El valor de un Sí para Dios


Por Samuel Caraballo-López

El texto para el 19 de diciembre de 2021, cuarto y último domingo de adviento lo encontramos en Lucas 1: 39-56, y nos narra la visita de María a su pariente Elisabet.  Este hermoso pasaje, que solo el evangelista Lucas nos relata, está lleno de expresiones que nos dejan sorprendidos, y que confirman el anuncio de los eventos sobrenaturales de las concepciones de Juan el bautista y Jesús de Nazaret. 

DESARROLLO

(a) La «prisa» de María (Lucas 1: 39a)

Lo primero que me llama la atención es la expresión “apresuradamente”, o como se traduce en algunas versiones “a toda prisa”, para hablar del viaje que María emprende para visitar a su pariente Elisabet.  ¿Por qué tanta prisa? Hay dos (2) posibles respuestas a esta salida: la gran posibilidad de que María deseaba confirmar el mensaje del ángel Gabriel (Lucas 1: 36), o que deseaba colaborar con su pariente Elizabeth en su proceso de embarazo, que ya llevaba seis meses, o ambas cosas.

Elisabet, por otro lado, se había ocultado durante cinco (5) meses después de estar embarazada (Lucas 1:24-25).  Este dato es importante porque el embarazo de Elisabet no era conocido por otras personas, lo que indicaría que de ser cierto, el ángel Gabriel fue veraz en su mensaje a María.  

(b) La travesía de María hasta la casa de Zacarías (Lucas 1: 39b-40)

Lo segundo que me sorprende en esta narrativa de Lucas es la mención de lo que parecer ser una larga travesía de María desde Nazaret hasta un lugar desconocido en la Sierra de Judá, donde vivían Zacarías y Elisabet.  Si tomamos literalmente el texto y consideramos la geografía de Palestina del siglo I, este viaje era de más de 120 kilómetros y podía durar cerca de tres (3) días si se tomaba la ruta más corta.

Según Samuel Pagán en su libro, Jesús de Nazaret: vida, enseñanza y significado (2012)[1], existían al menos tres (3) posibles rutas para viajar de Galilea a Judea.  La primera y más directa tenían que pasar desde Galilea por los Montes de Samaria, a través del valle de Esdrelón, hasta llegar a la sierra de Judea. Esta no era la ruta más atractiva para los judíos que habitaban en Galilea, ya que los llevaba por las ciudades samaritanas.  

La segunda y más transitada ruta era por el oeste, junto a la costa del Mediterráneo, llamado la Via Maris, que, sin embargo, era evitada por los judíos de Galilea, porque requería pasar por ciudades paganas griegas y romanas que no eran del agrado de estos, además de ser caminos plagados de asaltantes. 

Así que la tercera y predilectica ruta de los judíos de Galilea era la que se movía cerca del río Jordán, al este de Palestina, es decir por lo que hoy es Transjordania. Este camino los llevaba a Jericó y de ahí a la ciudad de Jerusalén.  Todos estos caminos requerían al menos tres (3) días de camino, y para una mujer soltera de Nazaret representaba una seria dificultad.

Ahora, bien, Raymond Brown[2] nos alerta sobre el uso del término geográfico de Judea en los escritos del Nuevo Testamento y en el historiador Cornelio Tácito (Anales XII, 54). Si comparamos a Lucas 4: 44 y Mc 1: 39 nos percatamos que los términos Judea y Galilea se usan de forma indistinta e intercambiable para referirse al mismo lugar con relación a la acción ministerial de Jesús. También es importante mencionar que el evangelista Lucas combina expresiones del Antiguo Testamento, muy especialmente las narrativas del libro de Samuel (1 Sam. 1:1; 2 Sam. 2: 1), con los relatos de la infancia de Jesús (Lucas 2: 22 24).  Así que el término “región montañosa de Judá” (verso 39) puede ser una expresión de carácter teológico más que geográfico.

(c) La palabra profética de Elizabet (Lucas 1: 41-45)

La visitación comienza en el verso 40, y nos sorprende el relato de Lucas:

Y entrando en casa de Zacarías, saludó a Elisabet.  Cuando Elisabet oyó el saludo de María, aconteció que la criatura saltó de gozo en su vientre, y Elisabet fue llena del Espíritu Santo. (Lc. 1: 40). 

Elisabet recibe la revelación al saltar Juan en el vientre, como queriendo decir Lucas, que el Espíritu Santo que estaba en el no nacido Juan, transmite la revelación a su madre (Lucas 1: 15).  El salto de Juan no fue un mero gesto biológico de un niño en el vientre de su madre, sino la comunicación de una revelación maravillosa (verso 43), que le confirma a María lo dicho por el el Ángel Gabriel (Lucas 1: 31-33).

Lo tercero que me sorprende son las expresiones que por boca de Elisabet son dirigidas a María. En Elisabet se manifiesta el don profético de Juan y declara:

Bendita tu entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Por qué se me concede esto, que la madre de mi Señor venga a mí? … Bienaventurada la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! (Lucas 1: 42-43, 45)

Es importante analizar el uso del griego “eulogệmenos” del verso 42 [3]. Esta expresión “Bendito” en su sentido participial en el verso 42, se refiere a Dios, que debe ser bendecido por los seres humanos.  Cuando por extensión se refiere a un hombre o mujer, lo que significa es que se pide que la bendición de Dios venga sobre él o ella. Esta expresión significa que María ha sido bendecida por Dios en virtud a su acto de fe al concederle a Dios utilizar su persona para traer a su Hijo a este mundo.  Esta bendición a María no la hace superior a otras mujeres, porque en el Antiguo Testamento hubo también mujeres declaradas benditas por sus acciones a favor de Dios (vea la Declaración de Débora a Jael en Jueces 5:24).

Elisabet misma reconoce la participación del nasciturus Juan en las expresiones hechas en el verso 44: «la criatura saltó de alegría en mi vientre», es decir, las expresiones que he hecho son el resultado de la acción del Espíritu Santo en el niño que llevo en mi vientre. Las declaraciones de Elisabet hasta el verso 43, son el cumplimiento de las palabras del ángel a Zacarías.

Lo más significativo es que para el evangelista Lucas, el Espíritu Santo se vale del lenguaje de Elisabet para dar a conocer el mensaje profético de Juan para María, que confirma su embarazo virginal, y a su vez afirma el propósito del embarazo de Elisabet en su vejez y siendo estéril. Esto lo veremos más adelante en toda la narrativa del nacimiento de Jesús (en Simeón, en Lucas 2: 25-35 y en la anciana Ana en Lucas 2: 36).   También en la experiencia de Pentecostés (Hechos 2; 7-11) y en toda la historia de la primera iglesia, Lucas nos presenta al Espíritu Santo en acciones similares (vea Hechos 13: 1-3; 21: 8-11).

(d) El cántico de María (El Magnificat)-Lucas 1: 46-55

46 Entonces dijo María:

Finalmente, María responde a las declaraciones del nasciturus Juan con un hermoso canto tomado por Lucas de la tradición hebrea, y puesto en su boca, y que llamamos el Magnificat:  

«Mi alma glorifica al Señor,
47     y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,
48 porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
49     porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.
    ¡Santo es su nombre!
50 De generación en generación
    se extiende su misericordia a los que le temen.
51 Hizo proezas con su brazo;
    desbarató las intrigas de los soberbios.[a]
52 De sus tronos derrocó a los poderosos,
    mientras que ha exaltado a los humildes.
53 A los hambrientos los colmó de bienes,
    y a los ricos los despidió con las manos vacías.
54-55 Acudió en ayuda de su siervo Israel
    y, cumpliendo su promesa a nuestros padres,
mostró[b] su misericordia a Abraham
    y a su descendencia para siempre».

Lucas 1: 46-55

APLICACION

Este cántico de María es un vivo ejemplo de un salmo que no aparece literalmente en el salterio, pero que era común en la liturgia de Israel. María manifiesta su gratitud a Dios al ser honrada por la portentosa obra de la concepción (versos 46-48), y engrandece a Dios por esta intervención liberadora de Dios en la historia (versos 49-51ª). 

María resalta, por experiencia propia, las misericordias de Dios para con los sencillos y humildes, de la que ella es prototipo.  No hay duda de que Dios rechaza toda soberbia y arrogancia de la gente poderosa (verso 51b-52), y que la respuesta de Dios es contundente, “envió vacíos a los que se enriquecen” con la miseria de los pobres (verso 53).  María se sentía incluida en el plan eterno de salvación de Dios para la humanidad, que había comenzado con Abraham y su descendencia.

¡Ciertamente vale la pena decir que Sí al Dios Eterno!

El relato de Lucas cierra con el regreso de María embarazada a Galilea luego de tres meses de estadía con Elisabet, Zacarías y Juan.  Muchas bendiciones.

Notas


[1] Samuel Pagán. Jesús de Nazaret: vida, enseñanza y significado. (Barcelona: Editorial CLIE, 2012), 49.

[2] Raymond E. Brown. El Nacimiento del Mesías. Comentario a los relatos de la infancia. Traducción de T. Larriba. (Madrid: Ediciones Cristiandad, S.L, 1982), 345.

[3] Ibid.,  346.

4 respuestas a «El valor de un Sí para Dios»

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