¡Detente! No me cortes …

Por Samuel Caraballo-López

El texto del 24 de enero de 2019, tercer domingo de cuaresma, lo encontramos en el Evangelio según Lucas 13: 1-9.  Este pasaje de Lucas hay que mirarlo en el contexto del capítulo anterior (12: 1-13:9).

Alguien de la multitud (12:1) que caminaba hacia Jerusalén le cuenta a Jesús el evento de los galileos cuya sangre Pilato mezcló con los sacrificios que estos celebraban en Jerusalén. Explicado con sencillez unos galileos vinieron al templo a hacer sus sacrificios, y los soldados de Pilato los masacraron en ese santo lugar. Pilato no respetó ni siquiera el templo santo de Jerusalén para asesinar a aquellos galileos por la razón que fuese.  

No sabemos la intención de la narración de dicho evento, pero pudo haber tenido varios propósitos.  Si el relato lo habían contado algún fariseo que estaba entre la multitud, pudo ser una advertencia a Jesús de lo que le podía ocurrir al llegar a Jerusalén, dado el odio de Pilato hacia Galilea, por ser uno de los lugares donde mayores revueltas ocurrían contra los romanos.

Por otro lado, el relato pudo haber tenido la intención de vincular el padecimiento de los galileos por Pilato, como una forma de probar la postura ideológica de Jesús, a favor de los romanos o a favor de su pueblo.  Sin embargo, por la contestación que de Jesús parece ser que los que narran la situación quieren vincular la rudeza del juicio de Pilato con la calidad de la vida de los galileos.  Es decir, un castigo tan cruento como el ocurrido a los galileos era indicativo de que la vida de ellos estaba llena de pecado e iniquidad.

“Y respondiendo, les dijo: ¿Pensáis que esos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más “pecadores” (amartolós) que los demás galileos? NO, os digo.  Antes, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente (verso 2- 3).

Se lee entrelineas la intención de autojustificación de los presentes, y la acusación a los galileos de ser responsable de la espantosa muerte que les aconteció.  Ellos se merecían esa muerte por la vida que vivieron.  La idea de que el desastre solo le puede ocurrir a aquellos que se lo merecen es desmentida por Jesús.  Jesús les dice, todos se merecen la muerte, porque nadie puede justificarse ante Dios:

No por ser galileos, sino porque todos somos pecadores. La teoría de que aquellos que son víctimas de calamidades se debe a que son más pecadores que los que no las reciben es desmentida por Jesús.   Cada ser humano en virtud de su pecado e iniquidad merece la muerte.  Solo la misericordia soberana de Dios nos permite seguir vivos a pesar de nuestra pecaminosidad. Ahora bien, la misericordia soberana de Dios no cancela su juicio.

… ¿pensáis que ellos fueron más “culpables” que todos los hombres que habitan en Jerusalén? No, os digo. Antes bien, si no os arrepentís, todos pereceréis del mismo modo (verso 4-5).

Es importante que Jesús corrige esta teoría farisea, añadiendo el relato ocurrido en Jerusalén sobre 18 judíos sobre los cuales cayó la torre de Siloé, y los mató.  Jesús repite la misma pregunta y respuesta anterior añadiendo el concepto de culpa (ofeiletes) al referirse a los judíos: 

Es decir, ni los galileos por ser galileos, ni los judíos por ser judíos están exento de desgracias.  Todos los seres humanos están bajo el juicio divino y le es requerido arrepentimiento.

Ninguno de las dos catástrofes narradas en el pasaje bíblico fueron consecuencias de la vida moral o espiritual de los afectados.  No se puede juzgar la integridad de una persona por la forma en que muere.  La teoría judía de que las formas violentas de morir correspondían a severos castigos divinos por los pecados groseros cometidos contra Dios es falsa.   Si así hubiese sido todos los profetas que murieron violentamente hubiesen sido calificados como promiscuos o réprobos delante de Dios.  La explicación que se da en Isaías sobre la calamidad del Siervo como un evento vicario es importante considerarla y lo haremos en otra ocasión (ver Isaías 53: 4ss).

Jesús también narró una parábola sobre una higuera que había sido plantada en una viña, y el dueño fue a buscar fruto en ella (versos 6-9).  Ya habían pasado los tres años reglamentados por Levíticos 19: 23-25 para cosechar los frutos, sin embargo, al ir a buscar los frutos entre las hojas, ésta carecía de los mismos.  Así que el veredicto es cortar la higuera (verso 7).  Sin embargo, el viñador pide una extensión de tiempo para cavar a su alrededor y abonarla. El juicio estaba establecido, si no…la cortarás (verso 9).  La enseñanza de Jesús es que debemos arrepentirnos y dar frutos como evidencia de un auténtico oír de la Palabra de Dios.  Es cierto que el arrepentirnos y dar frutos dignos de ese arrepentimiento no nos exime de las catástrofes humanas, solo la misericordia de Dios lo puede hacer.

El texto de este domingo nos invita a examinar nuestra propia vida e identificar las áreas en las que necesitamos conversión mientras hay tiempo (Isaías 55:6). Dios es paciente con cada uno de nosotros (2Pedro 3: 9), y hace más de lo necesario para animarnos a arrepentirnos y a llevar frutos tangibles (Mateo 3: 7-10). Dios como el Creador, tiene todo el derecho a cortarnos, pero su misericordia nos ha dejado en pie con la esperanza que nos arrepintamos y llevemos fruto.  ¿Qué frutos Jesús espera de nosotros? 

En Mateo 25: 34-35, se exhorta a la iglesia a cultivar esos frutos tangibles y concretos que Dios espera de nosotros:

“Entonces dirá el Rey a los de la derecha: ¡Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo! Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui forastero y me acogiste, desnudo, y me cubristeis; estuve enfermos y me visitasteis; estaba en prisión y vinisteis a mí.”

Hay varias preguntas que debemos hacernos luego de leer el texto de este domingo, ¿Estoy ocupando un espacio en la tierra de Dios carente de productividad o estoy dando fruto para su gloria?

Jesús nos dice que el arrepentimiento (metanéo), es el producto de la convicción de pecado que el Espíritu Santo produce en mí e implica el reconocimiento y aceptación que mis actitudes y la manera de vivir no corresponde con la que Dios nos ha enseñado y por lo tanto decido cambiar. El cambio de mente y de camino traerá nuevas acciones de justicia que correspondan a aquellas que Dios ha establecido para nosotros.  El escritor de los Efesios lo resume en los siguientes textos:

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no es de vosotros, es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe; porque somo hechura suya, creados en Jesús el Mesías para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios 2: 8-10).

Muchas bendiciones,

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