El doloroso parto de la liberación

parto

Por Samuel Caraballo-López

“…la liberación es un parto. Es un parto doloroso. El hombre que nace de él es un hombre nuevo, hombre que solo es viable en y por la superación de la contradicción opresores-oprimidos que, en última instancia, es la liberación de todos”.                                                                                                                                   Paulo Freire.

Con el título de este artículo, el Calendario Eclesiástico de la IEUPR, identifica el tema para el domingo 11 de octubre de 2015.  A mí me parece un excelente título y congruente con el relato que encontramos en el pasaje de Marcos 10: 17-31.  No hay duda que todo proceso de liberación, sea en lo personal o colectivo conlleva sufrimiento.  Ese sentir, aunque temporal, es producto del rompimiento del “cinturón protector” del “statu quo”.  El concepto “cinturón protector” lo tomo prestado del científico y filósofo de las ciencias, el húngaro Imre Lakatos, y que fue utilizado para referirse a lo que preserva el núcleo de  una teoría y  evita su cambio.

Un ejemplo para entender este concepto de “cinturón protector” es la inercia. La Primera ley de Newton o ley de inercia postula que todo cuerpo tiende a mantenerse en su estado original, sea de movimiento o reposo, a menos que una fuerza externa, no equilibrada, actúe sobre este, y lo haga cambiar su dirección o magnitud.  Las cosas no cambiarán a menos que no se provoque su cambio.

El temor al dolor y sufrimiento pueden convertirse en un arma de dominio para evitar romper el “cinturón protector” del “statu quo”, y producir el cambio.–“Si cambiar significa perder privilegios, o sufrir, prefiero no hacerlo”– expresan muchas personas.

Cambiar siempre requerirá esfuerzos e inversión de energía, que podrían traer malestar, resistencia e incomodidad, al tener que superar viejos hábitos, que se han convertido en el “cinturón protector” de nuestra condición de fracaso.  Este “cinturón” puede ser físico, espiritual, psicológico, político, legal, económico, o una combinación de todos.

El texto de este domingo, que lo encontramos en Marcos 10: 17-31, nos relata un evento de vital importancia, que se suscita al salir Jesús al camino, luego de las experiencias narradas la semana pasada en la región de Judea. Cuando se menciona el “camino” en los relatos del Evangelio de Marcos, se está considerando el discipulado.  Es por esto que este relato está conectado al discipulado cristiano y sus implicaciones.

Al salir Jesús al camino, vino un misterioso individuo corriendo y se arrodilló ante él, y le dijo:

“Maestro bueno, ¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna?”  (verso 17)

Jesús lo sorprende a él y a la audiencia con una expresión particular:

¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno, sino uno solo: Dios. (Verso 18)

Es interesante la técnica sutil que utiliza Marcos para hablar de la divinidad de Jesús. Este hombre como judío, que  solo podía considerar como bueno a Dios, le atribuye un adjetivo a Jesús que equivale a un reconocimiento de su divinidad.  Al llama a Jesús, “Maestro bueno”, está declarando su fe en la divinidad de Jesús.

Jesús le recita la segunda tabla de los mandamientos, es decir todo lo relacionado a la interacción entre humanos:– No mates, no adulteres, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a la madre (verso 19)–.  Es importante observar que Jesús omite todos los mandamientos relacionados a la interacción entre lo divino y humano, ¿Por qué?

Mandamientos

Para sorpresa de todos, el recién llegado era un “dechado” de virtudes, ya que declaró que había cumplido con todos los mandamientos desde su juventud. ¿Mentía? ¿Estaba intentando engañar a Jesús o se engañaba a sí mismo? ¿O realmente decía la verdad?  Jesús no cuestiona su reclamo, lo que podría significar que Jesús acepta como bueno lo que él dice.  De hecho Pablo, antes de su conversión, se consideraba “irreprensible” bajo la justicia de la ley, aun cuando consintió en la muerte de Esteban, un judío del Camino (Hechos 7: 54-58; Filipenses 3: 6).

Jesús, ciertamente hace una pausa (me fascina este estilo de Marcos), y “fijándole su mirada, sintió amor por él, y le dijo: “Una cosa te falta.” Hay una pregunta obligada para los creyentes; ¿Qué podemos hacer con una persona que reclama tener su propia justicia? A mí me parece que  este es un buen momento para entender la realidad de la depravación universal, que nos priva de la conciencia de nuestra propia pecaminosidad ante Dios. ¿Qué le faltaba a este tipo?  La gracia de Dios que le revelara que su concepción legalista de la justicia le había bloqueado su visión de lo que era la justicia de Dios. El judaísmo había creado una cultura que asociaba la abundancia de bienes con el favor divino.

“Ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás riquezas en los cielos y ven y sígueme”. El hombre entristecido, por estas palabras, se marchó apenado, porque era de los que tienen muchas posesiones (versos 21-22).

Jesús, rompe con toda la tradición judía de que las riquezas, el honor y el estatus, era señal del favor de Dios.

 “¿Cuán difícil es entrar en el Reino de los cielos para los que tienen riquezas?    Es más fácil pasar un camello por un ojo de aguja, que entrar un rico en el reino de Dios (verso 23 y 25).”

La confusión se apodera de los discípulos, que pertenecían a la clase más baja,  y su perspectiva había sido formada por aquella cultura que había creado un “cinturón protector” en que unos pocos, los que tenían honor y bienestar material, gozaban del favor divino y la felicidad. El verdadero problema era que vivian en una cultura que equiparaba la felicidad con conseguir cosas, cuando la felicidad es precisamente la ausencia de los apegos y no someterse al poder de personas o cosas.

Volvamos a la pregunta que inició este diálogo, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna? Su pregunta requiere una respuesta más profunda.  Para heredar tienes que pertenecer a la familia y esto se explica en los versos 28-30.  Para ser parte de la familia divina era necesario dejar lo que esclaviza, y seguir a Jesús, como dice Pedro, que ellos habían hecho.  Al hacer esto, los discípulos son ubicados en  una nueva familia.  Esta es la familia de Dios, que en realidad es increíblemente rica en el presente, pero una familia marcada por la persecución (versos 29 y 30).  También esta decisión de los discípulos los ubica en una realidad futura, caracterizada por una plenitud de vida en que ser los primeros o los últimos es irrelevante.

Ahora bien, es importante entender que para heredar, recibir y  experimentar dicha herencia, alguien tiene que morir.  Creo que Pablo entendió muy bien ese mensaje:

“Porque yo por medio de la ley, a la ley he muerto, a fin de vivir para Dios.  Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2: 19-20).

¡Damos gracias a Jesucristo, el maestro bueno, que en El todas las cosas son posibles!  Muchas bendiciones.

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