Contra los dirigentes y el sistema del templo-Parte I

debates de Jesúa

Por Samuel Caraballo-López

Hoy he vuelto a mi computadora para tratar de descifrar uno de los pasajes bíblicos del Nuevo Testamento que peor hemos interpretado.  El texto del 11 de noviembre de 2018, vigésimo quinto (25) domingo después de Pentecostés,  lo encontramos en Marcos 12: 38-44.  Dada la naturaleza de los textos a considerar y la necesidad de profundizar en los mismos, dividiré mis comentarios en dos (2) escritos.

El contexto histórico de este pasaje lo ubicamos en la última semana de Jesús, durante la fiesta de Pascua, y estando en el atrio de las mujeres en el templo de Jerusalén.  Durante todo el capítulo 12 de Marcos, Jesús a debatido con los ancianos, fariseos, saduceos, herodianos, escribas y principales sacerdotes (vea 11: 27; 12: 13, 18). La verdad es que fueron días de “banquete” intelectual dada la naturaleza de las polémicas, y de la ejecución de las destrezas retóricas de los litigantes.  Si en algún lugar me hubiese gustado estar era allí, participando de esos debates clásicos de mi Señor con sus archienemigos.  ¡Jesús se metió a bailar en la casa del trompo!

El texto de hoy culmina esta larga jornada de encuentros, con una censura abierta de Jesús a estos líderes que habían sido responsables de la debacle espiritual del pueblo judío, y que en un futuro no muy lejano los llevarían a su completa destrucción.  De eso hablaremos la semana entrante cuando abordemos el capítulo 13 de Marcos.  El texto de hoy tiene dos partes: (a) Una denuncia a los líderes de Israel (verso 38-40) y, (b) la ofrenda de la viuda (versos 41-44), que dramatiza la denuncia anterior.

En la primera parte del texto, los versos 38-40, que discutiré en este escrito, Jesús culmina su enseñanza pública a las multitudes, denunciando, al igual que los antiguos profetas (Isaías 10: 1-4), la conducta deshonrosa de los escribas, que se ocultaban bajo un manto de piedad:

“Guardaos de los escribas, que anhelan andar con largas ropas y recibir saludos en las plazas, y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los puestos de honor en las cenas, pero devoran las casas de las viudas y por pretexto hacen largas oraciones.  Estos recibirán un juicio más severo” (Marcos 12: 38-40)

Hay algunos aspectos culturales que deben ser aclarados para poder entender la denuncia de Jesús. Según Bruce Malina en su libro, El mundo del Nuevo Testamento: perspectivas desde la antropología cultural (1995), nos plantea que, dado que el mundo del Nuevo Testamento está enraizado en los valores de las antiguas sociedades mediterráneas, para entender el texto resulta indispensables cierto conocimiento de esos valores y cierta sensibilidad respecto a ellos. Para Malina, la personalidad de los antiguos la podemos categorizar como diádica, es decir una que depende del grupo para definir su identidad.  En la sociedad del NT el individuo depende de la sociedad, de la familia, del clan o grupo étnico a que pertenecen para definirse.

A la luz de esta verdad, quien define la persona es el grupo social a quien este responde. En el contexto de Marcos, un valor central que marca la identidad de los diversos líderes de Jerusalén que se enfrentan a Jesús está definido por un sistema de honor y vergüenza. Los valores tratan de la calidad y orientación de la conducta. De hecho, la acción o conducta tiene con frecuencia poco valor en sí misma, excepto si recibe la aprobación de otras personas importantes del grupo al que se pertenece.   El honor se refiere a la valoración social del individuo y el reconocimiento público de dicha valoración.  Por otro lado, la vergüenza hace referencia a la sensibilidad de la persona ante lo que otros piensan respecto a su honor.  Es decir, la vergüenza se relaciona al rechazo público del honor que se reclama.

Este tipo de sociedad, en el que el honor y la vergüenza están siempre en juego, es una adversarial y conflictiva, lo que explica toda la trama entre Jesús y los dirigentes judíos, muy especialmente los constantes debates públicos que vemos en los evangelios. Es en este contexto que analizamos las declaraciones de Jesús de los versos 38-40. Jesús establece que esos anhelos de buscar honor y lucir como personas honorables que tenían los escribas (incluye a todo el liderato de Jerusalén), era su propio “talón de Aquiles”.

Estos líderes llevaban al extremo su sistema de valores pretendiendo ser particulares—“anhelan andar con largas ropas” (38b)—llamando la atención y queriendo diferenciarse de los demás que consideraban inferiores.  Además, tenían un afán por ser populares, —“y recibir saludos en las plazas” (38c), y ser prominentes -– “y ocupar los primeros asientos en las sinagogas” (39a), que eran espacios designados para los dignatarios.  Su espiritu de protagonismo era censurable — “y puestos de honor en las cenas” (39b), que junto a su deseo de ser distinguidos y reconocidos con títulos como rabí y padre, ofendían la moderación propia de un Maestro de la ley.

escribas II

Sin embargo, toda esa ostentación, que provenía de un llevar al extremo el sistema de valores del mundo greco-romano que se había apoderado de la piedad judía jerosolimitana, no respondía a los dos (2) tipos de honor que proponía dicha cultura.  Según Malina (1995), los tipos de honor que la antigua sociedad mediterránea reconocía eran: (a) primero, el honor heredado, que provenía del abolengo familiar de procedencia, al cual los escribas no cualificaban por lo humilde de su origen, y  (b) el segundo era el honor adquirido, que provenía de los logros del individuo por alguna acción valiosa hecha a la sociedad.

La denuncia de Jesús era que su conducta, más que honor debía producir vergüenza, –“devoran las casas de las viudas” (40a), es decir desfalcaban a las viudas, tomando sus posesiones — “y por pretexto hacen largas oraciones” (40b), disimulaban su espiritu ambicioso con falsa piedad, abusando del mandamiento de la hospitalidad que practicaban con ellos los más vulnerables, y  transgrediendo con engaños el mandamiento de Moisés (Éxodo 22: 22-24; Deut. 10:18; 27: 19; Salmo 146: 9; Isaías 10: 1-4).

A la luz de las denuncias de Jesús, los escribas eran personas carentes de vergüenza, ya que no reconocían las reglas de la interacción humana establecidas por la ley de Moisés. Así que ellos no eran dignos de imitar porque carecían de pudor (verso 38a), eran personas de reputación deshonrosa más allá de toda duda social, y estaban situados fuera de los límites de una vida moral aceptable; por lo tanto, había que negarle la distinción social que ellos reclamaban.

¿Por qué esta acusación tan radical de Jesús hacia ese sector del liderato de Jerusalén? Los escribas, dado su labor como abogados o peritos de la Ley, se nombraban administradores de las mujeres viudas, ya que la Ley no las facultaba para manejar los negocios del marido muerto.  Muchas de ellos se aprovechaban de su posición para “devorar” sus posesiones y empobrecerlas.  Los profetas habían denunciado esa práctica de trasquilar y robar a los vulnerables del pueblo y las consecuencias de sus actos (Isaías 10: 1-4; Ezequiel 34: 8-10).  Jesús repite el mismo veredicto: “Estos recibirán un juicio más severo.” (verso 40c).

Las palabras de Jesús tienen que ser consideradas hoy con mucho cuidado.  Toda persona que utiliza su puesto de privilegio, sea un funcionario electo o nombrado, y que abusa de la confianza que estos vulnerables (pobres, discapacitados, viudas, huérfanos y emigrantes, etc.) han depositado en  él o ella para obtener provecho propio, tiene el total repudio de nuestro Señor Jesucristo.

Por otro lado, Jesús hace una censura clara, directa y contundente a todos los que, escondiéndose en la religión y en la falsa piedad, utilizan a los más vulnerables para dar rienda suelta a sus ambiciones personales y pasiones vergonzosas, cometiendo toda clase de fechoría, que pueden ir desde el abuso de la confianza, robo, el desfalco y el enriquecimiento indebido.  Todos ellos y ellas tendrán un juicio más riguroso de parte de nuestro Dios.

¡Muchas bendiciones!

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