¿Invencibles?—cuando hablemos a una sola voz

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Por Samuel Caraballo-López

Padre celestial, dentro de poco ya no estaré en el mundo, pues voy a donde tú estás. Pero mis seguidores van a permanecer en este mundo.  Por eso te pido que los cuides, y que uses el poder que me diste para que se mantengan unidos, como tú y yo lo estamos (Juan 17: 11, TLA).

Este domingo 28 de mayo de 2017, es la antesala de Pentecostés, y el texto que sirve de base a esta reflexión lo encontramos en el Evangelio según Juan 17: 1-11.  Este discurso pertenece a la segunda parte del evangelio, llamado El Libro de la Gloria, que se extiende desde el capítulo 13:1 hasta el capítulo 20: 31.

De hecho, el texto de hoy forma parte del último discurso de Jesús antes de ser arrestado.  Las expresiones de Jesús en este discurso, más que una plegaria, es una construcción teológica comparable al Sermón de la Montaña de Mateo (caps. 5-7).  Este discurso se parece a un testamento o un discurso de despedida, en que un Padre exhorta a sus hijos ante su inminente partida. En este discurso Jesús manifiesta tristeza, rememora su vida, obra y enseñanzas pasadas (17: 4-8), ademas de afirmar  la esencia misma de la unidad cristiana (17: 11).

En la iglesia en que crecí se cantaba un pegajoso coro que realmente representaba la visión  correcta de lo que es la unidad en el Espíritu:

No me importa la iglesia que vayas

Si detrás del Calvario tú estás,

Si tu corazón es como el mío,

Dame la mano y mi hermano serás.

Coro

Dame la mano, dame la mano, dame la mano

Y mi hermano serás (se repite)

La unidad no es cuestión de uniformidad, y mucho menos de coincidencia en todos los asuntos. De hecho, desde los orígenes de la Iglesia, el asunto de la unidad  se ha estado discutiendo acaloradamente.  Cuando miramos las primeras cartas del apóstol Pablo, e inclusive los Evangelios, nos percatamos de inmediato que el asunto de la unidad cristiana siempre estuvo presente en la agenda de los hagiógrafos. Esto claramente indica que la diversidad sin integración fue un elemento común y distintivo de las primeras comunidades cristianas.

La Carta a los Efesios, es uno de los escritos del canon del Nuevo Testamento que recoge ese anhelo de unidad con mayor vehemencia:

Hagan todo lo posible por vivir en paz, para que no pierdan la unidad que el Espíritu les dio. (Efesios 4: 3).

El escritor de los Efesios introduce el concepto “unidad en el Espíritu” para referirse a la relación que debe existir entre los creyentes en Cristo.  De hecho, la naturaleza misma de la fe cristiana justifica  el llamado a la unidad:

Solo hay una iglesia, solo hay un Espíritu, y Dios los llamó a una sola esperanza de salvación.  Solo hay un Señor, una fe y un bautismo.  Solo hay un Dios, que es el Padre de todos, gobierna sobre todos, actúa por medio de todos, y está sobre todos. (Efesios 4: 4-6).Canon.jpg

Los Concilios Ecuménicos de la iglesia en los primeros siglos de la era cristiana, desde el de Jerusalén (51 d.C) hasta Constantinopla III (681 d. C),  se realizaron con el propósito de consolidar la iglesia frente a “amenazas” internas y externas.  La respuesta a estas amenazas divisorias fue el articular credos y doctrinas, y ante todo el canon de las Escrituras Cristianas en el siglo IV, para que sirviera de factor unificador a los creyentes. Por supuesto, este esfuerzo redujo significativamente la diversidad sin integración en las congregaciones primitivas.

En la actualidad las fuerzas disidentes continuan presente en la Iglesia, inclusive desafiando la ortodoxia cristiana, y lo que no fue fácil para los primeros creyentes tampoco lo es para nosotros hoy. De hecho,  en la actualidad se habla mucho de la unidad en la diversidad.   Aunque la Iglesia ha utilizado trilladamente el lema  “en lo esencial unidad, en lo no esencial libertad”, lo difícil ha sido conseguir  consenso para definir lo que es esencial y no esencial en la fe cristiana.

Uno de los grandes errores de algunas denominaciones cristianas ha sido tratar de forzar una “unidad” artificial, que realmente parece ser un intento de domesticar al Espíritu Santo,  y homogeneizar la diversidad, en lugar de tener apertura a la voz de Dios. La unidad de la iglesia no puede definirse como uniformidad, sino desde la doble naturaleza implícita en dicho concepto.  Cuando hablamos de la unidad cristiana se asume que hay principios y creencias que compartimos,  y simultánemente cualidades y visiones que nos distinguen.  Solo podremos caminar juntos como Iglesia de Cristo hacia propósitos y proyectos transformadores en nuestro pueblo, cuando aceptemos con humildad y respeto la doble naturaleza del concepto de unidad.

En el capítulo 17 de Juan, se presenta, lo que considero es el elemento básico y esencial para la unidad de la  Iglesia; una fe común y personal en Jesucristo, que inserta en nuestras vidas, por medio de una relación con el “Parákletos”, el amor y poder de Dios (versos 20-21).

La unidad que el Evangelio plantea, según Juan, es aquella que es producto de una confluencia cristológica. Conocer a Jesús es el principio y cimiento de la fe cristiana. Conocer a Jesús produce una nueva vida nacida “de lo alto” (Juan 3:3). Este punto es medular para entender la unidad en el Espíritu.

confluencia de ríos

Al establecer por la fe una relación con Jesús, no solo encontramos el amor y poder de Dios, sino que encontramos a otros creyentes, diferentes a mí, que también han llegado a Jesús, atraídos por la misma gracia de Dios (verso 6). Al encontrarnos en Jesús nos hacemos uno con El y en El,  no ocultando las diferencias, pero que ahora pasan a un segundo plano. Esta unidad es un requisito “sine qua non” para ser testigos eficaces de Jesús en el mundo (Juan 17: 18).

La comunidad  cristiana vive unida en la fe de Jesucristo, y es el Espíritu Santo el que nos amarra en su amor, como signo elocuente para el mundo (Jn 17,6-26). Es en esa relación con Jesús y su Espíritu que se da la unidad anhelada.  Es esa unidad que nos da la credibilidad para ir al mundo en el nombre de Jesús (Jn 17,17-19).  En el envío, el discípulo recibe la autoridad para proclamar el Evangelio, y en la “investidura” del Espíritu se recibe el poder de lo alto para expulsar a los poderes del mal que oprimen la humanidad, y remover los obstáculos que impiden su plena realización en Cristo (Juan 20: 21-23; Marcos 3: 13-15, RVR).

Cuando la misión se realiza bajo las anteriores condiciones, y solo así, ésta se convierte en una prolongación de la misión de Jesús.  ¡Muchas bendiciones y preparémonos para Pentecostés!

4 Replies to “¿Invencibles?—cuando hablemos a una sola voz”

  1. Se me fue el comentario a Publicar sin haber terminado…
    Decía que personalmente considero que Dios tiene diferentes denominaciones, pastores y congregaciones porque no todos somos iguales. Es decir, tenemos diversos grados de disposición y sensibilidad, autodominio o necesidades afectivas, distintas historias y expectativas, diferentes habilidades y capacidades. PERO por todos murió Cristo y todos los que vienen a Él necesitan ser discipulados, apoyados y retados a crecer, integrarse y hacerse útil en la obra. Por tanto, Dios en Su infinita sabiduría prepara ministros e iglesias adonde guiar a cada cual conforme a su necesidad real. Por eso, allí donde Dios los pone tienen que perseverar y florecer hasta que el Pastor de pastores les indique moverse, si es que eso ocurriese. No todos serán teólogos ni tampoco capellanes y mucho menos cociner@s de las escuelas bíblicas de verano… Cuando entendamos que la variedad dentro del grupo al igual que la variedad de grupos responden al plan divino dejaremos de ser “casa grande y rancho aparte”. ENTONCES tendremos credibilidad e influencia otra vez en asuntos que competen el orden social y la independencia religiosa. Que así sea…

  2. Me encanta esta reflexión continua sobre el tema de la unidad de la Iglesia, pues todos los creyentes necesitamos reconocer y comprender nuestro rol personal y ministerial para construirla y mantenerla. Personalmente sostengo que Dios tiene diversidad de denominaciones,

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