Ayayay, mi iglesia se implosiona… ¿qué hago?

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Por Samuel Caraballo-López

Según Ken Blanchard (2006), uno de los principales consultores en gerencia organizacional a nivel mundial, hay tres (3) actividades imprescindibles en toda empresa o institución que fomenta la excelencia en la ejecución laboral de sus empleados: (a) primero, planificar el desempeño deseado; (b) segundo, llevar a cabo capacitación continua para lograr dicho desempeño, y (c) tercero, evaluar  el desempeño.

La pregunta es, ¿Cuál de estas tres actividades (si alguna) es la más que se realiza en las organizaciones seculares y religiosas?  Desafortunadamente, es la evaluación del desempeño. De hecho, eso es lo que se espera de la alta gerencia, que evalúen, juzguen y califiquen a su gente.  Esta práctica, que excluye las otras, y genera diversas reacciones, podría terminar  en formas injustas de minusvalorar o sobrevalorar la ejecución del empleado, trayendo efectos adversos sobre la organización, su clima institucional y por ende a la moral de los componentes.

Según, Blanchard (2006), muy pocas organizaciones realizan un buen trabajo de planificación de la ejecución esperada de sus recursos humanos, y mucho menos realizan actividades continúas de capacitación que respondan a las metas propuestas. Por capación del personal nos referimos al conjunto de acciones dirigidas a preparar a una persona para ejecutar y desarrollar satisfactoriamente una tarea específica dentro de la organización. El propósito de la capacitación es mejorar el rendimiento presente o futuro del trabajador, dotándoles de mayores conocimientos, destrezas y mejores actitudes que le permitan un desempeño de excelencia en el rol asignado.

Esencialmente, el propósito de la capacitación continua es influenciar su comportamiento de forma tal que aumente la productividad de los individuos en las labores que ejecutan.  La falta de capacitación continua es el talón de Aquiles de las organizaciones tanto seculares como religiosas. En las organizaciones religiosas se da por sentado que el adiestramiento recibido por sus líderes en las Escuelas Teológicas, es suficiente para realizar efectivamente las tareas asignadas en sus contratos, y en sus contextos particulares.

Para Blanchard (2006), en aquellas organizaciones que tienen planes, y descuidan la capacitación continua, se debe principalmente a una falta de supervision y seguimiento de dichos planes estratégicos. Estos planes tienden a permanecer “dormidos” todo el año y se reactivan  al final del año,  porque la Alta Gerencia tiene que evaluar los empleados, y dar cuenta ante los cuerpos rectores.

Cuando las líderes eclesiásticos dejan de cumplir su deber ministerial de comunicar su visión e implementarla por medio de una capacitación continua, la energía de la organización se aleja de los constituyentes y se concentra en la jerarquía. En este ambiente las jerarquías piensan que las “ovejas” están allí para servir a la organización, lo que es contrario a las enseñanzas de Jesús (Mateo 20: 26).

Cuando la energía se concentra solo en la jerarquía, y la visión no se distribuye entre los constituyentes, el “agradar” al Jefe llega a ser la meta de los empleados que constituyen la organización, porque son las jerarquías de forma unilateral las que evalúan, hacen cambios, producen ascensos y determinan la calificación al desempeño.  Esta situación deteriora de una forma notable el funcionamiento de la organización, que ahora se sostiene en “lambonerías” y “favores” que los empleados y la jerarquía intercambian entre sí.  Este fenómeno crea todo un ambiente adversarial dentro de la institución que la va gradualmente implosionando.  Digo implosionando, porque cuando la carga de cohesión interior de una organización es menor a la fuerza generada por la presión exterior, esta lógicamente empuja y revientan la estructura, pero hacia adentro.

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La implosión tiende a suceder cuando en una organización secular o eclesiástica no mantiene un equilibrio entre su planificación, las actividades de capacitación y la evaluación del desempeño, generando una debilidad en la comunicación y confianza interna que impide la cohesión que le hubiera dado la estabilidad necesaria, y por supuesto la energía y fortaleza para mantenerse firmes. Mientras no se invierta la pirámide de una organización eclesiástica careceremos de la flexibilidad para realizar efectivamente la misión y convertirnos en una organización que “atravesando el valle de lágrimas, lo cambien en fuente”, una organización que va “de poder en poder” (Salmo 84: 6-7).

¿Cómo evitar la implosión y llegar a ser una organización que “vaya de poder en poder”?  La clave está en comunicar la visión y tomar acciones afirmativas para implementarla.  El líder principal o las jerarquías que, en las instituciones piramidales está en la punta superior, tiene que convertirse en servidores de la visión que ellos mismos crean e inician (Blanchard, 2006).  Esto solo se puede hacer implementando un programa de capacitación continua de la visión en todos los componentes de la organización.

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Es decir, la jerarquía tiene que convertirse en implementadores de la visión, sirviendo a la gente a quien ellos le han pedido que actúen de acuerdo a la misma.  Esto se llama invertir la pirámide para que la base de ésta, y especialmente los seguidores de vanguardia (que en el caso de las organizaciones eclesiásticas son los pastores), que son los más cercano a la gente, abracen la visión como suya.  Este invertir la pirámide es lo que hace que la energía pase a la base de la pirámide y de ahí se distribuya en todas las direcciones de la organización, haciéndola fuerte y a prueba de implosión.

Ahora la jerarquía sirve y es sensible a las necesidades de la gente que ellos quieren hacer seguidores de la visión, capacitándolos, motivándolos, acompañándolos y apoyándoles, para que puedan cumplir y alcanzar las metas establecidas, y vivir de acuerdo con la visión propuesta.  Este, mis amigos, es el modelo de Jesús de Nazaret. Solo cuando lo ponemos en práctica nuestras iglesias serán fuertes y cumplirán fielmente la misión redentora de Dios en el mundo.  Muchas bendiciones.

 

Referencias

Blanchard, Ken y  Phi Hodges.  Un líder como Jesús. Traducido por Eugenio Orellana.                        Nashville, Tennesee: Grupo Nelson, 2006.

3 Replies to “Ayayay, mi iglesia se implosiona… ¿qué hago?”

  1. Querido Samuel. Gracias por esta reflexión que debe llevarnos a una reflexión profunda y seria sobre nuestras instituciones eclesiales, porque la realidad es que la mayoría de congregaciones se hallan a ese nivel. Es tiempo de sentarnos y reflexionar y actuar sobre nuestro momento histórico que vivimos. Ojalá que much@s puedan leer tu articulo y ponerlo en práctica. SHALOM.

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