Cuando nos quieren “correr” la agenda… ¿Qué hacer?

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Por Samuel Caraballo-López

El texto de este quinto domingo de epifanía lo encontramos en Marcos 1: 29-39. El ministerio de Jesús en Galilea es vital para entender la misión de Dios en el Nuevo Testamento. Primero, la misión de Dios está vinculada al mensaje del evangelio.  Jesús predicó en Galilea el inicio del reino de Dios en la tierra. Cuando hablamos del reino de Dios nos referimos al lugar, espacio o escenario donde se hace u ocurre lo que Dios desea que ocurra.

Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. (Marcos 1: 14-15).

¿Por qué comenzó en Galilea?  Contestar esta pregunta puede arrojar sobre nuestro entendimiento múltiples puntos para la reflexión.  Primero, Galilea era el lugar de Israel en que menos signos de la presencia de Dios había.  De hecho, era la región de mayor necesidad de esperanza ya que las fuerzas de oposición a la vida humana estaban totalmente “empoderadas” en su territorio.

Mateo dramatiza la situación de Galilea, citando a Isaías (9:1-2), y le identifica como “el pueblo que andaba en tinieblas”  y  “los que moraban en tierra de sombra de muerte” (Mateo 4: 15-16).  Era tan densa la oscuridad en Galilea que se podía palpar en cada esquina.

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La realidad era que en Galilea era un lugar donde los “demonios” campeaban por su respeto, y por lo tanto, estos poderes fomentaban la esclavitud física, mental y espiritual de sus pobladores. Los “demonios” son una expresión genérica para referirnos a esas fuerzas estructurales, espirituales y antropogénicas que  obstaculizan el alcanzar el orden de vida necesario para la felicidad de los pueblos e individuos. He ahí la razón porque Jesús comienza su ministerio en Galilea.

Para dramatizar la condición de Galilea, y luego del llamado de los dos pares de hermanos (Andrés y Simón; Jacobo y Juan) para que le siguieran, Jesús se encuentra dentro de la sinagoga de Capernaum, el lugar de culto a Dios,  a una persona poseída por un “demonio”, y le libera (Marcos 1: 21-28).  Esto causó una explosión de esperanza en una región ocupada por la milicia romana, devastada por la maldad gubernamental, olvidada por la religión oficial y  sumida en  la pobreza y opresión.

Vayamos pues al texto que nos sirve de contenido para esta reflexión. Jesús visita la casa de Simón y Andrés y encuentra la suegra de Simón (no tiene nombre) que estaba postrada con fiebre y la sana (verso 29-31). Este texto de Marcos nos produce una enredadera de preguntas: ¿Quién era la suegra de Simón? ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era su condición real?  ¿En qué consistió el milagro? ¿Qué importancia tiene ese milagro para nosotros  hoy? ¿Cuál fue el efecto de este milagro en el ministerio de Jesús?

Vamos a intentar contestar algunas de estas preguntas.  Empecemos por Simón que junto a su hermano Andrés era natural de un poblado llamado Betsaida (Juan 1: 44).  Este fue llamado por Jesús y dejando sus “redes” le sigue. Según el relato su hogar estaba ubicado en Capernaum (verso 21 cfr. verso 29).  Capernaum,  era un pequeño poblado pesquero a la orilla del Lago de Galilea.  Jesús fue invitado por Simón a su casa luego de salir de la sinagoga, posiblemente a comer juntos y recibir su hospitalidad.  Sin embargo, la persona que realizaba las tareas domésticas en su casa era la suegra, que posiblemente era viuda, y estaba enferma con una fiebre que la tenía postrada en cama. Es muy raro que no se mencione a la esposa de Simón en este pasaje, ya que en los Evangelios es común mencionar a las mujeres vinculadas con Jesús, lo que nos hace inferir que era viudo al momento de su llamado.

Parece ser que Simón y alguno de los discípulos se habían adelantado, y le informan a Jesús de la situación.  –“Lamentablemente no te podemos expresar nuestra hospitalidad porque mi suegra esta postrada en cama”–posiblemente dijo Simón.  Jesús decide ir a ver la suegra, y al acercarse, le extiende la mano, la levanta y la fiebre la dejó (¿un demonio?).  Ella se levanta y comienza a realizar lo que ella hacia cotidianamente.

En el milagro de la suegra de Pedro se ven elementos constitutivos del mensaje del reino de Dios—hay un acercamiento divino, liberación del mal, restauración, y servicio.  La fiebre de la suegra de Simón cesa frente a la presencia de Jesús porque esta es una manifestación contraria al reino de Dios.  La fiebre en una sociedad sin antibióticos ni analgésicos obstaculiza la plenitud de la vida y su intención es dañar al ser humano.  Siempre que el reino de Dios se hace presente el mal es desenmascarado y expulsado (Lucas 11:20).

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Una de las mayores tentaciones para una persona llamada por  Dios, y que por supuesto produce mucho daño, es tratar de ser lo que no hemos sido llamados a ser.  Una de las trampas más funestas del mal, es mantenernos en la periferia de nuestro llamado, sin profundizar en lo  que realmente somos en Dios.  Los poderes del mal han creado fantasías que comunican como reales, y que tienen como propósito fragmentar la forma en que vemos nuestro llamado, impidiendo que lo podamos vivir con profundidad y plenitud.  Una de estas fantasías funestas es fomentar en los llamados por Dios el que incorporemos  lo mejor de los dos mundos, las ideologías del mercado y los valores del reino de Dios.  El único problema es que estos son como el aceite y el agua, no se pueden mezclar (Mateo 6:24).

De hecho, en el pasaje de Marcos 1: 35-39, Jesús se enfrenta a esta realidad.   Jesús descubre una sutil tentación, dejar que los anhelos y las carencias de las multitudes determinen el rumbo de su ministerio.  Cuántas veces los pueblo y los sistemas que los gobiernan pretenden hacer del llamado de la iglesia un “copy and paste” de sus ideologías!

Simón había comenzado a “vender boletos” para el gran espectáculo de la tarde, luego del milagro de su suegra (cfr. verso 32).  Fue tal la promoción de este evento, junto al anterior en la sinagoga (cfr. 21ss), que la ciudad de Capernaum entera se agolpaba en las puertas de la casa de Simón (recuerden que solo había cuatro discípulos con Jesús).  La palabra de autoridad y de sanidad de Jesús se imponía sobre los “demonios” y enfermedades.  Sin embargo, Jesús no podía permitir que la gente, y mucho menos sus discípulos, “determinaran” el rumbo de su llamado.

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Temprano en la mañana, aun cuando estaba oscuro, Jesús, se fue a un lugar solitario y allí oraba (verso 35).  Jesús estaba preocupado porque los discípulos habían hecho de su palabra de autoridad y sanidad un “espectáculo” para todo Capernaum (cfr. verso 37).  Los discípulos, encabezados por Simón, habían “mercadeado” el producto, y ya tenían las filas preparadas muy temprano en la mañana.  ¡Todos te buscan!—le dijo Simón–y “en medio de tanta necesidad tú te escondes para orar.” (Supongo que dijo eso)

Simón en múltiples ocasiones en los relatos de los evangelios le quiso “correr” la agenda a Jesús (cfr. Marcos 8:31-33, Juan 13: 6-8).  Hay personas, inclusive gente que nos aman, que pretenden “correr” nuestra agenda, sin entender que ya el Espíritu nos está guiando por un camino muy diferente al que ellos desean para nosotros.

Jesús no puede permitir que su llamado a predicar sea determinado por las aspiraciones o anhelos de los discípulos o la gente (vea Hechos 16:6-7).  Déjame explicar esto en lenguaje sencillo… se debe ser pertinente en lo que se hace, pero la pertinencia no es lo que determina mi llamado. Jesús se niega a ser pertinente según los discípulos:

Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también predique allí, pues para esto salí (v. 38)

La carta a Timoteo nos da una exhortación perenne  a los que han respondido al llamado de Dios:

Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar al que lo alistó como  soldado (2 Timoteo 2: 4).

Inclusive el servicio solidario se hace conforme a la Palabra y según el poder que Dios da (1 Pedro 4: 10).   Es decir, sí queremos servir de una forma pertinente, sin olvidar que  nuestro llamado no lo determina la necesidad, las multitudes, ni los sistemas políticos, sociales y económicos, sino Aquel que nos llamó y nos capacita para hacer de nuestro servicio uno redentor.

No podemos permitir que el mundo, los pares y la opinión pública nos establezca el cómo debemos realizar la misión de la Iglesia. Inclusive las ideologías del mundo no pueden determinar la forma en que llevamos a cabo nuestras acciones en respuesta al llamado de Dios.  Solo el Espíritu nos puede dotar del discernimiento y la sabiduría para trabajar en forma específica con nuestro llamado, haciendo que Dios sea glorificado en todo.   Un fragmento de un viejo poema completa mis pensamientos:

Mantén tu fuego ardiendo…
Defiéndelo del viento, ¡te lo apaga!
Cúbrelo de la lluvia, ¡te lo ahoga!
Y mientras cuesta arriba vas subiendo
O cuesta abajo ya vas descendiendo,
¡Mantén, siempre mantén, tu fuego ardiendo!

(Francisco E. Estrello)

Muchas bendiciones.

 

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