Rebelarse de la rebeldía…Eso es creer

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Por Samuel Caraballo-López

El texto de este domingo 20 de noviembre de 2016, último domingo del calendario litúrgico y dedicado al Reinado Universal de Jesucristo, lo encontramos en el Evangelio de Lucas 23: 33-43.  Este relato nos hace recordar la semana santa, que todavía no llega.  Sin embargo, lo importante de esta escena es el concepto de “rey” que brota de la misma.

El relato nos dice que el crucificado tenía sobre su cabeza un letrero que leia: “Este es el Rey de los Judíos”.  Del relato derivamos que el letrero era una forma de humillación y vejación a los judíos por parte de Roma.  De hecho, junto con Jesús, y para dramatizar la intención de la crucifixión por parte del imperio, había dos “malhechores”, uno a su derecha y otro a su izquierda, simbolizando la derrota de todas las fuerzas opositoras.  Los dos malhechores eran insurrectos, que rechazaban la imposición del imperio sobre su pueblo, el del medio también “insurrecto”, resistía todo poder esclavizante de la raza humana y la naturaleza, sea pecado, injusticia, violencia o destrucción.

Dentro de ese cuadro de dominio, estaban los secuaces del imperio, los magistrados y los soldados, agentes del poder opresor de Roma. Aquel espectáculo solo tenía una pretensión, intimidar y demostrar al pueblo que observaba, que todo acto de resistencia y desafío al imperio era infructuoso, y que el fin de aquellos que osaban retarlo siempre sería el mismo, la derrota y la muerte.

En medio de aquel cuadro insultante y de total impotencia, la gracia de Dios se hace presente.  Uno de los “insurrectos”, descubre que el hombre de la cruz del medio, era distinto a ellos.  Ellos luchaban por la libertad de su nación con las armas y clandestinamente.  El imperio los arrestó y los condenó a la pena capital por sus actos.  Sin embargo, junto a ellos, y tratando de incluirlo en ese grupo de insurrectos, estaba Uno que no pertenecía a su grupo.  Era cierto que luchaba por la liberación de todos, y no avalaba el poder usurpador e idolátrico del imperio, pero no era como ellos, ni caminaba con ellos.

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Es posible que estos dos “insurrectos” pertenecieran al grupo de Barrabás.  Su principal delito no era al robo, aunque no se descarta que hubiesen cometido dichos actos como parte de su lucha. De hecho, la pena de muerte por medio de la crucifixión usualmente era reservada para aquellos reos a los que se deseaba infringir un castigo ejemplar, que afirmara la hegemonía política de Roma, y fuera un disuasivo para el pueblo.  Solo los hallados culpables de delitos despreciables, insurrección, desobediencia y traición al imperio, eran ajusticiados de esta manera tan atroz.

Su compañero se había unido al coro del imperio, burlándose e injuriando a Aquel hombre, pero él nunca lo había visto en las luchas armadas contra el imperio.  Él nunca lo había visto asesinar soldados romanos, robar y provocar daños en la infraestructura del país.  Todo lo contrario, lo había visto alejarse de los grupos mesiánicos que creían en el derrocamiento armado de los invasores.  La labor de ese hombre había sido hacer el bien, sin avalar los desastres del imperio y sus secuaces.  La intención del imperio contra Jesús era ilegítima, y su compañero, se había convertido en cómplice del imperio con sus comentarios:

“¿Ni siquiera temes tu a Dios a pesar de estar bajo la misma condena? Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero éste nada malo ha hecho.” (Lucas 23: 40-41).

Esta declaración es clave para entender el pasaje que solo Lucas registra.  El imperio descarga toda su ira contra Jesús porque éste representaba su contraparte.  Aun cuando Jesús no había utilizado la espada para enfrentarse a Roma, sus postulados atentaban contra la misma concepción de esta. Jesús había retado los fundamentos del imperio y su mensaje era claramente un reclamo a un nuevo orden alternativo a las formas de vida presentes en su mundo.  La soberanía del mundo le pertenecía al Creador de todas las cosas, y no a Roma.

Roma se concebía a sí misma como el agente soberano de los dioses para regir el mundo.  Júpiter, su dios principal, había dirigido la campaña de expansionismo romano y sus victorias respondían a sus designios. De hecho, Roma, por medio de su verdadero rector Satán, había intentado extorsionar a Jesús en el desierto, ofreciéndole el imperio y todo su poder, si se rendía ante él (Lucas 4: 1-11). Dado, que dicho intento había fracasado, no tenían otra salida que eliminarlo.

El “malhechor” se percata, que Roma no llevó a Jesús a la cruz por actos militares de subversión como a él y a su compañero, por lo tanto, el imperio tenía otros motivos.  El dolor y el sufrimiento abren el entendimiento del malhechor, y su “orden ontológico” se expande.   Este que está en el medio, y que ocupa el lugar que le correspondía a Barrabás, representa los más altos ideales, que nosotros con las armas, y en contradicción a estos, hemos defendido.  Ciertamente el poder que esta “tras” el imperio lo identificó bien; Él era el Ungido de Dios, y ahora pretendían ridiculizarlo, porque su autoridad, y el bienestar que manifestó hacia los necesitados del pueblo, sin armas y sin los recursos que tenía el imperio, demostraban que el sí era el Agente del Dios Soberano.

El malhechor entiende que era el momento para “rebelarse de la rebeldía”, este era ciertamente el Mesías de Dios, y que algún propósito, tenía Dios al permitir su muerte de esa manera tan ignominiosa:

Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino (Lucas 23: 42).

Cuando soy capaz de rebelarme contra las fuerzas que por tanto tiempo me han programado, y procedo a dar un paso más allá, es que me percato que lo que tanto busqué, está a mi lado.  Las palabras de Jesús a este “rebelde de la rebeldía”, son las mismas que el emite sobre todos aquellos que reconocen su reinado en el dolor de la cruz.

En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23: 43).

Estas palabras de esperanza son para ti y para mí que nos hemos acercado por la fe al Calvario, y hemos reconocido que solo en el Rey que murió en la cruz, y resucitó al tercer día, hay “palabras de vida”.   Muchas bendiciones.

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