El árbitro de mi corazón … Primer mensaje del año

Por Samuel Caraballo-López

Hace unos días mientras miraba un juego de baloncesto entre los <Maverick> de Dallas y los <Thunder> de Oklahoma, me percaté de la importancia de los árbitros en este deporte.  El estelar delantero de los <Thunder>, Paul George había colocado al frente a su equipo, faltando 52 segundos, con dos (2) impresionantes canastos, que parecía sellar la victoria.  Sin embargo, dos (2) faltas personales consecutivas, cantadas por los árbitros al mismo George, hicieron posible que los <Maverick> empataran el juego, y posteriormente obtuvieran la victoria (lo cual me alegró mucho). 

Si miramos objetivamente los videos de las faltas cantadas a George, pienso que no debieron ser consideradas por los árbitros, ya que jugadas similares se habian suscitado durante todo el partido por ambos equipos, sin ningúna sanción.  Sin embargo, los árbitros tomaron la decisión de cantarlas en esos precisos momentos.  Es decir, las decisiones de los árbitros cambiaron por completo los resultados, de tal forma que lo que parecía ser una victoria de los <Thunder>, terminó en una lamentable derrota. ¡Cuán importante es el arbitraje en el deporte! 

Esta acción del arbitraje me demostró lo medular de las decisiones que toman estos, y que en ocasiones determinan la victoria o derrota de los contendientes. ¿Qué realmente es un árbitro y cuál es su importancia en el deporte? En el terreno del deporte, un árbitro es una persona cuya tarea consiste en aplicar el reglamento mientras se desarrolla un partido, un evento o una prueba, sancionando, si fuese necesario, al infractor y otorgando validez a los resultados que él o un panel de jueces dictamina. Es importante recalcar que el árbitro o los árbitros son parte inseparable de la actividad deportiva que se celebra, y sus apreciaciones y decisiones son las que van a determinar, acertada o desacertadamente, el resultado.

El escritor de los Colosenses usa esta metáfora del arbitraje para exhortar a los creyentes a afirmar su identidad cristiana en todo tiempo y circunstancias. Un elemento distintivo de la fe cristiana es la renuncia deliberada a la violencia (Romanos 12: 17-21), dejando que la paz del Mesías “insufle” todo la vida interna o externa del discípulo (Fil. 4: 7; Romanos 12: 18).  De hecho, la paz con Dios es un regalo hecho a nuestros corazones al ser declarados justos mediante la fe en Jesucristo (Romanos 5: 1).  El decreto del perdón y la absolución que Dios nos ha otorgado por medio del sacrificio de Jesucristo ha insertado la paz del Mesías en nuestros corazones.  Jesús nos habló de este regalo:

“Paz os dejo, mi paz os doy. Yo os la doy no como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.” (Juan 14: 27)

El escritor de los Colosenses nos dice literalmente: «Y la paz (εἰρήνη {eirene}) del Mesías sea árbitro (βραβευετω {brabeueto}) en vuestros corazones,» (Colosenses 3: 15, BTX 2010).  Si la paz de Cristo es el árbitro en nuestro corazón, entonces, cuando tengamos que tomar decisiones y los sentimientos estén en conflicto, Cristo nos mantendrá en el camino del amor, y nos alineará con los propósitos y la voluntad a la que hemos sido llamados. El camino del recto proceder es hacer de la Paz de Cristo el árbitro entre las emociones conflictivas que todavía habitan en nuestro corazón para no errar (Hebreos 12:14).

Ahora bien, hay una dimensión social ineludible en la metáfora utilizada por el escritor de Colosenses, y creo que éste es el énfasis en el texto.  La expresión “a lo cual fuisteis llamados en un solo cuerpo”, expresa al creyente que solo cuando hemos tomado la decisión de permitir a la paz de Cristo que sea el árbitro en nuestros corazones podremos vivir en verdadera armonía como iglesia del Señor. Si hay algo que debe distinguir a un cristiano es su actitud de propiciador de la paz en todo lo que emprende y dondequiera esté (Mateo 5: 9 (vea el término eirenopoioi—“los que se esfuerzan en pro de la paz”; 1 Corintios 7:15).

Cuando Dios por medio de Jesucristo saca a los hombres de las “tinieblas” a Su luz, los creyentes no son “extraídos” de su medio ambiente como ostras recogidas de la playa. Al contrario, fueron llamados como un cuerpo, como una entidad corporativa “en Cristo” en medio del contexto social en que se encuentran (Juan 17:15). En el llamado a servir a Cristo, hay incluido un llamado a fomentar la unidad de este cuerpo que llamamos la iglesia y a ser solidarios con el mundo en que nos encontramos, propiciando así la misión de Dios. Ahora bien, sólo se puede alcanzar este fin si la paz de Cristo es árbitro en cada corazón fomentando la unidad y el compañerismo entre los creyentes.

Por lo tanto, cada individuo debe preguntarse constantemente, “¿Fomenta esta expresión o acción la paz en la comunidad de la cual soy parte? La persona debe estar segura de que la paz de Cristo será el árbitro que nos guía en las relaciones con nuestros hermanos (vea Santiago 4:1). Esa paz siempre es contraria a cualquier intención egoísta que pueda “pulular” en la vida de la iglesia.

El texto de Colosenses 3: 15 hace mención del privilegio y el deber de ser agradecido, mencionado en toda la epístola (1:3, 12; 2:7; 3:15, 16, 17; 4:2). La gratitud es un contribuyente fiel a la paz, y fomenta excelentes relaciones humanas y por ende a una proyección pública adecuada de la iglesia. Cuando una persona se siente ricamente bendecida y realmente valora ardiente y profundamente los beneficios que ha recibido de Dios difícilmente deseará para sí la riqueza, recursos y talentos de otros.

Ciertamente la gratitud promueve la paz. Son tantos los beneficios que hemos recibido por medio del sacrificio de Jesucristo que estamos obligados a continuamente mencionar algunos. Entre estos está en primer lugar, y en ocasiones ignorado, que “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (3: 3). Al recibir por la fe a Jesucristo y comprometernos con su muerte, “perdemos” nuestra vida, según los criterios del mundo, y recibimos la vida eterna, que es indestructible. El Espíritu Santo ha sembrado en vuestros corazones la semilla de la nueva vida (Juan 3: 3, 5), donde esta incluida la paz del Mesías.

En segundo lugar, hemos recibido el perdón y la absolución de nuestros pecados (2: 13), y diariamente experimentamos por su gracia y su palabra una continua renovación mental y espiritual que nos lleva hacia la plenitud. La plenitud cristiana se distingue por una vida en la que hemos adoptado la Paz del Mesías como árbitro de nuestro corazón, produciendo acciones de justicia y santidad (3: 10-11; Efesios 4: 24; Romanos 14: 17).

Comenzando este nuevo año tomemos la decisión de que la paz del Mesías arbitre todo nuestro lenguaje y acciones.  Estoy seguro de que un cambio radical ocurrirá en todas las relaciones, y por supuesto en todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo. 

Muchas bendiciones.

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