LA PALABRA DE DIOS O LA OPINIÓN DEL “EXPERTO”… ¿CON CUÁL ME QUEDO?

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Por Samuel Caraballo-López

“La ciencia bíblica de hoy, más que ayudar, estorba la comprensión de las Escrituras”.                                                                                                             Luis Alonso Schökel

Introducción

El texto del domingo 2 de septiembre de 2018, lo encontramos en el evangelio de Marcos 7: 1-23.  Este texto es de vital importancia para entender la postura de nuestro Señor Jesucristo sobre el intento de ciertos sectores religiosos de sustituir enseñanzas medulares de las Sagradas Escrituras por ideologías contemporáneas.  Estas ideologías humanas, que parecen culturalmente contextuales, tienen el defecto que le restan la importancia que tiene el significado primario del texto bíblico.

En la escena que nos presenta el texto de hoy, encontramos una audiencia compuesta por tres (3) grupos que son parte de la trama, y a los cuales van dirigidas las intervenciones de Jesús:

  1. Fariseos y Escribas llegados de Jerusalén (verso 1-13)
  2. Las multitudes (verso 14-15)
  3. Los discípulos de Jesús (verso 2, 17-23)

El conflicto comienza (versos 2-8)

El suceso que produce la trama es que algunos de los discípulos de Jesús comían los panes con las manos no ritualmente limpias (verso2).  Este grupo de fariseos y escribas que habían bajado de Jerusalén habían comenzado (Marcos 2: 16ss) una lucha contra Jesús y su movimiento por razones que explicaremos más adelante. Anteriormente habían acusado a Jesús de comer con pecadores y publicanos (Mc.  2: 16), de violar el sábado (2: 24) y de estar aliado con el príncipe de los demonios (3: 22).  Ahora le acusan de violar la “tradición de los ancianos” (versos 7: 3-4).

La pregunta que inicia el debate es esta:

–¿Por qué tus discípulos no andan conforma a la tradición de los ancianos, sino que comen el pan con manos inmundas? (verso 5)

Antes de discutir la pregunta y sus implicaciones es bueno clarificar que era la “tradición de los ancianos” en el contexto de la primera centuria de la era cristiana.

Durante el exilio babilónico y muy especialmente desde los tiempos de Esdras se formuló una «tradición oral» de comentarios del texto sagrado.  Estos comentarios tenían como autores los grandes maestros del pasado y algunos de los presentes en la primera centuria.  Durante el siglo II a. C, estas tradiciones orales fueron escritas en la Mishná, un tratado con seis divisiones que contiene leyes sobre la agricultura, las fiestas y el matrimonio, junto con las leyes civiles, penales y ceremoniales, y que constituye el acta fundacional del judaísmo rabínico[1]. Luego, se complementó con la Guemará, un comentario de la Mishná. La Mishná junto con la Guemará forma el Talmud judío.

Jewish holy books in synagogue.
JERUSALEM, ISRAEL – JULY 16, 2015: Jewish holy books inside Cave Synagogue (part of Western Wall) prepared for mass prayer during Jewish holidays Rosh Hashanah, Yom Kipur and Sukkot as well as for daily use.

La devoción y reverencia que sentían los judíos hacia esas “tradiciones de los ancianos” era de admirar. En el “Tárgum rabínico”, que es una paráfrasis del Biblia Hebrea en lengua aramea, Dios se presenta como uno que estudia las Escrituras durante el día y en las noches se dedica a la Mishná.  Estas visiones quiméricas de la “Tradición de los ancianos” produce en los fariseos un celo en extremo por los escritos que consideraban sagrados. De hecho, la “tradición de los ancianos” se endureció para formar un sistema legalista que, lejos de aclarar el texto, parecía contradecirlo. [2]

Los fariseos era la secta judía que más se aferraban a estas tradiciones heredadas. Creían que estas “tradiciones de los ancianos”, aunque transmitidas oralmente y no escritas en el texto de la Ley, también habían sido dadas por Dios mismo a Moisés en el Monte Sinaí. Según los fariseos, entonces, había dos revelaciones divinas paralelas: la Ley escrita y la tradición oral, ambas con igual importancia y autoridad. Además, los fariseos dentro de su “programa” pretendían aplicar las leyes de purezas ritual, que eran exclusivas para los sacerdotes, a todo el pueblo, porque de esta manera se hacia realidad la visión de que Israel era un pueblo sacerdotal (Exodo 19:6).

La transgresión específica que los fariseos y escribas de Jerusalén atribuyen a los discípulos de Jesús era de caracter ceremonial: “No se lavan las manos antes de comer el pan. Esto no se refiere a la práctica higiénica nuestra, sino que no cumplían con el ceremonial prescrito para los lavados en la “tradición de los ancianos”.

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Marcos procede a explicar este aspecto ceremonial para sus lectores romanos, que conocían poco o nada de estas prácticas (Marcos 7:2–4).  El hecho de que Mateo (15: 1-3) no las explica, denota que sus lectores son de origen judío.

La forma correcta de lavarse las manos conforme a esta tradición era de la siguiente manera:

 (a) Se extendían las manos, con las palmas hacia arriba y las manos ligeramente ahuecadas para recibir el agua que era derramada sobre ellas.

(b) De inmediato se utilizaba el puño de una de ellas para lavar la otra y luego el otro puño para lavar la primera mano.

(c) Al final se extendían de nuevo las manos, con las palmas hacia abajo, echando agua sobre ellas para limpiar el agua sucia con la que se habían lavado las manos contaminadas. Solo así estarían las manos ceremonialmente limpias.

Ahora bien, la interrogante de los fariseos y escribas que bajaron de Jerusalén a Galilea, aunque era parte de su “programa” de hacer de todo Israel un pueblo sacerdotal; en este contexto tiene una intención ulterior.  Dada la proclamación de Jesús, de que el tiempo se había cumplido y el reino de Dios se hacia presente por su mediación (Mc. 1: 14-15),  los fariseos y escribas necesitan descalificarlo delante del pueblo.  De hecho, la acusación a los discípulos esta dirigida realmente a Jesús.   Esta acusación tiene al menos tres implicaciones: primero, cuestionar las credenciales de Jesús como maestro, segundo, sugerir que Jesús no guardaba la Ley de Moisés, y finalmente, dar a entender que Jesús pretendía actuar sobre la Ley.

Los fariseos se percibían a sí mismos como los verdaderos portavoces e intérpretes de la Ley. Ellos afirmaban ser los maestros capaces de clarificar con sus palabras y acciones las enseñanzas “oscuras” de la Ley.

Jesús se ve obligado a refutar la afirmación de los fariseos y escribas.  Y  haciendo uso del testimonio del profeta Isaías, declara que los verdaderos violadores de la Torá, que evadían cumplir la Ley, y  pretendían actuar sobre ésta, eran  realmente ellos que le estaban acusando:

–Bien profetizó Isaías acerca de vosotros los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí, Y en vano me reverencian, Enseñando como doctrinas mandamiento de hombres (Mc. 7: 6-7; Isaías 29: 13).

Era evidente que ellos habían impuesto sus intereses ideológicos sobre el mandamiento de Dios (Marcos 7: 9, 13). La acusación que brota del texto citado por Jesús implicaba que los aludidos distorsionaban la propia Ley de Moisés que era mediación de YHVH, con preceptos humanos, cuya intención, consciente o inconsciente era evadir el correcto actuar que la Ley exige.

Es posible que ese apego a lo ritual y formal nos desvíe del verdadero sentido de la piedad,  que no es otro que expresar nuestro amor hacia Dios y su creación. Este fenómeno, algo común en nuestros círculos eclesiásticos, nos lleva al formalismo religioso, que no es otra cosa que un énfasis exagerado en las formas externas de la religión, en menoscabo de la esencia de ésta, que es la comunión con Dios y el amor al prójimo. Este formalismo fue combatido por los profetas, incluyendo a Juan el bautista, y de forma frontal por Jesús de Nazaret (Isaías 29:13; Lucas 3: 8; Mateo 6:1–6), ya que éste presenta un obstáculo para la manifestación del reino de Dios.[3]

La Naturaleza del Conflicto entre Jesús y los religiosos de Jerusalén (versos 9-13)

Jesús no solo confronta, sino que presenta evidencias para sostener sus argumentos.  Jesús cita el precepto del Corbán, practicado y enseñado por los religiosos judíos, y que violaba el cuarto mandamiento que YHVH dio a Moisés sobre honrar al padre y la madre (Éxodo 20: 12).

Corbán es la transliteración griega de una palabra hebrea (qor·bán), utilizada con bastante frecuencia en el AT para describir un regalo u ofrenda consagrada a Dios (Lv. 1:3; 2:1; 27: 9; Nm. 7:3, 12, 13, 17; etc.).  Si un hijo declaraba que la cantidad necesaria para cuidar de sus padres era Corbán, los escribas decían que él estaba exento del deber de cuidar de sus padres, un deber que la ley ordenaba. Sin embargo, todo lo que se designaba como “Corbán” no se entregaba necesariamente de inmediato para el servicio de Dios en el Templo, sino que se separaba para tal eventualidad.

De ahí surgió la tradición judía de que las cosas así designadas eran inalienables; no podían ser destinadas para otro propósito. (Según Flavio Josefo, esto explica el alboroto que causó Pilato cuando utilizó dinero Corbán para edificar su famoso acueducto.) Además, cuando se pronunciaba la palabra “Corbán”, al hacer un voto, se consideraba absolutamente obligatorio su cumplimiento. De hecho, los fariseos “declararon expresamente que tal voto debía cumplirse, aunque involucrara una infracción de la ley”.[4]

mandamiento quebrantado

Sin embargo, para el Señor Jesús la expresión anterior es incorrecta. Los mandamientos de Moisés eran claros y precisos (verso 10). El mandamiento era “Honra a tu padre y a tu madre” y la advertencia “El que maldijere a su padre o a su madre, morirá”.Pero vosotros”, continúa Jesús, enfatizando el contraste entre la enseñanza de los fariseos y la de Moisés, “decís que, si alguien ha dedicado su dinero por un voto”, ya no está obligado a ayudar a su padre o a su madre. Así “no le dejáis hacer más por su padre o por su madre, invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y, agrega: “muchas cosas hacéis semejantes a éstas” (verso 12, 13). En otras palabras, este mismo principio de sustituir las Escrituras por la tradición era usual en estos grupos religiosos.

Será provechoso considerar juntos los otros principios que expresa Cristo:

(a) en primer lugar, que las tradiciones que no se oponen a las Escrituras (como el lavamiento de las manos y de los utensilios) son permisibles si se consideran opcionales, es decir que no existe la obligación de cumplirlas;

(b) en segundo lugar, que las tradiciones e interpretaciones que entran en conflicto con las Escrituras (como el voto “Corbán”), deben ser rechazadas con firmeza, porque la Escritura es la norma, y la tradición siempre está subordinada a ésta.

Ahora comprendemos bien cuál era el error de los fariseos. Ellos sostenían que la tradición oral era un “cerco para la Torá”, es decir, un cinturón protector para preservar la integridad de la ley; “pero, en realidad, lo que hacía era invalidar la Ley” (verso 13).

Jesús se opuso con vigor a esta tendencia farisea de dar veracidad  a la tradición oral, aun cuando contradiga la esencia del texto bíblico. El mandamiento de Dios de honrar a los padres afirmado en las Escrituras tenía prioridad sobre la interpretación farisea sobre los votos Corbán. Jesús expresó y aplicó este mismo principio en muchas ocasiones, y no nos cabe duda alguna de que aceptaba reverentemente el origen divino y la autoridad suprema de las Escrituras, que en dicho contexto se refiere al Antiguo Testamento.[5]  Ahora bien, no podemos ignorar que los escritos del Nuevo Testamento también eran considerados como “las otras Escrituras” (2 Pedro 3: 16), y que tienen para el cristiano igual valor normativo.

Jesús explica a las multitudes (verso 14-15)

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Jesús como todo buen maestro pretenden que su auditorio entienda el significado de lo que se esta discutiendo.  Todos los presentes, enfermos, y sus acompañantes necesitan entender,  que aun cuando los ritos y costumbres religiosas tienen valor, no son un fin en sí mismo; sino que es nuestra relación personal con Jesús, lo que nos acerca al reino de Dios.  La verdadera limpieza que nos abre el camino al reino no viene de tu formalismo religioso, sino de un arrepentimiento que te lleve a la comunión con Dios.

Jesús se dirige a ti y a mí (versos 17-23)

Jesus expresa claramente a sus discípulos que los alimentos entran al cuerpo desde afuera y no pueden hacer “impuro” al ser humano, porque no entran a su corazón.  Lo que entra por la boca se digiere, el cuerpo utiliza lo necesario, y elimina aquello que es desecho (verso 18). Ahora bien, lo que sale del corazón es lo que contamina al ser humano (vea lista de pecados de Marcos 7: 21-22 vs. Romanos 1: 29-31; Gálatas 5: 19-21 y 2 Timoteo 3: 2-5).

La mayoría de los pecados  que Jesús y otros documentos bíblicos mencionan se relacionan a ese mal que se anida en el corazón y que llamamos consumismo. Cuando hablamos de consumismo nos referimos a la forma y manera en que las personas despilfarran los recursos y la energía, tanto el personal como el de otros. El consumismo se anida en el corazón cuando existe una falta de identidad que desconoce las necesidades esenciales de la vida, tanto personales como de los más cercanos.  Este desconocimiento, nos confunde, olvidando,  ¿quiénes somos? y ¿para qué existimos?  Este vacío de identidad nos sumerge en un sinnúmero de pensamientos y conductas que Jesús llamó pecados.: “adulterio, robo, avaricia, envidia, insensatez y orgullo” (verso 22) —que provienen del deseo de tomar, tener, poseer, devorar, agarrar y tener placer.

Jesus y sus discipulos.jpg

La corrupción del corazón humano tiene sus raíces en el deseo.  Si permites que el deseo domine tu corazón te convertirás en un consumidor insaciable de las cosas, de la gente, e incluso de tu propia energía.  Lo correcto es, acudir a Dios por medio de Jesucristo, y pedir a su Santo Espíritu que adiestre nuestro corazón para desear lo que Dios desea:

 

 

El adiestra mis manos para la batalla,

Y fortalece mis brazos como arco de bronce.

Me diste el escudo de la salvación.

Tu diestra me sustentará, y tu instrucción me engrandecerá

Mis pasos ensanchaste debajo de mí

para que no temblaran mis tobillos (Salmo 18: 34-36, Peshitta).

He ahí la clave de una vida humana con propósito y sentido.  ¡Muchas bendiciones!

 

NOTAS:

 

                [1] Carlos del Valle. La Misná.  (Salamanca: Ediciones Sígueme, 2011),  prólogo.

                [2] E. Trenchard,  Introducción a los cuatro evangelios. (Grand Rapids, MI: Editorial Portavoz, 1999), 154.

                [3] C. C. De Andrade,  En Diccionario Teológico: con un suplemento biográfico de los grandes teológos. (Miami, FL: Patmos, 2002), 165.

                [4] J. Stott, J.  Las controversias de Jesús.  Traductor O. de Hussey, (Barcelona:  Publicaciones Andamio, 2011), 81-84.

                [5] Ibid.

       

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