El regreso de la “gloria”: Jesús entra a Jerusalén

Por Samuel Caraballo-López

Introducción

Este domingo 14 de abril, llamado  de palmas, comienza la Semana más importante en la vida de Jesús.  De hecho, es esta semana la que catapulta a Jesús a nivel universal.  Si no hubiesen ocurrido los eventos de esta semana, es posible que Jesús hubiese permanecido como un profeta anónimo de Galilea, que aspiraba a ser el Mesías prometido, pero que fracasó como otros en su intento.

 Los relatos que consideraremos durante estos días son el producto del manejo de las fuentes disponibles que tuvieron nuestros cuatro evangelistas (Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Cada evangelista organizó los materiales al servicio de una diferente presentación de la pasión, que respondía principalmente a su teología y contexto.

Dada las riquezas contenidas en estas narrativas de la Pasión es imperativo que sean estudiadas y predicadas una y otra vez, siempre encontrando nuevas aplicaciones que enriquecen nuestro acervo teológico y devocional.

Durante estos días que estaré enfocando mi reflexión en los relatos del evangelista Lucas sobre la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús.  Así que mis contenidos estarán sostenidos en la particularidad de este tercer evangelio, que para mí representa la forma en que mejor se organizaron las diversas tradiciones sobre Jesús.  Confío que este escrito traiga bendición y afirmación de la fe de la iglesia en esta hora crucial en la vida de esta bendita tierra.

Desarrollo

En el evangelio de Lucas hay cuatro (4) declaraciones en la que Jesús expresa su visión sobre Jerusalén y su liderazgo, y que a mí me conmueven. La primera aparece en Lucas 11: 52:

¡Ay de vosotros, los doctores de la Ley! Porque habéis quitado la llave del conocimiento, vosotros mismos no entráis, e impedís a los que están entrando.

Temprano en su ministerio, Jesús había advertido sobre la necesidad de arrepentimiento de los líderes religiosos de Jerusalén, porque le habían “quitado la llave del conocimiento” al pueblo, no entrando ellos e impidiendo que otros conozcan a Dios, el Padre y a su hijo Jesús. Estas palabras de alerta para Jerusalén y su liderato explican las causas de la censura y juicio que les espera.  De hecho, las palabras de Jesús anticipan que las posibilidades de reforma parecen ser cosa del pasado.

La segunda expresión de Jesús aparece en Lucas 13: 34-35

¡Jerusalem, Jerusalem, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajos sus alas, y no quisisteis! He aquí vuestra casa os es dejada desierta, y os digo que no me veréis hasta que digáis, ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Jesús vincula la historia pasada de Israel con los actuales líderes de Jerusalén.  Su rebeldía y orgullo los llevan a rechazar el cuidado y bienestar de Dios, que ahora se manifiesta por el envío de su Hijo.  El desastre para Jerusalén y su templo, antigua morada de Dios, es irreversible.  Solo el arrepentimiento podría detener la desgracia que se aproxima.

La cuarta expresión Jesús la hace camino a su crucifixión y la dirige a las personas que lloran por  su trágico final:

Y le seguían mucha gente del pueblo, y de mujeres que lamentaban y lloraban por El. Pero Jesús, volviéndose a ellas, dijo: Hijas de Jerusalem, no lloréis por mí, llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos: porque he aquí vienen días en los cuales dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no amamantaron.  Entonces comenzarán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y los collados: ¡Cubridnos!  Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, en el seco, ¿qué no se hará? (Lucas 23: 27-31)

Jesús les habla claro, si Dios, su Padre no lo libra de esta hora, siendo inocente; cuanto más sufrirá un judaísmo impenitente las consecuencias del juicio divino. El rechazo al Mesías enviado por Dios, y que es la gloria misma de Dios (Hebreos  1:1-3), acarreaba consecuencias funestas para la ciudad de Jerusalén y su liderato. El caos se adueñaría de la ciudad, y la paz se ausentaría de sus calles y barrios.  Jerusalén había sentenciado su futuro al desastre al rechazar al Hijo mismo de Dios.

Y dejando la tercera expresión para el final es la que aparece en el cierre de esta entrada de Jesús hasta el templo de Jerusalén:

¡Oh si tu hubieras conocido, siquiera en este día, lo conducente a la paz! Pero ahora está encubierto de tus ojos.  Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos levantarán torres de asedio contra ti, y te rodearan por todos lados, y te arrasarán con tus hijos dentro de ti, y no dejaran en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación (19: 42-44).

Jerusalén no discernió el tiempo de la visitación de la gloria de Dios, produciendo esto su fracaso total, que se concretiza en el año 70 d.C, con la destrucción de la ciudad y el templo por el General Tito Flavio Vespasiano. El hecho de que Lucas presenta a Jesús llorando por Jerusalén, es una indicación de que los cristianos no debemos alegrarnos de la destrucción y la desgracia de los pueblos o de las personas, aun cuando esto sea consecuencia directa de sus actos o prácticas.  Una actitud de misericordia y perdón debe adornar todos nuestros pensamientos y discursos, sin que esto signifique apoyo a la impunidad.  No hay duda de que dondequiera que haya destrucción, matanzas, torturas, los cristianos seguiremos llorando, y levantando nuestras voces para denunciar, anunciar y afirmar.  La comunidad de los discípulos es comunidad que denuncia el pecado, anuncia la esperanza y afirma la liberación frente a las atrocidades que amenazan la raza humana.

Lo que está ocurriendo en esta escena de la entrada de Jesús tiene repercusiones para toda la vida y futuro de Jerusalem y sus residentes.

La invitación de Jesús a Jerusalén para que reconozca “el tiempo de su visitación”, es la misma para nosotros y nuestro pueblo hoy.  Si el desastre de Jerusalén, testificado por las piedras y escombros de la ciudad, fue provocado por no haber reconocido lo que le podría traer la paz, entonces, pidamos a Jesús que abra nuestros ojos para que podamos percatarnos de cada visitación que Dios hace a nuestra vida y a nuestro pueblo.  

Aplicación

Un cuarto asunto que requiere nuestro análisis es la mención que Lucas hace del Monte de los Olivos (versos 29, 37). El viaje de Jesús a Jerusalén comenzó en Lucas 9: 51 y se extiende hasta el capítulo 24: 51, donde tendrá lugar desde el Monte de los Olivos su ascensión al cielo (Hechos 1, 12).  Jesús entra a Jerusalén pocos días antes de la Pascua. En la secuencia de la entrada a Jerusalén, Lucas sigue el relato de Marcos (11: 1-10), pero cambia el tema del entusiasmo con la llegada del reino (Marcos 11: 10), por la alabanza de Jesús como rey por parte de sus discípulos (19: 38), y que discutiremos más adelante.

Jesús se aproxima desde el Monte de los Olivos a Jerusalén evocando el retorno de la Gloria de YHVH a la santa ciudad y al templo en actitud de paz, simbolizada por el pollino que le sirve de cabalgadura y utilizando la referencia de Zacarías 9: 9-10:

“¡Alégrate mucho, capital de Sion! ¡Da voces de júbilo, ciudad de Jerusalén! Mira a tu rey llegando, justo y victorioso, Humilde, montado en un asno, en una cría de asna. Haré cortar el carro de en medio de Efraín y la cabalgadura dentro de Jerusalén.  El arco de guerra será quebrado, Porque El hablará paz en las naciones; Su imperio será de mar a mar, y desde el rio hasta los confines de la tierra.”

Según el profeta Ezequiel, Dios había abandonado el templo de Salomón debido a la idolatría, la injusticia y la violencia que se había adueñado del mismo (Ezequiel 8:3ss).  El caos dominaba a Jerusalén bajo el reinado de Sedequías, y anticipaba la destrucción de la ciudad y el templo.  El profeta Ezequiel deportado a Babilonia, junto al rey Joaquín en el año 597 A.C, es cuestionado por los ancianos de Juda, igualmente deportados, sobre el por qué YHVH no había defendido el templo y la ciudad, el cual era su morada (Ezequiel 8: 1).

El profeta Ezequiel es tomado por el Espíritu y llevado en una experiencia de traslado (trasporte extático) al templo de Jerusalén para que el viera las razones del abandono de YHVH del templo y la ciudad (Ezequiel 8, 3). Mientras el profeta está en su éxtasis va contando a los ancianos de Judá lo que está viendo en las recamaras del templo.  Primero ve una imagen a la entrada de la puerta que da al norte, posiblemente de la diosa Astarté o quizás una representación de YHVH (Ezequiel 8: 5), violentando la ordenanza de Éxodo 20:4  y Deuteronomio 5: 8.

Segundo, Ezequiel contempla en su visión a 70 ancianos, representantes de la clase gobernante de Israel, que externamente parecen adorar a YHVH pero en sus decisiones privadas rinden culto a otros dioses (8,12).  La fe Yahvista ha desaparecido de la palestra pública de Israel, el caos prevalece.

La tercera visión de Ezequiel ocurre  en la puerta norte de la Casa de Dios.  Las mujeres de Judá, en un acto idolátrico están plañendo por el dios Tammuz, un dios del panteón sumerio-acadio, vinculado a Baal (Ezequiel 8, 14).  El rito del llanto era parte de su proceso cúltico y que evocaba el mito relacionado a dicho dios.

La cuarta visión del Profeta Ezequiel ocurre  en el patio interior del templo, entre el pórtico y el altar.  Ezequiel  ve 25 varones de espaldas al templo con sus rostros hacia el oriente, postrados adorando al sol.  ¡El resultado de esa conducta de rechazo a YHVH por medio de la idolatría era una provocación que rayaba en la abominación y que irritaba al Dios de Israel!

“Y me dijo: ¿Has visto hijo de hombre? ¿Le parece poco a la casa de Judá cometer las abominaciones que cometen aquí? Porque después de llenar el país de violencia, ¡he aquí, ponen la rama (estaca en forma de falo utilizada en el culto a Astarté) ante mis narices!” (Ezequiel 8:17).

Frente a esta realidad de ofensa y desafío del pueblo a Dios, Su gloria abandona el templo montada en el carro de los querubines, y se ubica sobre el Monte de los Olivos en actitud de espera y vigilancia:

“Y la gloria de YHVH se elevó de en medio de la ciudad, y se posó sobre el monte que está al oriente de la ciudad” (11: 23).

Para afirmar las intenciones de Jesús como rey, Lucas nos narra que, en la cercanía del Monte de los Olivos, Jesús, afirmando su realeza y soberanía, envía a sus discípulos a buscar un pollino de asno, en el cual nadie se había sentado (19: 29).  Cercano a la bajada del Monte de los Olivos (19: 37), Jesús es montado sobre el pollino, y mientras avanzaba, sus discípulos tendían sus mantos en el camino en señal de reverencia.  Es a partir de ese momento que un espíritu de alabanza y regocijo se manifiesta en toda la multitud: 

Cuando ya se acercaba a la bajada del monte de los olivos, toda la multitud de los discípulos, se regocijaron y comenzaron a alabar a Dios a gran voz por todos los milagros que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo, y gloria en las alturas! (Lucas 19: 37-38).

Es notable la mención repetitiva que Lucas hace del Monte de los Olivos (19: 29, 37; 22: 39; Hechos 1: 12), conectado nuevamente a la tradición de Ezequiel (8:1-11:23),  y Zacarías 14: 4.  Fue al Monte de los Olivos donde la Gloria de Dios se posa luego de su abandono del templo y la ciudad de Jerusalén, y que según la tradición de Zacarías es en este Monte en el cual Dios pondría sus pies y este se partiría por el medio, quedando un gran valle del levante al poniente de Jerusalén.  En ese evento ocurriría la manifestación de YVHV con todos sus santos (Zac. 14: 5).

Es en la bajada del Monte de los Olivos que la caravana de Jesús hacia Jerusalén se convierte en un desfile de celebración (verso 37). La gloria de YHVH se posa sobre Jesús (Hebreos 1: 2-3),  y  entra nuevamente a la ciudad que había abandonado. Utilizando el Salmo 118: 26, y añadiendo a este la frase “el rey”, Lucas nos narra las alabanzas de sus discípulos:

“¡Bendito “el rey” que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”

¿Reconocerá Jerusalén a su Dios, y volverá a darle el lugar especial en su casa?  La realidad se verá durante esta última semana en Jerusalén.  Observemos que, según Lucas, de inmediato al entrar Jesús expulsó a los mercaderes del templo y comenzó a enseñar a pueblo cada día en el templo.  La gloria de YHVH regresó a su Casa: Y mi casa será Casa de oración, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones (Lucas 19: 46).  Muchas bendiciones.

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