La “Encarnación”…para entender a Dios

encarnación del verbo

Por Samuel Caraballo-López

No podemos seguir mirando el presente y evaluarlo solamente con imágenes del pasado, que funcionaron en un momento dado, pero que se pueden convertir en obstáculos en la actualidad.

Luego de varias semanas sin producir ningún escrito, hoy vuelvo a sentarme frente a la computadora para dejar correr la imaginación.   Ha sido un comienzo de año muy atareado. Los nuevos retos en mi trabajo como coach de educación científica y pastor de almas, junto la lucha comunitaria que se complica, han cambiado mi rutina cotidiana.  Además, este año concluye mi ministerio pastoral en la congregación, que en los pasados 12 años, Dios me ha permitido dirigir. Luego de 33 años de ardua tarea en diversos escenarios del planeta, en el próximo mes de junio, me jubilo del ministerio pastoral. Ciertamente, ha sido un comienzo de año de muchas situaciones juntas, que han detenido la pluma de este aprendiz de escritorio.

Esta mañana, luego de una noche de vigilia espiritual, que nos llevó a considerar las diversas estancias de cambios e incertidumbre a las que el  pueblo de Dios se ha enfrentado en historia de la fe religiosa,  me senté a reflexionar sobre la encarnación del verbo de Dios (Juan 1: 1-14).  La llegada del verbo de Dios a esta tierra no fue algo fortuito y casual.  Luego de una larga preparación a través de toda la historia humana, el Dios de Israel propició la llegada del verbo a esta tierra.  Los evangelios nos dicen a través de los relatos iniciales de las genealogías que los preparativos de Dios para traer al verbo datan desde principios de la creación (Lucas 3: 17-38). Este hecho arroja luz para entender nuestra realidad histórica.  A pesar de que el mal parecía dominar la historia humana, el Dios de la creación “empujó” la historia para cumplir sus propósitos y voluntad, que siempre están fundamentados en el amor, la justicia y el bienestar de la creación misma.  A eso la fe cristiana le llama la soberanía de Dios.

La encarnación del verbo de Dios, es entonces la expresión máxima del cómo actúa el Dios amoroso (Juan 3:16).  Cuando intentamos explicar la encarnación del verbo, utilizando las categorías de la filosofía idealista de Platón, caemos en la negación total del acto de amor más sublime jamás realizado por la divinidad.  De hecho la encarnación del verbo de Dios, que postula la fe cristiana, parece ser el mayor obstáculo para la mayoría de las otras religiones mundiales, y por ende para la realización de las ya conocidas conversaciones interreligiosas en un mundo pluralista. Claro, existe una serie de colegas que entiende que las relaciones interreligiosas solo son posibles desde una perspectiva ética, es decir desde la afirmación de los valores interculturales o universales comunes.  De hecho ese tipo de relación es posible, de la misma forma que los partidos políticos con diversas ideologías pueden también tener relaciones entre sí.

En realidad la mayor aportación del actuar de Dios, con la aparición del verbo encarnado, es en la dimensión de la esperanza, que nos lleva a revisar nuestras visiones fatalistas de la historia universal y nuestra historia como pueblo.  El Dios creador de todas las cosas, sostiene su creación y la dirige hacia su actualización, o dicho de mejor forma, hacia el cumplimiento de sus propósitos y su voluntad, aun cuando la apariencia visible y la interpretación del mundo secular sean de desastre.  El apóstol Pablo mantiene esta visión correcta de la historia en su visión de la realidad:

Así también nosotros, cuando éramos menores, estábamos esclavizados por los principios de este mundo. Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos (Gálatas 4: 3-5).

Las condiciones de la historia no detienen el actuar divino cuando se trata del cumplimiento de sus propósitos para la humanidad.  Ahora bien, aunque los propósitos de Dios trascienden las realidades contextuales e históricas, también, en cierta medida, se sujetan a las realidades naturales que Dios mismo ha impuesto.  Jesús, que es el enviado de Dios, toma forma humana, y se sujeta a las leyes naturales, al nacer de una mujer, ser infante e incapaz de valerse por si mismo como todo humano, a pesar de tener también naturaleza divina.  En la encarnación de Jesús, lo humano y lo divino conviven en una sola persona, y es cuando no entendemos esta verdad e intentamos fragmentarla, que comienzan nuestros problemas.

Ahora bien, es primordial afirmar lo siguiente; los propósitos de Dios, no nacen maduros, ni se inician en estado adulto, sino que, se encarnan en una historia marcada por la oscuridad, y desde su nicho emiten su luz y sus signos, pero ajustándose a las condiciones naturales del lugar donde se manifiestan.  Creo que es fundamental entender esta verdad que viene desde la encarnación de Jesús. En ese proceso normal de crecimiento y desarrollo, los propósitos de Dios se colorean con su realidad misma, y algunas veces se camuflan, y parece que se nos pierden, para luego aparecer y superar las categorías de la realidad misma y transformarla.

Ese misterio del actuar divino, que se revela en la encarnación del verbo, tiene que ser entendido por aquellos que luchan para hacer más humana la vida humana, para que no pierdan la esperanza, debido a una incorrecta concepción del proceder divino. El propósito divino toma forma humana, se inserta en categorías humanas, que parecen limitantes, para luego resurgir y superar estas y transformar la realidad.  ¡Así actúa el Señor!

Finalmente, y a manera de inspiración comparto contigo un texto que ha sido paño de lágrimas en mí caminar por la historia:

Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano (1 Corintios 15:58).

¡Muchas bendiciones!

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