Un poco más allá de la tradición

marta-y-maria

Por Samuel Caraballo-López

El texto de este domingo 17 de Julio de 2016, lo encontramos en el Evangelio de Lucas 10: 38-42. Este pasaje aparece en la sección de la subida de Jesús  a Jerusalén, en la que el Maestro ofrece instrucciones sobre el camino cristiano (Lucas 9: 51-19:27). Este relato nos ofrece una buena oportunidad para que las organizaciones cristianas puedan discernir sobre sus políticas denominacionales  de reclutamiento y manejo de su cuerpo ministerial, y como atemperarlas, mas que a los tiempos, a los principios del Evangelio del Reino de Dios.

Me llama la atención los versos 41-42. Jesús entró en un pueblo y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. El Evangelio de Juan (11:1ss; 12: 1-11), nos habla de una familia de Betania que tenía características similares a la que nos narra Lucas, que estaba compuesta por tres hermanos: Lázaro, Marta y María. Ahora bien, Lucas no menciona a Lázaro y mucho menos parece que el lugar sea Betania, lo que puede significar que este relato es producto de fuentes diferentes a Juan .  Parece ser que estas hermanas eran solteras y sus padres habían muerto, (aunque existe una tradición que los identifica como hijos de Simón el leproso–vea Mateo 26: 6ss  y Juan 12: 1ss), por lo tanto, esta familia no tradicional se organizaba para poder responder a los retos de su tiempo.

Marta, que parece ser la hermana mayor, y ante la ausencia de una figura masculina, era la que administraba la casa.  Marta era muy apegada a las prácticas culturales de su pueblo y época, muy especialmente en lo relacionado a la hospitalidad.  Para ella el cumplir las normas de su tradición religiosa era requisito para agradar a Dios. El hecho de haber recibido a Jesús en su casa, no habiendo una figura masculina, indicaba que era una fiel creyente en las enseñanzas del Maestro.

Por otro lado, Marta, tenía una hermana menor llamada María. La hermana menor también cumplía con las costumbres y leyes de la hospitalidad, pero de una forma no tradicional para su época.  La tradición judía establecía que las mujeres adultas estaban confinadas a la cocina y los quehaceres de la casa.  María, sin embargo, tenía sed de aprender y se sentó a los pies de Jesús para escucharle, postura común en los discípulos varones.   

Marta, al igual que la mayoría de los hombres, se molesta por la forma en que su hermana estaba actuando ya que no era lo “políticamente correcto”.   Para Marta, el lugar de  María era la cocina, colaborando con ella, y no sentada a los pies de Jesús como los discípulos. Marta, disgustada con la forma de conducirse de su hermana, acude al Maestro a buscar su apoyo.–“Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo?  Dile, pues, que me ayude.”  El Señor responde de una forma inesperada para ella– Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor de una sola–. Marta es sorprendida con esta respuesta inesperada.  Y Jesús le remacha: “María escogió la mejor parte y no se la quitarán.” Como dirían unos amigos míos: “!No hay diablo que le pueda quitar el ministerio a esta mujer!”

mujeres-cristianas

Este relato nos presenta una gran enseñanza para las muchas Martas y “Martos” de nuestro tiempo.  El sexo de una persona no determina la aptitud para aprender, y, mucho menos la competencia para ejercer el ministerio cristiano.  El discipulado cristiano no es cuestión de género, sino de la gracia de Dios, que se encuentra con un “corazón” dispuesto para obedecerlo. Lo que le da valor al servicio cristiano, más que la actividad en si misma, es la actitud del corazón para ocuparse del necesitado.

Escogemos la mejor parte cuando nos disponemos obedecer a Jesús, sin poner como excusa factores vinculados a nuestras limitaciones físicas, personales, sociales, culturales o económicas.  Dios en Cristo tiene un lugar o un espacio para cada discípulo, que con un corazón generoso, desea honrar al Señor con su vida.  

La iglesia no puede cerrar los espacios que Jesús abrió!  Muchas bendiciones.

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