Me llamó a levantar la cosecha… ¿cómo respondo?

Cosecha 2

Por Samuel Caraballo-López

El texto del 3 de julio de 2016, séptimo domingo de Pentecostés lo encontramos en el Evangelio de Lucas 10: 1-12; 17-20.  Las fuentes de este pasaje las encontramos en el Documento Q y en recursos que solo Lucas tenía acceso, lo que significa que en el texto se presenta la teología e intereses del evangelista.  De hecho, yo concibo que estos textos son consejos que cada seguidor de Jesús, que se siente convocado por Este, debe contextualizar y tomarlos seriamente como paradigmas para la ejecución hoy de la misión redentora de Dios. En este escrito haré un esfuerzo por contextualizar las enseñanzas esenciales para la misión que emergen de este pasaje bíblico.

Después del rechazo recibido por los samaritanos (9: 53) y la clarificación sobre el llamado al discipulado cristiano (9: 57-62), Jesús continua su camino a Jerusalén.  Al igual que el envío (apesteilen) de los doce (9:1-6), Jesús designa (anedeizen) a setenta y dos (72) discípulos a continuar el ministerio de Juan el Bautista (3: 3-6), es decir a anunciar en todas las ciudades por donde había de pasar el Maestro, su llegada.  El número setenta y dos (72), tiene cierto simbolismo. Se puede referir a la evangelización de todas las naciones, haciendo referencia a las naciones de Génesis 10: 2-31, que según la Septuaginta (versión LXX) eran 72.   También podría referirse a los setenta y dos (72) ancianos de Israel, escogidos por Moisés para su colaboración, y que fueron llenos del Espíritu de YHVH y profetizaron (Números 11: 20-26).

Al igual que Juan, quien fue enviado “delante de tu presencia” (7: 27), estos seguidores de Jesús son enviados de dos en dos “delante de sí” (pro prosopou), a cada ciudad y lugar por donde Jesús iría en su camino a Jerusalén (verso 1).  El enviarlos de dos (2) en dos (2) fue el patrón misionero utilizado en el libro de los hechos por tres (3) razones: la ayuda mutua; garantizar la verdad de su testimonio (cf. Dt. 19,15); y ser una expresión viviente del evangelio de la paz (cf. V. 5-6).

Es una buena estrategia misionera y evangelística enviar, previo a cualquier actividad pública de la iglesia, un grupo que se adelante para anunciar e invitar a la comunidad al evento a celebrarse.

Lucas explica lo racional de esta misión: “La mies es mucha y los obreros para recogerla son pocos” (verso 2).  Esto es una figura retórica común en el evangelio que llamamos “chreia”.  Lucas acostumbra a utilizar el “chreia” o anécdota, que es una figura retórica que consiste en un breve relato de un hecho curioso o un dicho de un personaje célebre que se utiliza como ilustración.  En este caso los setenta y dos (72) son obreros contratados por el Dueño para levantar la cosecha.  Ahora no podemos pasar por alto la segunda parte del verso 2b:

“Rogad pues al Señor de la mies, para que envíe obreros a la mies”.

La idea generalizada en nuestras denominaciones y congregaciones de que el remedio para la necesidad de más obreros cristianos es una mejor propaganda, reclutamiento y sin duda una mejor remuneración, es falsa. El remedio que Jesús propones para la necesidad de más obreros es pedir a Dios que envíe los obreros que faltan. (Lucas 10: 2b).

Hay un cuidado que debe tener el liderato de la iglesia, ya que podría ser detrimental para el crecimiento de esta, y es no rechazar o discriminar a los “obreros” que Dios trae para levantar la cosecha. La iglesia no puede perder la conciencia de que el dueño de la cosecha es Dios. Ahora bien, la iglesia siempre tendrá la responsabilidad de colaborar con el Espíritu en el proceso de equipar y regular a los “obreros”, para la tarea del ministerio (Hechos 15: 28; Efesios 4: 11-12).

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El Señor de la cosecha, instruye sobre los peligros de esta asignación: “los envío como corderos en medio de lobos.” (10: 3). ¿Qué es un lobo en este contexto? Se refiere a personas sagaces, impíos, sangrientos, fácil de enojarse, viciosos al extremo, que rechazan lo que se les da u ofrece, pero roban lo que no se les da u ofrece. Jesús advierte a su audiencia, lo que ellos ya conocen–hay peligros inherentes a la misión.

Jesús, más que equipar a los discípulos para una “guerra santa” contra los infieles, Jesús los “de-equipa”:

NO lleven carteras

NO lleven mochilas ni maletas

NO lleven sandalias (ropa cara).

La ausencia de todo equipo estándar para viajar indica la total dependencia de los discípulos del que los envía.   La recomendación de NO saludar a nadie en el camino, no es un acto de descortesía, más bien, es una medida para ganar tiempo y priorizar la urgencia de la misión (verso 4).

Jesús da instrucciones con relación a la conducta de los discípulos cuando entren en una casa. En cualquier casa que entres, diga primero, ¡Paz sea sobre esta casa! (verso 5).  La declaración de paz, no es solo el adoptar el saludo judío, sino que este saludo caracteriza y cumple la promesa expresada en el Evangelio de la infancia de Jesús (Lucas 1: 79; 2: 14, 29), y anticipa el saludo del resucitado a sus discípulos (Lucas 24: 36), y que comunica una fuerte esperanza escatológica.

De hecho, este pasaje nos indica que Jesús anda buscando “hijos de paz”, cuya inclinación no es la belicosidad sino a buscar vías pacíficas para resolver sus diferencias y conflictos:

“vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros.” (verso 6).

Jesús da otras instrucciones importantes, “posad en aquella misma casa”—comiendo y bebiendo lo que ellos provean, y de acuerdo a sus posibilidades (verso 7).  En este aspecto Jesus afirma el contenido social de la hospitalidad.  El comer y beber lo que el anfitrión provea, es la etiqueta estándar para un invitado en el contexto de la hospitalidad.  De hecho, este acto de la mesa sella la aceptación del Evangelio por los miembros de la casa.

hospitalidad

Además, los seguidores de Jesús no solicitan dinero como pago por su mensaje como otros grupos de la cultura helenista (los cínicos, sofistas, epicúreos, estoicos etc.), su pago es la hospitalidad (comida y hospedaje) (versos 7 y 8).  El discípulo de Jesús no puede ser una “parásito at large”, aprovechándose de la gente.

Las palabras de Jesus a los setenta y dos, tiene implicaciones en las prioridades de la vida. Por un lado, las estrictas leyes de alimentos deben ponerse a un lado por causa del Evangelio.  En el lugar donde te hospedes, haz bien a los moradores…sana a los enfermos, colabora con ellos, y declárales que el reino de Dios se ha acercado a vosotros (10: 8-9).

Jesús prepara también a los setenta y dos (72) para tiempos y lugares en los que hay más rechazo que recepción.  Jesús rechaza la venganza que pretendían proferir Juan y Santiago contra los samaritanos (Lucas 9: 54), con un gesto profético particular: “sacudan el polvo de la ciudad que se nos pegó a los pies”, haciéndoles saber: “El reino de Dios se ha acercado” (verso 11).  En el verso 12 se menciona a Sodoma, cuya impiedad era proverbial, y que uno de sus principales pecados fue la falta de la hospitalidad.   Esta mención de la ciudad de Sodoma, sirve de transición para la segunda parte del capítulo (10:13-24).

En los versos 13-16, Lucas utiliza una “chreia apocrítica” sobre Corazín, Betsaida y Cafarnaum, debido a la actitud que habían manifestado al mensaje del Evangelio. El verso 16 requiere nuestro énfasis porque el sentido de la misión cristiana se encuentra en esta frase lapidaria: “escuchar la palabra anunciada por los discípulos es escuchar la palabra de Jesús; y escuchar la palabra de Jesús es escuchar la palabra de Dios.” (Brown, 2004).

En los versos 17-20, tenemos otra figura retórica que llamamos una “chreia elaborada” que no tiene paralelos en la tradición sinóptica, lo que nos indica que es parte de la teología de Lucas.   Esta unidad comienza con el regreso de los setenta y dos (72). Su expresión de gozo nos evoca la acción anticipada en la anunciación (1: 14; 2: 10). Es el comentario de los recién llegados que provoca todo este análisis:

“Señor, ni aún los demonios se nos sujetan en tu nombre” (verso 17).

Aunque en el mandato del capítulo 10: 1-2, no está explícito el expulsar demonios, la presencia del reino es confirmada por la expulsión de los demonios (Lucas 11: 20; Mateo 12: 28), y por la sanidad de los enfermos (Lucas 9: 1; 4: 40-44).

Jesús, en el verso 18, expresa una visión que anticipa un evento futuro, como lo es la caída de Satanás, el principal adversario de Dios y humanidad.  No hay duda que Lucas utiliza como referencia los textos apocalípticos del judaísmo y el cristianismo primitivo. Lo que los 72 celebran es cierto, el reino ha llegado y este se ha hecho presente en la predicación del Evangelio de Jesucristo.  El reino escatológico, que era una promesa futura (Apocalipsis 21:4), ahora se adelanta en Jesus, y la derrota de Satanás y sus “minions”, es una realidad.  Así que la misión de los 72 es una representación en menor escala de la gran batalla cósmica entre Dios y Satán.

En Lucas 10:19, “He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones y el poder del enemigo, y nada os dañará”.  A través de Cristo los discípulos tienen autoridad para manejar “escorpiones y serpientes”, símbolos bien conocidos de los poderes del mal (Deuteronomio 8: 15).   Según el Evangelio de Lucas, Satanás ha sido derrotado decisivamente a través de los eventos de la exaltación de Jesús.  Jesús en su ministerio terrenal debilitó los cimientos del imperio del diablo, en la cruz lo derrotó, en la resurrección anuló su poder y en la exaltación lo expulso de los lugares celestiales (10: 18).

El reino de Dios

Ahora bien, ¿qué realmente debe regocijar a los discípulos?  Jesús va a contestar en forma contundente: “Pero no os regocijéis por esto, de que los espíritus se os sometan, sino regocijaos de que vuestros nombres están inscritos en los cielos” (verso 20). La fuente del gozo no es simplemente que podamos reprender demonios o manifestar poderes extraordinarios, sino que, tanto a los 72 como para a los que recibieron el mensaje, Dios ha revelado que es a través de Cristo que somos registrados como ciudadanos del reino de los cielos, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios (Lucas 10: 21-22; Efesios 2: 8-10).

De hecho, el fin del mensaje del Evangelio es que más seres humanos reciban el regalo que Jesús nos ofrece…el ser parte de su reino.  ¡Muchas bendiciones!

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