¿Cómo me ¨preparo¨ para la incertidumbre?

incertidumbre

Por Samuel Caraballo-López

El texto bíblico del 5 de Julio de 2020, quinto domingo después de Pentecostés y centésimo décimo segundo (112) día de cuarentena por la pandemia del COVID-19, lo encontramos en el libro de los Salmos 145: 8-18 en el Antiguo Testamento y el Evangelio de Mateo 11: 16-19; 25-30 en el Nuevo Testamento.   

Cuando leo estos pasajes pienso en la importancia de la preparación integral para los momentos difíciles.  ¿Estamos preparados para una gran sequía? ¿Para una hambruna mundial?  ¿Para un terremoto? ¿Para una crisis nacional? ¿Para una desgracia familiar? ¿Para una pandemia de origen desconocido? Estas y otras preguntas tenemos que atrevernos a contestar como seguidores de Jesucristo con sinceridad, y de manera clara y muy personal.

Te invito a leer pausadamente estos fragmentos del Salmo 145:

Dios mío,
tú eres tierno y bondadoso;
no te enojas fácilmente,
y es muy grande tu amor.
Eres bueno con tu creación,
y te compadeces de ella.

¡Que te alabe tu creación!
¡Que te bendiga tu pueblo fiel!
Que hablen de tu glorioso reino
y reconozcan tu belleza y tu poder!
¡Que anuncien tus grandes hechos
para que todo el mundo los conozca!
Tu reino siempre permanecerá,
pues siempre cumples tus promesas
y todo lo haces con amor.
 Dios mío,
tú levantas a los caídos
y das fuerza a los cansados.
Los ojos de todos están fijos en ti;
esperando que los alimentes.
 De buena gana abres la mano,
y das de comer en abundancia
a todos los seres vivos.

 Dios mío,
tú siempre cumples tus promesas
y todo lo haces con amor.
 Siempre estás cerca
de los que te llaman con sinceridad.

(Salmo 145: 8-18, TLA)

El salmo 145 es el último salmo de David y el primer salmo de la serie de alabanza (145-150).  Este salmo es considerado por los rabinos como el “salmo de los salmos”, por su importancia para la preparación espiritual. De hecho para los sabios de Israel, es en los salmos donde encontramos la revelación sobre la naturaleza y el carácter de Dios; es decir es allí donde encontramos todo lo que necesitamos saber sobre nuestro Creador.  Inclusive, dicen la mayoría de los rabinos, que si tuviésemos que escoger un salmo entre todos, ese debe ser el salmo 145.

El salmo es parte de la liturgia judía de preparación para las grandes celebraciones anuales, y se recita tres veces al día. Este salmo tiene 150 palabras, que representan los otros 150 salmos que encontramos en el salterio. La estructura del salmo es en forma de acróstico, según el alfabeto hebreo, desde la  primera letra Alef [א] hasta Tav [ת] la última (equivalente de la A a la Z).

Este salmo no solo nos trae la plena revelación del carácter de Dios, sino su deseo respecto a toda la creación.

En este salmo la alabanza a YHVH se sostiene en cuatro (4) compromisos a mencionar:

(1) Verso 1 y 2… Hay un compromiso a  alabar a Dios siempre: “Te exaltaré, mi Dios y Rey…Todos los días te bendeciré y alabaré tu nombre”; 

(2) Versos 4-6, El segundo compromiso es dar a conocer su poder y grandeza de forma intergeneracional;  “cada generación celebrará tus obras y proclamará tu proezas”;  

(3) Versos 10-11, El tercer compromiso afirma dos (2) compromisos colectivos de alabanza; el de la creación y el de su pueblo: “que te alaben todas tus obras”, “que te alaben todos tus seguidores”;  

(4) Verso 21, El cuarto compromiso se refiere a las alabanzas individuales, la propia y la de toda carne: “prorrumpa mi boca en alabanza”, “Toda carne alabe su Santo Nombre”.

En el salmo 145 se encuentra la más clara y concreta caracterización de YHVH en el Antiguo Testamento. Los siguientes adjetivos que utiliza el salmo para mostrar el carácter de Dios nos obliga a alabarlo y exaltarlo:

 Dios es: clemente, compasivo lento para la ira, grande en amor, bueno con todos, se compadece de toda la creación, es fiel a su Palabra, bondadoso en todas sus obras, levanta a los caídos, sostiene a los agobiados, abre sus manos y sacia sus favores a todo ser viviente, es justo en todos sus caminos, está cerca de quienes lo invocan, cumple los deseos de quienes le temen, el cuida a todos los que le aman y destruirá a todos los impíos. (Salmo 145, NVI)

Jesús, de igual forma, expresa sus alabanzas al Padre por la grandeza de su bondad al compartir su revelación con sus discípulos, que son como niños:

Padre, tu gobiernas en el cielo y en la tierra! Te doy gracias porque no mostraste estas cosas a los que saben mucho y son sabios, sino que las mostraste a los niños. Y todo, Padre porque tu asi lo has querido. (Mateo 11: 25-26, TLA)

Jesús declara que el Padre en su gracia y su soberanía entregó todo lo que Él es a su Hijo.  Inclusive todo los atributos y carácter de Dios que el salmo 145 describe, lo encontramos en Jesús.  Estas cosas que el Padre le entregó a Jesús, se las compartió, no solo para que sean motivos de contemplación y alabanza, sino para ser compartidos como sabiduría con aquellos  que se acercan por la fe a  Él.

En el Antiguo Testamento y la sabiduría se personifica, tanto en Proverbios (8: 1-36) como en la literatura deuterocanónica del Eclesiástico (51: 13-30), y ésta tiene un paralelo con las palabras de Jesús, quien invita a los que están cansados y agobiados de la vida a alcanzar los atributos y favores de la sabiduría, que el Salmo 145 presenta. 

La similitud de las palabras de Jesús con los intetextos mencionados es asombrosa. En la conclusión de Proverbios 8: 32-38 leemos:

Y ahora, hijos míos, escúchenme:
    dichosos los que van por[a] mis caminos [la sabiduría].
Atiendan a mi instrucción, y sean sabios;
    no la descuiden.
 Dichosos los que me escuchan
    y a mis puertas están atentos cada día,
    esperando a la entrada de mi casa.
 En verdad, quien me encuentra halla la vida
    y recibe el favor del Señor.
 Quien me rechaza se perjudica a sí mismo;
    quien me aborrece, ama la muerte».

El sabio Jesús ben Sirá, escribe sobre esa sabiduría:

“Siendo joven aún, antes de ir por el mundo, me di a buscar abiertamente la sabiduría en mi oración, a la puerta delante del templo la pedí, y hasta mi último día la andaré buscando.

En su flor, como en racimo que madura, se recreó mi corazón. Mi pie avanzó en derechura, desde mi juventud he seguido sus huellas. Incliné un poco mi oído y la recibí, y me encontré una gran enseñanza.

… Mi alma ha luchado por ella, a la práctica de la ley he estado atento, he tendido mis manos a la altura y he llorado mi ignorancia de ella. … Me dio el Señor una lengua en recompensa, y con ella le alabaré.

Acercaos a mí, ignorantes, instalaos en la casa de instrucción. ¿Por qué habéis de decir que estáis privados de ella, cuando vuestras almas tienen tanta sed?

He abierto mi boca y he hablado: Adquiridla sin dinero; someted al yugo vuestro cuello, que vuestra alma reciba la instrucción: está ahí a vuestro alcance. Ved con vuestros ojos lo poco que he penado y el mucho descanso que he encontrado para mí.” (Eclesiástico 51: 13-27)

Jesús los invita a venir a El para recibir el descanso y satisfacción que provee la sabiduría del Padre:

¨Venid a mí todos los que estais trabajados y agobiados, y Yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallareis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es facil y ligera mi carga¨ (Mateo 11: 28-30).

Es nuestra respuesta a su invitación la que nos introduce a la nueva escuela de Jesús, en la que El mismo es la sabiduría encarnada y nos guía en medio de la incertidumbre de la vida con firmeza y valor. Esta escuela de Jesús se distingue porque “su yugo” es fácil y la “carga ligera”, es decir la vida en Cristo no es una carga, de hecho, Su misión está diseñada a tu medida. Lo que Dios nos propone en Jesús encajará exactamente con aquello para lo cual hemos sido creados.

Jesús es el poder y la sabiduría de Dios encarnada (1 Corintios 1: 24). Este entendimiento de sobre Jesús es el fundamento para enfrentar la incertidumbre que puede surgir mientras peregrinamos cumpliendo Su misión, porque el “Dios que atiende mis ruegos, siempre está pendiente de todos los que le aman” (Salmo 145: 20). ¡Muchas bendiciones!

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