La misericordia y el perdón…sin ellos no hay paz

Paz de Dios 2

Por Samuel Caraballo-López

El texto de este domingo, 20 de marzo de 2016, que llamamos el de palmas o de la Entrada de Jesús a Jerusalén, nos lleva el Evangelio de Lucas 19: 28-40.  Este pasaje tiene como contexto previo, la narración de una parábola (Lucas 19: 11-27), que trata sobre las diez Minas (una mina es equivalente a 100 dracmas) que entregó un noble a diez de sus súbditos para que las invirtieran, mientras él iba a un país lejano a buscar un reino, y luego regresar con dicha validación a su territorio.

La dracma en el mundo helenista era el equivalente al denario romano que era el salario diario promedio de un obrero.  Este noble que nos habla la parábola era odiado por sus conciudadanos, y enviaron una embajada para impedir que este fuera nombrado rey, sin embargo, el regresó con la titularidad de rey, le pidió cuenta a cada esclavo de lo entregado, premiando los diligentes y censurando a los negligentes.  Además, aprovecho para vengarse de aquellos enemigos que no lo querían, decapitándolos. Parece ser que en esta parábola, Lucas funde dos tradiciones diferentes.

Según Raymond E. Brown[1], esta parábola esencialmente se presenta para animar a los discípulos para que entiendan que el reino no llegaría al Jesús entrar a Jerusalén, sino que ellos debían dar a conocer diligentemente lo que Jesús le había revelado sobre el reino. Los discípulos eran responsables de dar a conocer el mensaje de Jesús en todas las regiones del imperio y hasta el fin del mundo, mientras esperaban su regreso (Hechos 1:11).

Por otro lado, esta parábola nos recuerda la de los talentos de Mateo (25: 14-30), junto a que también evoca el evento histórico del reinado de Arquelao[2], hijo mayor de Herodes el Grande.   En el año 4 a. C, Herodes muere dejando un testamento declarando como su sustituto a su hijo mayor.  Según Flavio Josefo, Arquelao de inmediato emprende un viaje a Roma para que Augusto Cesar lo confirmara como rey, conforme al testamento de su padre.  Por otro lado, hubo una delegación israelita que se opuso ante el Cesar de tal solicitud, y simultáneamente se produjeron revueltas continuas contra su gobierno en toda la región de Judea y Galilea.  Estas revueltas fueron muy cruentas, provocando que el ejército romano, con sus cuarteles generales en Antioquía de Siria, tuvieran que intervenir en el territorio Israelita.  Luego de Arquelao regresar como etnarca de Judea, se comportó brutalmente con sus súbditos.

Lucas utiliza estos relatos conocidos en su época, para hacer un paralelo con la entrada de Jesús a Jerusalén, su posterior rechazo, crucifixión como rey de los judíos, su regreso como el resucitado y finalmente la destrucción de Jerusalén.

Camino a Jerusalen

El viaje a Jerusalén comenzó en Lucas 9: 51 y se extiende hasta el capítulo 24: 51, donde tendrá lugar su ascensión al cielo.  Jesús entra a Jerusalén pocos días antes de la Pascua. En la secuencia de la entrada a Jerusalén, Lucas sigue el relato de Marcos (11: 1-10), pero cambia el tema del entusiasmo con la llegada del reino (Marcos 11: 10), por la alabanza de Jesús como rey por parte de sus discípulos (19: 38), y que discutiremos más adelante.

Jesús se aproxima a Jerusalén evocando el retorno de Arquelao desde Roma, con la diferencia de que esta llegada de Jesús es, contrario a Arquelao, una de paz, simbolizada por el pollino que le sirve de cabalgadura, utilizando la referencia de Zacarías 9: 9-10:

“¡Alégrate mucho, capital de Sion! ¡Da voces de júbilo, ciudad de Jerusalén! Mira a tu rey llegando, justo y victorioso, Humilde, montado en un asno, en una cría de asna. Haré cortar el carro de en medio de Efraín y la cabalgadura dentro de Jerusalén.  El arco de guerra será quebrado, Porque El hablará paz en las naciones; Su imperio será de mar a mar, y desde el rio hasta los confines de la tierra.”

Para afirmar las intenciones de Jesús como rey, Lucas nos narra que, en la cercanía del Monte de los Olivos, Jesús envía a sus discípulos a buscar un pollino de asno, en el cual nadie se había sentado (19: 29).  Cercano a la bajada del Monte de los Olivos (19: 37), Jesús es montado sobre el pollino, y mientras avanzaba, sus discípulos tendían sus mantos en el camino en señal de reverencia.  La multitud de sus discípulos se regocijan y comienzan a alabar a Dios a gran voz por todos los milagros que habían visto.  Es notable la mención repetitiva que Lucas hace del Monte de los Olivos (19: 37), conectado nuevamente a la tradición de Zacarías 14: 4.  Es en el Monte de los Olivos que Dios pondría sus pies y este se partiría por el medio, quedando un gran valle del levante al poniente de Jerusalén.  En ese evento ocurriría la manifestación de YVHV con todos sus santos (Zac. 14: 5).

Jesus y el pollino

Es a partir de ese momento que la entrada de Jesús a Jerusalén se convierte en un desfile de celebración.  Utilizando el Salmo 118: 26, y añadiendo a este la frase “el rey”, Lucas nos narra las alabanzas de sus discípulos:

“¡Bendito “el rey” que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”

El añadir la expresión “el rey” al texto del Salmo 118: 26, Lucas contrasta la actitud de Jesús con la de Arquelao.  Jesús no es como los reyes de la tierra, “que se enseñorean de las naciones” (vea 22: 25-26).  Jesús es un rey que viene a expresar que la paz del cielo ahora se ha concretado en la tierra.  Es decir, Lucas une con estas palabras la Navidad con la Pascua en forma permanente.  No hay Navidad sin pascua, no hay Pascua sin Navidad.

Para Lucas la paz tiene un fundamento común, el perdón y la misericordia (Hechos 2: 38); Sin perdón y misericordia no hay paz, así que Jesús viene como el que perdona, liberta y restaura, y como consecuencia es el Príncipe de la paz.

El perdón y la misericordia son temas que se encuentran enmarcados en todo el Evangelio de Lucas y el libro de los Hechos de los Apóstoles.  Ahora bien, es en los acontecimientos de la cruz, en que mirando la redacción lucana vemos de manera dramática estos dos aspectos.  El primer evento en que vemos este aspecto es en diálogo entre Jesús y su Padre: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23: 34). El segundo evento en que vemos el perdón y la misericordia expresados es en el evento con los dos prisioneros subversivos (Lucas 23: 40-43) que son crucificados junto a Jesús, en el que uno de ellos solicita la misericordia y le es concedida– “De cierto te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso”.  Por último, Lucas cierra su evangelio con un texto clave de este evangelio: “y que se predicaría en su nombre arrepentimiento para perdón de pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén (Lucas 24: 47).

perdon 2

Jesús mantiene su anhelo de la liberación de Israel.  Esa liberación que Jesús proponía para Israel es la misma que anhela para toda la humanidad (Lucas 23: 40-43).

Lucas ve a una comunidad unida e integra alrededor del ministerio de Jesús.  Jesús es la esperanza montada en un pollino.  Es la esperanza para la humanidad y que había expresado en su Manifiesto de Nazaret (4: 16-21) para todos los pueblos oprimidos, explotados y marginados.  Una libertad que se lleva a cabo mediante su sufrimiento y muerte.  Es en esa comunidad de Jesús en la que seremos alimentados, y es en ella donde encontraremos nuestra misión.  Es por eso que cuando los fariseos le piden a Jesús que reprenda a sus discípulos, este responde:

 “Si estos se callan, las piedras clamarían.” (19: 40)

piedras claman

La comunidad de Jesús no puede guardar silencio.  !Basta ya de permitir que “asesores devotos” silencien nuestro testimonio de salvación y esperanza, declarando que nuestro discurso no es “políticamente correcto” porque no responde a los tiempos!.  Y mucho menos podemos permitir que nuevas ideologías,  y los “profetas de la corte” tomen nuestro lugar como portavoces del reino de Dios, robando nuestra identidad como iglesia de Jesucristo. Hay que levantar la voz y decir a los cuatro vientos que Jesús, “el rey”, que vino y viene, ha traído la paz del cielo y la ha hecho concreta en la tierra (Filipenses 4: 6-7). 

Jesús es claro en su llanto sobre Jerusalén:

¡Oh si tu hubieras conocido, siquiera en este día, lo conducente a la paz! Pero ahora está encubierto de tus ojos.  Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos levantaran torres de asedio contra ti, y te rodearan por todos lados, y te arrasarán con tus hijos dentro de ti, y no dejaran en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación (19: 42-44).

Temprano en su ministerio, Jesús había advertido sobre la necesidad de arrepentimiento de los líderes religiosos de Israel, porque le habían “quitado la llave del conocimiento” al pueblo (vea Ezequiel 34). Estas palabras de alerta para Jerusalén y su liderato se registraron en Lucas 11: 49-52 y 13: 34-35; pero ahora las posibilidades de reforma parecen ser cosa del pasado.

El hecho de que Lucas presenta a Jesús llorando por Jerusalén, es una indicación de que los cristianos no debemos alegrarnos de la destrucción y la desgracia de los pueblos o de las personas, aun cuando esto sea consecuencia directa de sus actos o prácticas.  Una actitud de misericordia y perdón debe adornar todos nuestros pensamientos y discursos, sin que esto signifique apoyo a la impunidad.  No hay duda que dondequiera que haya destrucción, matanzas, torturas, los cristianos seguiremos llorando, y levantando nuestras voces para denunciar, anunciar y afirmar.  La comunidad de los discípulos es comunidad que denuncia el pecado, anuncia la esperanza y afirma la liberación frente a las atrocidades que amenazan la raza humana.

JESUS-VE-JERUSALEN

Lucas es claro, aquellos discípulos que saben el por qué Jesús nació y vivió, no pueden dejar de decir lo que han visto y oído (Hechos 4:20).

La invitación de Jesús a Jerusalén para que reconozca “el tiempo de su visitación”, es la misma para nosotros y nuestro pueblo hoy.  Si el desastre de Jerusalén, testificado por las piedras y escombros de la ciudad, fue provocado por no haber reconocido lo que le podría traer la paz, entonces, pidamos a Jesús que abra nuestros ojos para que podamos percatarnos de cada visitación que Dios hace a nuestra vida y a nuestro pueblo.  Muchas bendiciones.

Notas:

[1] Raymond E. Brown.  Introducción al Nuevo Testamento. Barcelona:  Editorial Trotta, 2002; pág. 344.

[2] Flavio Josefo. Las Guerras de los Judíos, Tomo II.  Barcelona: Libros CLIE, 1989; 199-213,

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