Y nosotros ¿Qué debemos hacer?

Por Samuel Caraballo-López

INTRODUCCION

Uno de los requisitos para que una persona pueda afiliarse a una comunidad cristiana es el arrepentimiento de sus pecados y el ser bautizado conforme al rito particular de la organización a la que se une.  Sepan mis lectores que ni en los Evangelios, ni en los discursos de Jesús, ni en las Cartas Paulinas o Deuteropaulinas, y mucho menos en las Cartas universales se reconoce como función principal del arrepentimiento y el bautismo servir de requisitos para la membrecía de una iglesia. De hecho, cuando se enfatiza que estas prácticas son para hacerse miembro “bona fide” de una congregación, se adultera el significado primario del arrepentimiento y al bautismo cristiano.

DESARROLLO

En el evangelio de Lucas 3: 15-17; 21-22, lectura asignada en el calendario eclesiástico para este primer domingo después de epifanía, se presenta el arrepentimiento y el bautismo como requisito, y capacitación simultánea para una vida en el Espíritu.  Es el Espíritu quien nos infunde poder para manifestar los signos y cualidades del reino de Dios en nuestra vida y entorno cotidiano:

“Jesús fue bautizado, y mientras oraba, fue abierto el cielo, y descendió el Espíritu Santo sobre El en forma corporal como paloma…” (verso 22ª)

El bautismo de Jesús se presenta en los cuatro Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, en formas diversas. En el Evangelio de Marcos, aparece en el primer capítulo, sin muchas explicaciones, pero vinculado a la apertura del cielo y el descenso del Espíritu sobre Jesús (1: 9-11). El distintivo de Jesús en este evangelio es su poder para bautizar con el Espíritu Santo (Marcos 1:8).

En el Evangelio de Juan, aunque no se menciona el evento del bautismo, Juan el bautista habla del descenso del Espíritu sobre Jesús (1: 32-34). En Mateo, en el bautismo de Jesús, Dios mismo confirma el mensaje revolucionario sobre Su justicia, que ya Juan estaba proclamando (3; 13-15). 

En Lucas, según la redacción de la narrativa, al parecer no es Juan el que bautiza a Jesús, porque ya estaba preso (3: 20), sino el mismo Espíritu Santo lo hace (3: 21-22).   En los Hechos de los Apóstoles es Pedro, en su discurso en la casa de Cornelio, que nos habla de cómo Jesús después del bautismo de Juan, es ungido por el Espíritu Santo para hacer el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él (Hechos 10: 37-38). En todas las narrativas sobre el bautismo de Jesús, la persona del Espíritu Santo está presente, por lo tanto, es la clave para entender el bautismo cristiano. 

Ahora bien, es importante clarificar en qué consistía este bautismo de arrepentimiento que Juan proclamaba.  En el primer siglo el bautismo era parte de los ritos de purificación, especialmente cuando un gentil se convertía al judaísmo.  Sin embargo, esta ceremonia de bautismo celebrada por Juan en el desierto de Judea hablaba del arrepentimiento como la condición sobre la cual Dios perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, sin que necesariamente medie el sistema de sacrificios del segundo templo de Jerusalén (Mateo 3: 5-6).  Esto por sí mismo es un desafío al “status quo” y anticipaba un orden nuevo.

El arrepentimiento es el reconocimiento, por medio de la confesión pública, de los pecados cometidos (Mateo 3: 6), y la solicitud a Dios de su perdón.  Es también un reclamo por un nuevo orden, que comienza con uno mismo, que contrarreste el caos existente. Por otro lado, el bautismo es el rito que marca el inicio a ese orden nuevo donde Jesús es el Señor y Salvador.

El arrepentimiento, es, además, un grito de protesta de que la vida que se vive bajo las condiciones de este sistema caótico es inaceptable para Dios y para nuestra felicidad y la de los demás.  Para mí, el arrepentimiento es la demostración más dramática de la insatisfacción humana, que reconoce el fracaso de los esfuerzos propios para alcanzar la felicidad y plenitud existencial.  Arrepentirse es aceptar públicamente que hemos fracasado como forjadores de nuestra propia misión, propósitos y destino. 

APLICACION

Es necesario que entendamos que el arrepentimiento no es suficiente para cambiar. Dada esta realidad, Juan el bautista vincula al que ha de venir después de él, con el mensaje del Profeta Isaías (11:1-8):

Y sobre El reposará el Espíritu de YHVH; Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de poder, Espíritu de conocimiento y de temor a YHVH. (verso 2)

Ese Espíritu que reposó permanente en Jesús, es compartido en el bautismo evocando una Nueva Alianza, en la que podamos vivir nuestra humanidad bajo la voluntad de Dios (Gálatas 2, 20).   El profeta Ezequiel, siglos atrás, había anticipado este Nuevo Orden (Ezequiel 36: 26-27) que ahora Dios declara a Jesús su Hijo amado como el iniciador del mismo:

… y surgió una voz del cielo: “Tu eres mi Hijo amado, en ti hallo mi complacencia.” (Lucas 3: 22b)

Ahora bien, los frutos dignos de arrepentimiento, a los que Juan el bautista nos invita (Mateo 3: 8), no pueden ser producidos por un mensaje profético que denuncie el pecado y la injusticia.  Creo que este ha sido el error de muchos, creer que con la denuncia profética se resuelve el problema del país o de los individuos. Nosotros, al igual que Juan el Bautista, podemos denunciar el pecado social e individual, e inclusive hacer consciente a los pueblos e individuo que sus caminos están equivocados, pero solo el Espíritu Santo que es impartido por Jesús puede iniciar en nosotros el cambio que nos lleve a vivir vidas congruentes con el arrepentimiento, que hemos declarado.

La expresión de Juan: “Yo a la verdad os bautizo con agua; pero viene uno más poderosos que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lucas 3: 16), establece la tónica para la transformación de pueblos e individuos. Solo la intervención del Espíritu de Dios en nuestra vida puede producir, en respuesta a nuestro arrepentimiento, la transformación que manifieste acciones congruentes con el orden divino.   Solo el Espíritu Santo puede superar la barrera del “dicho” al “hecho”.

En este primer domingo después de epifanía, Jesús nos invita a abrirnos al poder que emana de su Espíritu Santo, para que su fuego consumidor queme nuestros labios pecaminosos y suelde la fragmentación del corazón.  ¡Que el Espíritu tome nuestros recuerdos producto de las experiencias pasadas y haga “composta” con ellos para que abone el nuevo conocimiento del Señor y alimente todo nuestro ser; espíritu, alma y cuerpo!  Muchas bendiciones.

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