¿Cómo superar el paradigma de Nazaret? … un desafío para la iglesia hoy.

Jesús en Nazaret

Por Samuel Caraballo-López

El texto de este cuarto domingo después de Epifanía se encuentra en Lucas 4: 21-30.  Este es una continuación del discurso comenzado el pasado domingo.  Ciertamente ese pasaje es uno de los más difíciles de todo el Evangelio de Lucas.  Es importante que al estudiarlo estemos atento a la redacción que hace el Evangelista Lucas al texto de Marcos 6: 1-6. Así que para entender y poder descifrar el significado de este pasaje, tenemos que entender la teología presente en Lucas-Hechos, y que se manifiesta concretamente en este pasaje.

Es notable que, contrario a Marcos, que es su fuente principal, Lucas ubica este pasaje muy temprano en el ministerio de Jesús.  Dice Lucas, que Jesús luego de la tentación en el desierto, llega a Galilea en el poder de Espíritu y enseñaba en las sinagogas, muy especialmente en Capernaúm, donde había establecido su residencia (Marcos 2: 1; Mateo 4; 12-13).  Luego de esa introducción a su ministerio en Galilea, Lucas nos narra su llegada a Nazaret.  Lucas ubica este evento, antes de Jesús elegir a sus discípulos, y comenzar su gira por toda Galilea y ciudades aledañas. 

Es fácil entender la dificultad de Jesús en Nazaret desde la perspectiva de Marcos 6: 1-6 (vea artículo: ¿Cómo superar el paradigma de Nazaret?… el reto de la iglesia hoy-Parte I-Julio de 2015).  Según Marcos, y Mateo asiente, las dificultades de Jesús en Nazaret se debieron al cuestionamiento de la multitud sobre aquellas cosas que, según Bruce Malina (1995), daban honor o producían verguenza en la sociedad judía del primer siglo: su trasfondo familiar, y sus acciones a favor del clan o grupo étnico al que pertenece (Marcos 6: 2-3).

En el discurso de Lucas, que tenemos en este domingo, la situación es muy diferente.  Si en Marcos era principalmente una cuestión de honor y verguenza, en Lucas es una cuestión de actitud misionera[1].  No hay duda que Lucas identifica otro paradigma de la sociedad judía, que se dramatiza en Nazaret y que tenemos que considerar como obstáculo para la realización de la misión de Dios y la manifestación del poder del Espíritu en la iglesia.

De acuerdo a las costumbres y cosmovisión de las comunidades de la época de Lucas (posiblemente 85-90 d. C), los grupos más cercanos a los que tenían el poder, debían ser los receptores primarios del producto que genera el poder (nepotismo).  De hecho, las expectativas eran que los allegados a los que estaban en el poder tienen ciertos privilegios que los demás no tenían. El proverbio del Talmud: “Médico curate a ti mismo”, se refiere a esta actitud de dar prioridad a los allegados al ofrecer algun servicio.

Ahora bien, dado que Jesús había llegado precedido de fama desde otros sectores de Galilea, era de esperarse que su llegada a Nazaret generara una gran expectativa y reclamos preferentes entre la pequeña población de aquella aldea, que conocía al Maestro.  Sin embargo, Jesús no acepta este soborno emocional de sus conocidos.  Jesús establece que la mera familiaridad no me da privilegios ante la gracia, justicia y poder de Dios.  Esta declaración ya Juan el bautista la había hecho a los judíos en el mismo evangelio:

Haced pues frutos dignos de arrepintiendo, y no comencéis a decir entre vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras (Lucas 3; 8).

Jesús se niega a validar el paradigma en el cual los miembros de mi grupo, clan o tribu sean los primeros en recibir los beneficios de la gracia inmerecida de Dios sobre los seres humanos.  Por supuesto que Dios quiere manifestar su amor, bondad y misericordia sobre los residentes de Nazaret.  De hecho, en eso consiste el Manifiesto expresado por Jesús (Lucas 4: 16-21), el problema es que intentar sobornar el poder de Dios reclamando privilegios en virtud que somos “el pueblo escogido” y en perjuicio de otros, es intolerable para un profeta de Dios (Jeremías 1: 17-19).  

Los profetas siempre censuraron todo acto que implicara cohecho, favoritismo o corrupción (vea a Elías en su lucha con Acab-1 Reyes 18:17ss; Jeremías 6:28s; Ezequiel 22: 5-12; Amos 5: 12ss; Oseas 5: 1ss; 9: 9; Miqueas 2: 1ss) .  Jesús denuncia el camino equivocado del pueblo de Nazaret, e intenta corregirles de su intento de sobornarlo, y los invita a la conversión.

Jesus es rechazado en Nazaret

Hay dos (2) denuncias que Jesús les hace a los residentes de Nazaret.  Primero, declara que la condición espiritual de ellos era semejante a la de Israel para el tiempo de los profetas Elías y Eliseo (Lucas 4: 25, 1 Reyes 16: 32-33).  El pueblo de Nazaret estaba actuando de la misma forma en que Israel se conducía para el tiempo de los reyes Acab, y Ocozías.  La condición religiosa de Israel era de idolatría masificada y una actitud de egoísmo que resquebrajaba la vida en comunidad.

Segundo, Jesús confronta a los residentes de Nazaret, con sus reclamos de privilegios basado en la familiaridad, sin estar dispuestos a hacer por otros lo que ellos estaban solicitando para sí.  Jesús es claro, lo que tu reclamas de Dios, debes estar dispuesto a hacerlo con otros no relacionados contigo.  Es decir, si deseo perdón, debo estar dispuesto a perdonar; si deseo bendiciones debo estar dispuesto a compartir estas con otros.   Ser parte de la familia o grupo cercano a Jesús no me garantiza que la gracia y el poder benefactor de Dios me cubre automáticamente.  No podemos admirar la presencia, proclamación, los milagros y señales de Jesús, sin comprometernos con su misión para toda la humanidad.

Jesús cita dos ejemplos relacionados al ministerio de Elías y Eliseo (Lucas 4 24-26).  Dios, a pesar de la gran cantidad de viudas en Israel, envió a Elías a una viuda extranjera en Sarepta de Sidón, en tiempos de hambruna en Israel (1 Reyes 17: 8-16), ¿por qué?  Porque Dios es así, su interés rebasa los intereses nacionalistas de Israel. Segundo, Dios, a pesar de los muchos leprosos que había en Israel, envió a Eliseo a sanar a un leproso no judío, a Naamán, capitán del ejército sirio.   Es decir, Dios, no le concedió el favor por el mero hecho de pertenecer o no al pueblo judío, sino por su compasión con todo ser humano. Estos extranjeros en necesidad, experimentaron el poder y la gracia de Dios sin ser parte del pueblo de Israel.

La gente de Nazaret estaba tan furiosa, porque entendían que ellos eran los primeros merecedores del favor de Dios a través de Jesús.  He ahí porque ningún profeta era grato en su tierra (4: 24). El texto nos dice que sacaron a Jesús de la ciudad y lo querían despeñar.  La crítica profética de Jesús, fue como una bofetada en pleno rostro. Su actitud egoísta de reclamo de privilegios en virtud de ser Israelitas y su cercanía con Jesús, era su mayor impedimento para recibir el favor de Dios.  El principio que establece Jesús es claro “que Dios no hace acepción de personas, sino que de toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10: 34-35).

¡Cuántas veces nos hemos molestado porque se nos ha dicho la verdad!  Los profetas se distinguen por decirle la verdad a su auditorio, dado que la meta del mensaje profético es que las personas involucradas, puedan arrepentirse y corregir su conducta.  Es muy difícil que cuando se nos dice una verdad que choca con nuestras creencias y paradigmas no nos enojemos, nos pongamos a la defensiva o lo tomemos personal, y aún más cuando quién la declara es alguien que nos es familiar o conocido. 

Este pasaje de Jesús en Nazaret, según Lucas, nos demuestra que todos tenemos un monte para despeñar a alguien o algo que no nos agrada y rechazamos.  Dentro de nosotros existen montes ideológicos, en los que basamos juicio sobre lo que se nos dice, hace o enseña.  En ese monte, como los de Nazaret, despeñamos lo que no nos gusta o consideremos ofensivo, aunque sepamos que es cierto. Sin embargo, podemos convertir ese monte en un lugar para despeñar nuestros prejuicios, nuestras incongruencias, desatinos e ideologías.  Ese monte puede ser también un lugar para celebrar las misericordias de Dios y la liberación que Dios nos manifiesta a través de su palabra profética.

monte para despeñar

El relato de Lucas termina con una escena de esperanza, el intento de despeñar la verdad de Dios proclamada por Jesús, es abortado, y Jesús pasa por en medio de ellos y prosigue su misión (Lucas 4:30). Es decir que los que pretendían despeñar a Jesús, al final aceptan que aquella palabra profética acerca de sus vidas, y que les denuncia que el poder que dirigía sus vidas era el egoísmo, se impone sobre ellos.  El dejar que Jesús pase “por en medio de ellos” y prosiguiera, era el reconocimiento que sus ojos y oídos, que al estar cerrados y los confinaba en el autoengaño, comenzaron a abrirse—¡Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos! Muchas bendiciones.

[1] Danker, F. W. Proclamation commentaries: Luke. Philadelphia, PA:  Fortress Press, 1987.

[2] Ibid

[3] Bruce Malina. El mundo del Nuevo Testamento: perspectivas desde la antropología cultural . Navarra: Ediciones Verbo Divino, 1995.

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