El precio de decir Sí a Dios

Por Samuel Caraballo-López

El texto para el 23 de diciembre de 2018, cuarto y último domingo de adviento lo encontramos en Lucas 1: 39-56, y nos narra la visita de María a su pariente Elisabet.  Este hermoso pasaje, que solo el evangelista Lucas nos narra, está lleno de expresiones que nos dejan sorprendidos, y que confirman el anuncio de los eventos sobrenaturales de las concepciones de Juan el bautista y Jesús de Nazaret.  

Lo primero que me llama la atención es la expresión “apresuradamente”, o como se traduce en algunas versiones “a toda prisa”, para hablar del viaje de María para visitar a su pariente Elisabet.  ¿Por qué tanta prisa? No tenemos duda que la actitud de María responde a su compromiso de obediencia a lo declarado por el Ángel Gabriel en el verso 38:

Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra.

María acepta la declaración del Ángel Gabriel y que a su vez menciona a Elisabet como una señal del poder de Dios para realizar lo imposible (1:36-37). Elisabet, por otro lado, se había ocultado durante cinco (5) meses después de estar embarazada (1:24-25).  Este dato es importante porque el embarazo de Elisabet no era conocido por otras personas, lo que indica la veracidad del ángel Gabriel en su acercamiento a María (1: 36-37).  

Lo segundo que me sorprende en esta narrativa de Lucas es la mención de lo que parecer ser una larga travesía de María desde Nazaret hasta un lugar desconocido en la Sierra de Judá, donde vivía el sacerdote Zacarías, esposo de Elisabet.  Si tomamos literalmente el texto y asumimos la geografía de Palestina del siglo I, este viaje era de más de 120 kilómetros y podía durar cerca de tres (3) días si se tomaba la ruta más corta.

Según Samuel Pagán en su libro, Jesús de Nazaret: vida, enseñanza y significado (2012)[i], existían al menos tres (3) posibles caminos que la llevaría desde Galilea a Judea.  El primero y más directo tenían que pasar desde Galilea por los Montes de Samaria, a través del valle de Esdrelón, hasta llegar a la sierra de Judea. Este no era el más atractivo para los judíos que habitaban en Galilea, ya que los llevaba por las ciudades samaritanas.  

El segundo y más transitado camino era por el oeste, junto a la costa del Mediterráneo, llamado la Via Maris, que, sin embargo, era evitado por los judíos de Galilea, porque requería pasar por ciudades paganas griegas y romanas que no eran del agrado de estos, además de ser caminos plagados de asaltantes. 

Así que el tercer y más preferido camino de los judíos de Galilea era el que se movía cerca del Río Jordán, al este de Canaán, es decir por lo que hoy es Transjordania. Este camino los llevaba a Jericó y de ahí a la ciudad de Jerusalén.  Todos estos caminos requerían al menos tres (3) días de camino, y para una mujer soltera de Nazaret representaba una seria dificultad.

Ahora, bien, Raymond Brown[ii] nos alerta sobre el uso del término geográfico de Judea en los escritos del Nuevo Testamento y en el historiador Cornelio Tácito (Anales XII, 54). Si comparamos a Lucas 4: 44 y Mc 1: 39 nos percatamos que los términos Judea y Galilea se usan de forma indistinta e intercambiable para referirse al mismo lugar con relación a la acción ministerial de Jesús. También es importante mencionar que el evangelista Lucas combina expresiones del Antiguo Testamento, muy especialmente las narrativas del libro de Samuel (1 Sam. 1:1; 2 Sam. 2: 1), con los relatos de la infancia de Jesús (Lucas 2: 22 24).  Así que el término “región montañosa de Judá” (verso 39) puede ser una expresión de carácter teológico más que geográfico.

La visitación comienza en el verso 40, y nos sorprende el relato de Lucas:

Y entrando en casa de Zacarías, saludó a Elisabet.  Cuando Elisabet oyó el saludo de María, aconteció que la criatura saltó de gozo en su vientre, y Elisabet fue llena del Espíritu Santo. (Lc. 1: 40). 

Elisabet recibe la revelación al saltar Juan en el vientre, como queriendo decir Lucas, que el Espíritu Santo que estaba en Juan (no había nacido) transmite la revelación a su madre (1: 15).  El salto de Juan no fue un mero gesto biológico de un niño en el vientre de su madre, sino la comunicación de una revelación maravillosa (verso 43), que le confirma a María lo dicho por el el Ángel Gabriel (1: 31-33).

Lo tercero que me sorprende son las expresiones que por boca de Elisabet son dirigidas a María. En Elisabet se manifiesta el don profético de Juan y declara:

¡Bendita tu entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Por qué se me concede esto, que la madre de mi Señor venga a mí?… ¡Bienaventurada la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! (1: 42-43, 45).

Es importante analizar el uso del griego “eulogệmenos” del verso 42[iii]. Esta expresión “Bendito” en su sentido participial en el verso 42, se refiere a Dios, que debe ser bendecido por los seres humanos.  Cuando por extensión se refiere a un hombre o mujer, lo que significa es que se pide para que la bendición de Dios venga sobre él o ella. Esta expresión significa que María ha sido bendecida por Dios en virtud a su acto de fe al concederle a Dios utilizar su vientre para que traer a su Hijo a este mundo.  Esta bendición a María no la hace superior a otras mujeres, porque en el Antiguo Testamento hubo mujeres declaradas benditas por sus acciones de fe a favor de Dios (vea la Declaración de Débora a Jael en Jueces 5:24).

Elisabet misma reconoce la participación de Juan en las expresiones hechas en el verso 44: “la criatura saltó de alegría en mi vientre”; es decir, las expresiones que he hecho son el resultado de la acción del Espíritu Santo en el niño que llevo en mi vientre. Las declaraciones de Elisabet hasta el verso 43, son el cumplimiento de las palabras del ángel a Zacarías

Lo más interesante es que para Lucas, el Espíritu Santo se vale del lenguaje de Elisabet para dar a conocer la palabra profética de Juan sobre María, que confirman su embarazo virginal, y que a su vez afirman el propósito de su embarazo en la vejez y siendo estéril.  Esto lo veremos más adelante en toda la narrativa del nacimiento de Jesús (en Simeón, en Lucas 2: 25-35 y en la anciana Ana en Lucas 2: 36).   También en la experiencia de Pentecostés (Hechos 2; 7-11) y en toda la historia de la primera iglesia, Lucas nos presenta al Espíritu Santo en acciones similares (vea Hechos 13: 1-3; 21: 8-11).

Finalmente, María responde a las declaraciones de Juan y Elisabet con un hermoso canto tomado por Lucas de la tradición judía y puesto en su boca, y que llamamos el Magnificat (1: 46-55).  Este cántico de María es un vivo ejemplo de un salmo que no aparece literalmente en el salterio, pero que era común en la liturgia de Israel. María manifiesta su gratitud a Dios al ser honrada por la portentosa obra de la concepción (versos 46-48), y engrandece a Dios por esta intervención liberadora de Dios en la historia (versos 49-51ª). 

María resalta, por experiencia propia, las misericordias de Dios para con los sencillos y humildes, de la que ella es prototipo.  No hay duda de que Dios rechaza toda soberbia y arrogancia de la gente poderosa (verso 51b-52), y que la respuesta de Dios es contundente, “envió vacíos a los que se enriquecen” con la miseria de los pobres (verso 53).  María se sentía incluida en el plan eterno de salvación de Dios para la humanidad, que había comenzado con Abraham y su descendencia.

¡Ciertamente vale la pena decir que Sí al Dios Eterno!

El relato de Lucas cierra con el regreso de María embarazada a Galilea luego de tres meses de estadía con Elisabet, Zacarías y Juan.  Muchas bendiciones.

Notas


[i] Samuel Pagán. Jesús de Nazaret: vida, enseñanza y significado. (Barcelona: Editorial CLIE, 2012), 49.

[ii] Raymond E. Brown. El Nacimiento del Mesías. Comentario a los relatos de la infancia. Traducción de T. Larriba. (Madrid: Ediciones Cristiandad, S.L, 1982), 345.

[iii] Ibid.,  346.

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