La misión de Dios: Un llamado a mirar hacia afuera

Por Samuel Caraballo López

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“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.  Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. “ (Mateo 28:18-20).

INTRODUCCIÓN

Este domingo me gustaría compartir contigo algunas reflexiones sobre el significado de ese mandato divino, que Jesús, luego de haber resucitado, y antes de ascender a los cielos, comunicó en Galilea a sus discípulos y que aparece en Mateo 28: 16-20.  Entender estas palabras de Jesús puede hacer la diferencia en la vida de un creyente y la comunidad de fe en la que participa. La autoridad de Jesús es la base para la comisión dada a sus discípulos:

Toda autoridad me es dada en el cielo y en la tierra.  Por tanto, vayan y hagan discípulos en todas las naciones”. (verso 19)

Ahora bien, esta autoridad que se sostiene en el evento sin precedente de la resurrección del crucificado, garantiza el éxito de la empresa delegada.

DESARROLLO

Analicemos por parte este mandato y sus implicaciones para nosotros hoy.  Primeramente, se nos llama a Ir: “Id pues, discipulad a todas las gentes,”. Esta Gran Comisión tiene la particularidad que puede ser  informal–“mientras caminamos”, “mientras laboramos”, “mientras nos divertimos”,  o puede ser también formal–“organicen programas para ir, “establezcan estrategias para alcanzar”.  Lo importante es reconocer que la Gran Comisión de Jesús consiste en ir, seguida de  hacer discípulos.

En segundo lugar, esta invitación a ir y hacer discípulos tiene que entenderse en el contexto de las palabras finales de este discurso: “He aquí Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos” (verso 20).  El Resucitado, por medio del “Parakletos” es quien realmente realiza la misión de Dios en el mundo, contando con nuestra colaboración hasta culminar la historia.  A mi me parece que esto es lo más ignorado, consciente o inconscientemente por la iglesia hoy.  El “Parakleto” tiene la responsabilidad primaria de realizar la misión de Dios en todo el mundo existente.  Es el “Espíritu Santo” el que dirige la misión transformadora de Dios en el mundo, nosotros somos solo sus colaboradores.

En tercer lugar, el hacer discípulos no puede ser confundido con la confesión pública de fe en Jesús como Dios o Señor.  El hacer discípulos es que, además de la confesión pública, se establezca una relación literal y real con el Resucitado, y esto solo lo puede hacer el Espíritu Santo.  Es decir que, entre el discípulo y su Maestro, no solo exista un creer en sus enseñanzas, sino una relación vinculante y en tiempo real (Marcos 2: 14-15).  Cuando hablamos de relación vinculante nos referimos a que la vida del discípulo dependa principalmente de la voluntad que el “Parakleto” nos enseña y nos recuerda del Padre y de Jesús (Juan 14: 26). 

Cuarto, la Gran Comisión tiene una amplitud mundial e inclusiva (Mateo 28:19).  Mi relación con Jesús por medio del Espíritu Santo me lleva a la solidaridad con los seres humanos de diversas visiones, etnias y culturas, no importa donde sea su localización geográfica.    La solidaridad cristiana implica afecto, respeto, identificación y tensión.  Es la fidelidad hacia el amigo o del desconocido, la comprensión del maltratado, el apoyo al perseguido, la valoración e inclusión al discapacitado, el estar presente en el dolor y la alegría, el respaldo a causas que pueden ser impopulares o perdidas, todo eso puede no constituir propiamente un deber de justicia, pero si es un deber de solidaridad (Mateo 25: 34-40). El discípulo de Jesús mantiene una solidaridad con la humanidad en tensión con los poderes y prácticas de este mundo.

El gran pastor anglicano y teólogo cristiano británico, John Wesley (1703-1791), expresó la siguiente frase, “El mundo es mi parroquia”. Esta frase establece la postura del discípulo de Jesús, que es ser solidario con el mundo.  Es decir, él acompaña en forma misericordiosa al mundo en todo lugar donde existan seres vivos, y, por lo tanto, su compromiso no se limita a un país, una cultura, un sistema o un grupo étnico particular.  Nuestro compromiso es el mismo que tiene el Padre, Jesús y el Espíritu con su Creación.

CONCLUSION

Finalmente, y frente a este mensaje de Jesús (Mateo 28: 16-20), nos debemos preguntar con sinceridad lo siguiente:

¿Qué papel juega el Espíritu Santo en mi vida misionera? ¿Qué países, sectores o grupos hemos excluido de nuestra misión, liturgia y enseñanza? ¿Cuáles labores de solidaridad comunitaria ocupa la mayoría de nuestro tiempo? ¿Qué proyectos de acompañamiento comunitario son parte de nuestros planes estratégicos? ¿Qué necesidades nacionales estamos atendiendo en nuestra cargada agenda eclesiástica? ¿Cuántas alianzas estratégicas tenemos con otras comunidades de fe para predicar el evangelio o enfrentar los problemas medulares que aquejan a nuestro país? ¿Cuál es nuestro compromiso con las misiones internacionales?

La respuesta a estas preguntas nos dará una idea de nuestra colaboración con lo que llamamos la Gran Comisión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  ¡Muchas Bendiciones!

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