UNA ACTITUD QUE BENDICE

Por Samuel Caraballo López

Hay un principio, algunas veces olvidado, que puede hacer la diferencia entre tener un ministerio bendecido o fracasado.  Consideremos el siguiente principio: todos podemos adorar y servir al Señor, pero siempre de acuerdo con lo que Dios ha revelado, y dentro de los límites del poder y autoridad que Dios ha concedido.

Un ejemplo que ilustra el siguiente principio lo encontramos en la Biblia Hebrea en el libro de 2 Crónicas 26: 1-23. Las Sagradas Escrituras nos hablan de la actitud del rey Uzías, llamado también Azarías (2 Reyes 15: 1ss),  y  los resultados de ésta en su vida personal.

Uzías, comenzó a reinar a los 16 años. Le tocó sustituir a su padre Amasías, el cual había sido asesinado en una conspiración. Su reinado fue prolongado, 52 años. En el inicio de su gobierno se esmeró en hacer lo que agradaba al Señor.

Su reinado se distinguió por significativas victorias militares y el desarrollo de grandes proyectos de seguridad nacional. Desarrolló uno de los ejércitos más poderosos y mejor entrenados que tuvo Judá en toda su historia. Desarrolló una amplia tecnología militar que le daba ventaja sobre otros ejércitos de la región. Equipó a su ejército con los últimos artefactos en el mundo militar, levantando la estima de estos soldados. Expandió su territorio, ganando fama como excelente estratega y rey juicioso. Logró hacer de muchos pueblos sus tributarios, lo que enriqueció las arcas públicas y que a su vez le permitieron desarrollar la infraestructura de Judá.

Estableció, Uzias, una amplia industria ganadera en regiones inhóspitas proveyendo el agua necesaria, por medio de pozos en el desierto, expandió y modernizó toda la tecnología agrícola de Judá. Definitivamente llevó a cabo con excelencia la gestión pública esperada.

Un rey con tantos atributos, ¿cómo cayó en la página de Cheo? El problema de Uzías fue que, al aumentar su poder, la arrogancia se apoderó de su alma. Esta arrogancia lo lleva a intentar quemar sacrificios a Dios, junto con los sacerdotes oficiales de Judá.

Si hubo algo distintivo de la religión yahvista fue la estructuración del sacerdocio por el rey David (1 Crónicas 23 -24).  Esta estructuración davídica del sacerdocio afirmaba el principio del sacerdocio hereditario, a diferencia de los profetas, cuya vocación no dependía de su origen familiar.  Es importante mencionar que al principio de la monarquía los reyes ofrecían sacrificios (2 Samuel 6: 12-19; 24: 25), sin embargo, luego de la construcción del templo, esta labor se delegó totalmente a los sacerdotes debidamente certificados.

El rey Uzías no solo quería ser el líder político de Judá, sino también su líder religioso como lo había sido el rey David. Él había tenido tantos logros en la ejecución de su poder político, que entendía que su ejecución comparaba o superaba al rey David, y por lo tanto se había ganado el privilegio de quemar incienso en el templo del Señor, demostrando su autoridad suprema sobre todos sus súbditos.

Uzías asumió que, si Dios le había dado tantas victorias, honor y fama, ¿Acaso no podía el también retornar a la época más gloriosa de Israel en la que el rey ministraba como sacerdote? Esta actitud arrogante de Uzías le trae un fuerte enfrentamiento con los sacerdotes de Jerusalem y su posterior expulsión del templo. Uzías intenta usurpar un lugar que no le corresponde. La época en que los líderes políticos ministraban los sacrificios a YHVH había pasado, y los sacerdotes, hijos de Aarón,  eran los únicos certificados a celebrar el culto yahvista en representación del pueblo. Las siguientes expresiones de los sacerdotes del Señor, registradas por el Cronista, demuestran la lucha y firmeza de estos líderes valientes:

“No corresponde a Su Majestad quemar el incienso al Señor. Esta es función de los sacerdotes descendientes de Aarón, pues son ellos los que están consagrados para quemar incienso. Salga usted ahora mismo del santuario, pues ha pecado, y así Dios el Señor no va a honrarlo.” (2 Crónicas 26: 18).

Al ver Uzías esta resistencia por parte de aquellos que habían recibido la encomienda de velar por la pureza del culto a YHVH, se enfurece, y su furor se convierte en lepra. La pregunta obligada es, ¿podemos ministrar a Dios a nuestra manera y bajo nuestras propias condiciones? Si otros lo pueden hacer, ¿por qué yo no? ¿Es que acaso no soy tan bueno como ellos?

Es bueno clarificar que la eficacia del servicio cristiano no se da por los méritos del que lo hace, ni por los deseos propios, sino que depende del propósito divino para su pueblo. ¿A qué Dios me llamó en este momento de la historia? Los sacerdotes lo expresan claramente, “esta función es de los sacerdotes descendientes de Aarón, pues son ellos los que están consagrados…”

Lamentablemente para Uzías, no eran sus caprichos los que habrían de prevalecer, sino lo que Dios había establecido. Uzías se enojó fuertemente frente a esta noble resistencia de los sacerdotes y pagó muy caro su atrevimiento, su servicio fue rechazado y todo culminó en un desastre para él y su reinado. El servicio a Dios que proviene de nuestro capricho y de acuerdo con criterios particulares, no agrada a Dios porque su intención es ganar gloria para él que lo realiza.

El apóstol Pedro con lenguaje cristiano nos ilustra de manera clara lo antes expuesto:

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos, Amen” (1 Pedro 4: 10-11).

Me llama mucho la atención en este verso que el Apóstol Pedro, establece la forma correcta de ejercer los ministerios de los creyentes: “Si alguno habla”… aquellos que tienen como ministerio la proclamación de las verdades de Dios, sea a través de la predicación, enseñanza, por la exhortación o profecía…deben ajustar su mensaje a lo que Dios ha revelado por medio de Jesucristo en las Sagradas Escrituras. El mensajero no puede actuar por capricho propio y mucho menos fuera de la palabra revelada de Dios. No hay duda de que Pedro nos está hablando del control de calidad en el ejercicio de los ministerios de la Iglesia. En su segundo ejemplo, afirma lo antes expuesto…”Si alguno ministra”…Si alguien está ejerciendo su ministerio y está impartiendo a la iglesia aquello que Dios le ha dado para impartir, tiene que mantener un control de calidad…Se ministra dentro del poder y autoridad que Dios da.

Es decir, el servidor de Jesucristo no puede traspasar  los límites que Dios ha establecido. No podemos ir más allá de las fronteras que Dios ha delimitado. No podemos prometer lo que Dios no ha prometido, no podemos hablar lo que Dios no ha hablado. Dios solo es glorificado cuando hacemos lo que hemos de hacer en acuerdo con la voluntad que Dios ha revelado en Jesucristo, y dentro de los recursos que Dios ha dado por medio de su Espíritu para dicha ministración. Hacerlo de otra forma, nos convierte a nosotros en los “creadores” de la palabra y los protagonistas  de la ministración, dejando al Espíritu Santo fuera de la ecuación y, por lo tanto, glorificándonos a nosotros mismos en lugar de a Dios.

El propósito del servicio cristiano es que Dios sea glorificado. Dios recibe la gloria, cuando lo que expresamos con nuestros labios está de acuerdo con Su Palabra, y nuestra ministración es dentro del poder y autoridad que Dios nos ha dado en Jesucristo.  Cuando esto ocurre se manifiesta la bendición de Dios y los signos de su reino.

Podemos resumir que cuando nuestra intención es que Dios sea glorificado, nuestra acción estará coloreada con un espíritu de humildad, con la certeza que dicha acción está dentro del propósito divino que él nos ha revelado y dentro de los límites del poder que Dios da. Cuando hablamos y ministramos bajo estos criterios lo que hacemos se convierte en una acción redentora…Dios es Glorificado y la gracia de Dios se manifiesta sobre los participantes. ¡Aleluya!

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