado Johnny Rosas que fue traído a la escuelita del Bo. Cuchillas, para enseñar a Peyo Mercé, el maestro en propiedad de la misma,  las nuevas técnicas pedagógicas.  Este maestro, que había estado un breve tiempo en los Estados Unidos, fue traído por el supervisor para sacar del atraso aquellos niños de aquella aislada comunidad.  De inmediato el Sr. Rosas quiso actualizar la época navideña introduciendo al personaje de Santa Claus. Permítame copiar del relato lo que ocurrió en aquel salón cuando  entró el personaje de Santa Claus:

Un grito de terror hizo estremecer el salón. Unos campesinos se tiraron por las ventanas, los niños más pequeños empezaron a llorar y se pegaban a las faldas de las comadres, que corrían en desbandada. Todos buscaban un medio de escape. Y Mister Rosas corrió tras ellos, para explicarles que él era quien se había vestido de tan extraña forma; pero entonces aumentaba el griterío y se hacía más agudo el pánico. Una vieja se persignó y dijo: “¡Conjurao sea! ¡Si es el mesmo demonio jablando en americano!” (Santa Clo va a La Cuchilla-Abelardo Díaz Alfaro)

Lo mismo pasó en este pasaje, los discípulos están aterrados al ver aparecer en lontananza un personaje misterioso que se acerca a la barca.  Su pelo y ropaje sacudido por el viento contrario creaba un efecto tenebroso, y además no había a donde escapar porque estaban  detenidos en medio del lago. Frente al miedo atroz y los gritos de los discípulos se oye la voz de Jesús— ¡Cálmense! Soy yo. No tengan miedo (verso 27).

Es Pedro el que pide confirmar la presencia del  Señor, no en la barca, sino en medio del caos que provocaban aquellos vientos contrarios—Señor, si eres tú, mándame que vaya  a ti sobre el agua (verso 28). Jesús le dice ven.  Sin embargo, luego de comenzar a caminar sobre las aguas, lo fuerte de los  vientos hace que el miedo se apodere de él, iniciándose un proceso gradual de hundimiento y que solo la pronta intervención de Jesús los salva. Juntos suben a la barca y entonces se cumple el propósito de esta dificil experiencia;  descubrir la verdadera identidad de Jesús– “verdaderamente tú eres Hijo de Dios” (verso 33).

Hay momentos en que Dios nos empuja a caminar por senderos inciertos que no escogemos, ni tenemos las herramientas para enfrentar los retos que surgen.  Cuantas veces en estos caminos inciertos los  vientos contrarios se levantan en forma inexplicable sobre nuestras vidas. Experiencias de relaciones que se rompen, pérdidas significativas, enfermedades físicas o mentales que aparecen, momentos de desesperación, guerras y amenazas de guerras, situaciones económicas fuera de nuestro control, son esos vientos contrarios que quieren detener el propósito de Dios en nosotros.  El caos quiere imponerse sobre la fe y la confianza en Dios y sus promesas.  Sin embargo, no podemos olvidar que  los principados y potestades fueron derrotados y desarmados al ocurrir el sacrificio de Cristo (Colosenses 2: 15).

Jesús es el “yo soy” que camina sobre el mar embravecido, y su presencia en la barca de nuestras vidas, calma los vientos y la tempestad.  Es hora de confiar en sus promesas, y actuar en su nombre, ! Muchas bendiciones!

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