¿Cómo hacer que mis palabras sean escuchadas como Palabra de Dios?

sembrador 2

Por Samuel Caraballo-López

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” Romanos 1:16

El texto de este domingo 16 de julio de 2017, lo encontramos Mateo 13: 1-23, en la conocida parábola del sembrador.  Las parábolas son anécdotas imaginarias que llevan al lector a considerar un asunto sin percatarse en primera instancia que lo que se dice se aplica a él o a ella. Jesús utilizó este género literario, común en el Antiguo Testamento y en la literatura rabínica para despertar la curiosidad y atraer la atención de sus oyentes.

Es importante aclarar que las parábolas originales de Jesús, como es en este caso particular, recibieron modificaciones por las diferentes comunidades en las que se dieron a conocer, para que respondieran a los nuevos contextos y realidades a las que se enfrentaban (compare este relato de Mateo con Marcos 4: 1-20; Lucas 8: 4-15).

Hay algunas premisas que son necesarias para la comprensión cabal de este enigmático pasaje bíblico.  Primero, lo más importante en la predicación cristiana es el evangelio en sí, no la persona que lo proclama, ni el estilo o forma en que lo hace.  Es el evangelio lo que hace a la Biblia ser Palabra de Dios.  Dicho de otra forma, la Biblia es Palabra de Dios escrita, en la medida que encontramos a Jesucristo en ella. Por lo tanto, toda predicación debe estar enraizada fielmente al significado del texto y alineada con la persona y obra redentora de Jesucristo. Aquellos que leen la Biblia y no encuentran a Jesucristo en ella, no se han encontrado con la Palabra de Dios.

pulpitos

Uno de los principales problemas que se observa en la Iglesia contemporánea es su recurrencia a la “canonización” de ciertos predicadores, e inclusive de sus estilos o formas de proclamar. Se nos olvida que la autoridad máxima de nuestra fe es Jesucristo, y Él es la revelación plena de Dios, es en El que estamos completos (Colosenses 1:15-20).

Un segundo y no menos serio problema de nuestras congregaciones cristianas es que un gran porciento de nuestras alocuciones dominicales o sabatinas no las podemos llamar “predicaciones” en sí, porque en su contenido no encontramos el evangelio.  Por lo tanto, lo que muchas veces se comparte de nuestros púlpitos puede ser información valiosa, motivadora, moralizante, entretenida e inclusive llena de datos importantes para nuestro acervo cultural, pero jamás será la Palabra que sale de la boca de Dios, y que sacia nuestra sed y hambre espiritual.

Un tercer problema de igual magnitud es la forma en que pretendemos que nuestro auditorio reciba y entienda el mensaje del evangelio. En ocasiones la proclamación dominical se concibe como un mero acto ritual, con poca o ninguna vinculación con la liturgia, y que se sirve como un “menú” más, sin validar las implicaciones salvíficas que esta tiene para el oyente.  Este aspecto me interesa atenderlo con premura a la luz de la parábola del sembrador, que está bajo consideración este domingo.

Esta parábola del sembrador se relaciona con las faenas agrarias comunes en Israel y con los diferentes tipos de suelos en las que se realizaba dicha tarea.  La trama del relato nos sorprende, porque contrario al optimismo del profeta Isaías, la Palabra de Dios puede no cumplir el propósito para el cual es proclamada y convertirse en infructuosa.

El mensaje del Segundo Isaías 55: 10-13, plantea que toda Palabra que sale de la boca de Dios cumplirá siempre los deseos y propósitos del que la envía. Este texto en su contexto del llamado a salir del exilio babilónico tiene una explicación optimista, sin embargo, Jesús nos advierte sobre las dificultades y obstáculos que tiene la proclamación del evangelio del reino:

 “Cuando alguien oye la palabra acerca del reino y no la entiende, viene el maligno y arrebata lo que se sembró en su corazón.” (verso 18).

Este detalle de la parábola en su estrato original nos sorprende, si nuestro mensaje no es entendido por el oyente, Satanás lo arranca de su corazón y no produce fruto.  De hecho, el fruto que produce la Palabra de Dios en el oyente está primeramente condicionado a su entendimiento del mismo.

Cuán importante para un predicador es entender que el evangelio, que es la Palabra de Dios, debe ser comunicado de tal forma que pueda ser recibido y entendido por nuestro auditorio, tanto para su salvación como para la preservación de esta. La interpretación que hace Mateo de esta parábola es el mejor ejemplo de la expresión anterior (vea versos 18-23).  Las diferentes clases de terrenos se refieren a la forma que los oyentes de Mateo responden al evangelio que se les predica.  Hay un elemento que determina la clasificación de esos terrenos; en que medida los oyentes entendieron y encarnaron el mensaje del evangelio.

 “Pero el que recibió la semilla que cayó en buen terreno es el que oye la palabra y la entiende.  Este si produce una cosecha al treinta, al sesenta y hasta al cien por uno.” (verso 23)

Es imprescindible explicar los elementos distintivos de la proclamación del evangelio de reino de Dios. Hemos dicho que la predicación consiste en dar a conocer las Buenas Noticias de Jesús de tal forma que nuestro auditorio la reciba y entienda.   Una responsabilidad indelegable de todo predicador es comprender y encarnar personalmente el mensaje original de Jesús, según nos fue trasferido por los apóstoles, para poder trasmitirlo con fidelidad a su auditorio. Así que todo predicador debe entender y comunicar el evangelio de manera fiel, clara, honesta, y adecuada a la realidad de su auditorio. ¡Esa es la responsabilidad primaria del proclamador!

En segundo lugar, el predicador NO puede perder de vista, que es su auditorio el objetivo de toda su preparación. El mensaje que se proclama es para ser recibido e interpretado de manera personal por su auditorio.    Eso no lo podemos hacer solo, se requiere la asistencia directa del Espíritu Santo.  ¡El Espíritu no puede faltar en todo proceso de preparación y entrega del mensaje del Evangelio!

Espiritu Santo

No considerar al Espíritu Santo hará que nuestro mensaje pase “como un viento recio” sobre la cabeza de nuestro auditorio (Hechos 1:8). ¡Sin el Espíritu confirmando el mensaje del evangelio que se proclama la comprensión cabal del mismo será limitada! (1 Corintios 2: 1-5).

Si la mayoría de mis lectores que se declaran como cristianos predicaran el evangelio, la obra redentora de Jesucristo cubriría como un gran lienzo nuestro mundo, habría cambios genuinos en la vida de muchas personas, en nuestras congregaciones locales y en nuestras ciudades. Así que prediquemos ¡Muchas Bendiciones!

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