¿Qué hacer para que mi predicación sea Palabra de Dios?

sembrador 2

Por Samuel Caraballo-López

 »Finalmente, las semillas que cayeron en buena tierra representan a los que oyen el mensaje y lo entienden. Éstos sí cambian sus vidas y hacen lo bueno. Son como esas semillas que produjeron espigas con cien, con sesenta, y hasta con treinta semillas.» (Mateo 13: 23, TLA)

INTRODUCCIÓN

El texto del 12 de julio de 2020, sexto domingo de Pentecostés y centésimo décimo noveno (119) día de cuarentena por el COVID-19, lo encontramos Mateo 13: 1-23, en la conocida parábola del sembrador.  Esta perícopa forma parte del Discurso de las Parábolas del reino (Mateo 13: 1-52), y es la primera de las siete (7) parábolas que componen su estructura.

Las parábolas son anécdotas imaginarias que llevan al auditorio a considerar un asunto sin percatarse que, en primera instancia, lo que se dice se aplica a ellos. Jesús utilizó este género literario, común en el Antiguo Testamento y en la literatura rabínica, para despertar la curiosidad y atraer la atención de sus oyentes.

Es importante aclarar que las parábolas originales de Jesús, como es ésta en particular, fueron modificadas y adaptadas por las diferentes comunidades en las que se dieron a conocer, para que respondieran a los nuevos contextos y realidades a las que se enfrentaban (compare este relato de Mateo con Marcos 4: 1-20; Lucas 8: 4-15).

DESARROLLO

Esta conocida parábola del sembrador se relaciona con las faenas agrarias comunes en Israel, y con los diferentes tipos de suelos en las que se realizaba dicha tarea.  La trama del relato nos sorprende, porque contrario al optimismo del Deutero Isaías (55: 10-11), la supuesta “Palabra de Dios” puede no cumplir el propósito para el cual es proclamada, y convertirse en infructuosa.

El mensaje del Deutero Isaías, que se da en el contexto del exilio babilónico, plantea que toda “Palabra que sale de la boca de YHVH”, cumplirá siempre los propósitos para lo cual fue enviada (Isaías 55: 10-11). Este texto en su contexto tiene una explicación favorable, sin embargo, Jesús nos advierte en esta parábola que pueden existir dificultades y obstáculos que detengan el efecto deseado de la palabra del reino en los oyentes.

 “Cuando alguien oye la palabra acerca del reino y no la entiende, viene el maligno y arrebata lo que se sembró en su corazón.” (Mateo 13: 19).

Las semillas que cayeron entre piedras representan a los que oyen el mensaje del reino de Dios, y lo aceptan rápidamente y con gran alegría, 21 pero como no entienden muy bien el mensaje, su alegría dura muy poco. Cuando tienen problemas, o los maltratan por ser obedientes a Dios, enseguida se olvidan del mensaje (Mateo 13: 20-21).

Luego están las semillas que cayeron entre los espinos. Estas semillas representan a los que oyen el mensaje, pero no dejan que el mensaje cambie sus vidas. Sólo piensan en lo que necesitan y en cómo hacerse ricos (Mateo 13: 22).

Estos detalles de la parábola en su estrato original nos sorprende; si el mensaje del reino no es entendido bien por el oyente, Satanás, los problemas y sus expectativas lo arranca de su corazón y no produce frutos.  De hecho, el fruto que produce la Palabra del reino en el oyente está primeramente condicionado a su comprensión del mensaje.

Cuán importante para un predicador es entender que el evangelio, que es la Palabra del reino de Dios, debe ser comunicado de tal forma que pueda ser recibido y entendido por nuestro auditorio, tanto para su salvación como para su crecimiento espiritual (vea Mateo 13: 18-23).  Las diferentes clases de terrenos se refieren a la forma que los oyentes de Mateo responden al evangelio que se les predica.  Hay un elemento que determina la clasificación de esos terrenos; ¿en qué medida los oyentes entendieron y encarnaron el mensaje del evangelio?

 “Pero el que recibió la semilla que cayó en buen terreno es el que oye la palabra y la entiende.  Este si produce una cosecha al treinta, al sesenta y hasta al cien por uno.” (verso 23)

APLICACIÓN

Hay algunos principios que son necesarios considerar cuando se predica el evangelio del reino, para que éste tenga recepción, pueda ser entendido, y cumpla los propósitos de Jesús hoy:

Primero, lo más importante en la predicación cristiana es el contenido del evangelio en sí, sin menospreciar a la persona que lo proclama, ni el estilo o forma en que lo hace.  Dicho de otra forma, la Biblia, contenido principal de nuestra predicación, es Palabra de Dios en la medida que encontramos a Jesucristo en ella. Por lo tanto, toda predicación debe estar enraizada fielmente al significado del texto y alineada con la persona y obra redentora de Jesucristo. Aquellos que leen la Biblia y la predican, y no afirman a Jesucristo y su obra redentora, no han proclamado la Palabra de Dios.

Uno de los principales problemas que se observa en la Iglesia contemporánea es su recurrencia a la “canonización” de ciertos predicadores, e inclusive de sus estilos o formas de proclamar. Se nos olvida que la autoridad máxima de nuestra fe es Jesucristo: “El es la imagen del Dios invisible, … por cuanto plugo que la plenitud de todo habitara en El,” (Colosenses 1:15-20).

Un segundo problema, y no menos serio de nuestras congregaciones cristianas es que un gran porciento de nuestras alocuciones dominicales o sabatinas no las podemos llamar “predicación” en sí, porque en su contenido no encontramos el evangelio Por lo tanto, lo que muchas veces se comparte de nuestros púlpitos, puede ser información valiosa, motivadora, moralizante, entretenida e inclusive llena de datos históricos importantes para nuestro acervo cultural, pero jamás será la Palabra que sale de la boca de Dios, y que sacia nuestra sed y hambre espiritual.

Un tercer problema de igual magnitud es la forma en que pretendemos que nuestro auditorio reciba y entienda el mensaje del evangelio. En ocasiones la proclamación de la Iglesia se concibe como un mero acto ritual, con poca o ninguna relevancia y vinculación con el evangelio de Jesucristo, y que se sirve como parte del “menú” de la liturgia, sin priorizar las implicaciones salvíficas de las ¨buenas nuevas¨ y la formación pedagógica que ésta tiene para el oyente.  Este aspecto debe ser atendido con premura si queremos tomar en serio el mensaje que nos propone la parábola del sembrador, y que está bajo consideración este domingo.

Un cuarto y último problema observado durante esta pandemia del COVID-19, es el agotamiento y desaliento de los predicadores que se percibe en el contenido y entrega de sus discursos. Sabemos los efectos de esta cuarentena sobre todos los seres humanos, sin embargo, la predicación es una de las tareas de la misión que requiere una gran cantidad de estudio y energía. La predicación demanda la totalidad del pastor, y tanto la oración como el ministerio de la Palabra no puede ser sustituido por otras tareas, y mucho menos en esta hora crítica que vive nuestro pueblo.

Es imprescindible explicar los elementos distintivos de la proclamación del evangelio del reino de Dios. Hemos dicho que la predicación consiste en dar a conocer las Buenas Noticias de Jesús de tal forma que nuestro auditorio la reciba y entienda.   Una responsabilidad indelegable de todo predicador es orar, interpretar, comprender y encarnar personalmente el mensaje original de Jesús, según nos fue trasferido por los apóstoles:

“No es bueno que nosotros dejemos la palabra de Dios para servir a las mesas.” … y nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra (Hechos 6: 2, 4).

Así que todo predicador debe prioritariamente comunicar el evangelio de manera clara, fiel, y respetuosamente, y adaptándose a la realidad de su auditorio. ¡Esa es la responsabilidad primaria del predicador!

El predicador NO puede perder de vista, que es su auditorio es el objeto de toda su preparación. El mensaje que se proclama es para ser recibido e comprendido de manera ¨personal¨ por su auditorio.    Eso no lo podemos hacer solo, se requiere la asistencia directa del Espíritu Santo que conoce y cambia los corazones.  ¡El Espíritu no puede faltar en todo proceso de preparación y entrega del mensaje del Evangelio!

Espiritu Santo

No considerar al Espíritu Santo hará que nuestro mensaje pase “fugazmente” sobre la cabeza de nuestro auditorio. ¡Sin el Espíritu confirmando el mensaje del evangelio que se proclama, la comprensión cabal del mismo será limitada! (Hechos 1: 8; 1 Corintios 2: 1-5).

Si la mayoría de mis lectores que se declaran como cristianos predicaran el evangelio, la obra redentora de Jesucristo cubriría como un “gran lienzo” nuestro mundo, habría cambios genuinos en la vida de muchas personas, comenzando en nuestras congregaciones locales y extendiéndose por nuestras ciudades. ¡Compañeros, vamos a predicar el evangelio! Muchas Bendiciones.

Bibliografía Recomendada:

Willhite, Keith. Predicando con relevancia. Traducido por George Peter Grayling Milian. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 2015.

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