Más “afuera” que “adentro” …Así es Dios

Por Samuel Caraballo-López

“Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres;” (Lucas 18: 11)

INTRODUCCIÓN

El texto para el 27 de octubre de 2019, vigésimo domingo después de Pentecostés, se encuentra en Lucas 18: 9-14. Este es uno de esos pasajes que nos confronta con los paradigmas heredados de nuestra piedad religiosa. De hecho, esta parábola de Jesús cobra mayor vigencia en este momento histórico a la luz de tantos acontecimientos ocurridos en nuestra región caribeña durante la temporada de huracanes.

Este segmento narrativo (18: 9-14) forma parte de la tercer sub-unidad de la subida de Jesús a Jerusalén, que comienza en Lucas 9: 51 y se extiende hasta Lucas 19: 27.  En esta unidad amplia encontramos la esencia misma del evangelio del reino de Dios predicado por Jesús. 

El segmento bajo nuestra consideración incluye una conexión específica con el anterior (18: 1-8) en cuanto al motivo de la oración y la actitud que asumen los protagonistas vinculadas a la entrada al reino de Dios. De hecho, la oración es metonímica para las actitudes y prácticas de una persona.  La metonimia es un tropo literario que consiste en la sustitución de un término por otro, basándose en una relación de contigüidad. (Por ejemplo, decir “perdió la cabeza”, para referirse a perder el juicio). Jesús usa la oración para hablar sobre el tema del tipo de persona, de carácter o compromiso y actitud que “abre” la entrada del reino de Dios.  

En esta parábola de hoy Jesús va a trabajar con la división que existe entre aquellos que tienen una fe genuina y otros, que poseídos y preocupados por su propio honor y estatus miran con desprecio a los marginados de la sociedad.  En esta perícopa se censura como un impedimento para participar en el reino de Dios, a aquellos que pretenden “posicionarse” a sí mismo y ponen barreras entre el necesitado y el Dios misericordioso que se manifiesta en el ministerio de Jesús.

Esta parábola presenta una serie de contrastes que confronta principalmente a la audiencia de Lucas, y por consiguiente a nosotros lectores del siglo XXI, y nos invita a  asumir opciones claras con relación a la naturaleza de la misión de Jesús y su propósito principal que es la salvación que Dios ofrece al ser humano. 

El pasaje bíblico de hoy requiere mucho cuidado al tratarlo, porque podemos terminar predicando, de forma inconsciente, lo mismo que la parábola critica:

<<Oh Dios, te damos gracias porque no somos como otras congregaciones e individuos que son fanáticos religiosos y legalistas, que se creen muy santurrones, y se pasan juzgando a otros.  Gracias porque somos una comunidad que vive bajo la gracia, con grandes programas de servicios para todo público, y hemos aprendido siempre a ser “humildes” y solidarios. Amen>>.

Para entender esta parábola tenemos que dar por cierto que todo lo que dijo el fariseo sobre sí mismo era correcto.  Esta secta religiosa se había apartado de otros sectores y observaban fielmente la Ley de Dios.  Ellos eran según los estándares del libro de Lucas, “los justos”, y por lo tanto, no tenían razones para arrepentirse (Lucas 15: 7).

Ahora bien, si esto era así, ¿Cuál era, entonces, el problema?  La contestación la encontramos en la naturaleza y contenido de su oración:

“Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres” … (verso 11)

He ahí el problema medular de su oración; el fariseo había perdido el verdadero significado de los conceptos bendición y gratitud. Más que agradecer a Dios por las bendiciones recibidas, su oración consistía en exaltar sus méritos. El fariseo partía de la premisa de que la bendición recibida era resultados de sus méritos acumulados, por lo tanto, el agradecimiento, más que para Dios, era para sí mismo por ser tan fiel.

fariseo-y-publicano5

A mí me sorprende la frecuencia con que escuchamos en nuestras congregaciones testimonios como el siguiente:

“Damos gracias porque en nuestro país hay una iglesia fiel que clamó, y Dios desvió el Huracán Dorian para que no nos azotara como lo hizo con  otras islas del Caribe”.

Sin percatarnos, estamos diciendo que somos merecedores del “cuidado divino”, y que los otros pueblos son merecedores del “castigo divino”.  Dicho en español, “esos países que fueron azotados se merecen el castigo, de la misma forma que nosotros nos merecemos el cuidado recibido”. Lamentablemente, localizamos nuestra justicia en lo que creemos que somos y hacemos, y no en la misericordia y gracia de Dios.

Por otro lado, el publicano de la parábola, conoce que no tiene los medios por los cuales reclamar justificación alguna.  Él no ha hecho nada meritorio, al contrario, ha hecho mucho para ofender a Dios y su Ley:

Pero el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar lo ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios se propicio a mí, pecador”. (verso 13)

He aquí el contraste esencial.  Uno hace el reclamo de su justicia basado en sus esfuerzos y logros propios.  El otro se somete a la misericordia de Dios.  El primero en lugar de ser agradecido por su bendición, asume que es merecedor de esta y desprecia al otro porque su vida lo descalifica para recibir la bendición de Dios.  En la mente del fariseo hay dos clases de personas: el justo y el inmoral, y él es agradecido porque se coloca a si mismo entre los justos.  El publicano, que ha escuchado tantas veces este discurso, está desesperado y sabe que no puede reclamar nada, sino que se encomienda a la benevolencia divina.

Según el relato, todo esto ocurre en el templo, lo que nos indica que en todo lugar en que la gente se congrega hay dos clases de participantes: los de “adentro” y los de “afuera”.  Esas divisiones productos de nuestro limitado “orden ontológico”, en la que se considera los supuestos logros personales o colectivos como motivo de distinción y división, tienen que superarse con una actitud de agradecimiento, misericordia y solidaridad.

Es importante destacar que, para Lucas, esa pared que dividía los de “adentro” de los de “afuera” fue rota al momento de Jesús morir (Lucas 23: 45).  El velo azul que separaba el lugar santo del lugar santísimo (Éxodo 26: 31-33) se rasgó por el medio, eliminando nuestras divisiones, y reconociendo que solo la gracia nos puede justificar delante de Dios.  La justificación es perdón de los pecados (cf. Ro 3:23-25; Hechos 13:39 y Lucas18:14), liberación del dominio del pecado y la muerte (Ro 5:12-21) y de la maldición de la ley ( 3:10-14) y aceptación de la comunión con Dios (Romanos 5: 1).

Es por esto que esta parábola es difícil de predicar. Tan pronto como dividamos a la gente entre buenos y malos nos alineamos con el fariseo.  Cada vez que tracemos una línea entre los que están “adentro” y los que dejamos “afuera”, o establezcamos diferencias de mérito entre nuestras congregaciones nos corremos el riesgo de que Dios se encuentre entre los que hemos declarado “afuera” (Lucas 18: 14).  Esta parábola, más que tratar de un fariseo piadoso que se auto justifica, trata sobre Dios: quien es el único que puede juzgar el corazón humano, e inclusive, es quién justifica al pecador que se humilla.

Al final del relato el fariseo dejará el templo y regresará a su casa de la misma manera que entró.   Nada ha cambiado para él, se sentía “justo” cuando llegó y se sentía “justo” cuando salió.  Sin embargo, solo el publicano tuvo ganancia, entró pecador al templo, y su solicitud de misericordia es escuchada, y la puerta del reino se abre para él, por medio de la justificación.  ¡Así es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo!

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