¿Discípulos o espectadores? … Digamos la verdad

Por Samuel Caraballo-López

INTRODUCCIÓN

El texto para el 8 de septiembre de 2019, décimo tercer domingo de Pentecostés lo encontramos el Evangelio de Lucas 14: 25-33. A partir del verso 25, hay un cambio de escena en dicho capítulo, que va desde la mesa de los fariseos, al retorno de Jesús al camino hacia Jerusalén, ahora acompañado de una gran multitud.

El discurso sobre el significado del seguimiento a Jesús que había comenzado en la perícopa de Lucas 9: 51-62, ahora se retoma con el propósito de clarificar el concepto del discipulado a la multitud que le acompaña en su subida a Jerusalén.  Creo que es importante señalar que “acompañar” a Jesús y ser su “discípulo” son cosas diferentes.

En la parábola anterior, llamada la Gran Cena, Jesús había planteado que aquellos que estuviesen “amarrados” a otras lealtades, sean de familias o posesiones no podían ser sus discípulos (Lucas 14: 15-24).  Jesús declara que tener lealtades que superen la lealtad a Él, nos descalifica para ser sus discípulos.  Estas duras estas palabras nos deben inspirar a la reflexión sobre aquellas cosas que hay en nuestra vida que compiten con nuestra lealtad al Señor Jesucristo.

Hay en esta perícopa una crítica abierta a aquellos que utilizan el “grillete” de la familia o de las múltiples posesiones u ocupaciones como excusas para no seguir a Jesús como su discípulo.  Jesús les plantea a aquella multitud, que es necesario entender claramente el camino del discipulado.  Primero, en este camino no hay lealtades “compartidas” como en ocasiones se predica.  El discipulado cristiano reclama la totalidad de la lealtad para Jesús el Señor.  Llevar la cruz y seguir los pasos del Maestro es el distintivo del discipulado cristiano.

Jesús establece una nueva definición de lo que es la conversión. Es la incorporación en la vida de la persona de una lealtad a Dios que “desbanca” las antiguas lealtades y que produce una nueva identidad que se expresa en una conducta congruente con los principios del reino de Dios. La conversión, aunque tiene una fase inicial, es un proceso de toda la vida.

Pasemos a considerar esta perícopa, que es una reminiscencia de las enseñanzas tempranas de Jesús (vea Lucas 8: 4-21, 9: 23-27, 57-62; 12: 13-59).

DESARROLLO

El Precio del discipulado (14: 25-33)

Esta perícopa la dividiremos para su análisis en tres (3) secciones a mencionar: (a) versos 25-27, (b) versos 28-32 y finalmente el (c) verso 33.

  • Versos 25-27

La introducción de la perícopa es muy significativa por dos (2) razones:

  • Primero, nos recuerda que Jesús va camino a Jerusalén (9:51).  En Jerusalén, Jesús anticipa la hostilidad y la violencia que le espera a un profeta (vea 9: 22; 13: 31-35), y justamente El espera culminar su misión en la ciudad santa (9: 31, 51-53).
  • Segundo, Lucas observa que Jesús está acompañado en su viaje por una gran multitud.  Usualmente en los relatos del evangelista Lucas las multitudes están presentes como grupos de personas neutrales de quienes Jesús atraía discípulos, y ese es el caso de esta narrativa.

De hecho, esta narrativa no nos deja ser muy optimistas sobre el potencial de realización de un discípulo.  Expliquemos este asunto.  De acuerdo con Jesús, había algunos que reclamaban estar muy asociados con sus enseñanzas. En la experiencia de la mesa con los fariseos (Lucas 14: 1-24), como durante el camino hacia Jerusalén (Lucas 9: 57-62) habían personas que reclamaban ser discípulos de Jesús, pero sus lealtades fundamentales estaban en los valores de su cultura (familia, posesiones, ocupaciones) y no en los propósitos de Dios. Tales personas no eran consideradas por Jesús como sus discípulos. Los textos de Lucas 13: 26-27 nos sirven para evaluar la postura de Jesús sobre los que se llaman discípulos sin serlo. 

El discipulado es una relación con Jesús que compromete toda la vida, y las lealtades que hemos establecidos lejos de Dios, y que ahora son confrontadas por la invitación de Jesús a la conversión.  Es importante entender que mientras vivimos alejados de Dios adquirimos costumbres y prácticas que no tienen su origen en la revelación divina. Por lo tanto, muchos de las llamadas “prioridades” que atribuimos al cristianismo no provienen de éste sino de la cultura y la manifestación del pecado dentro de esta.  Para Dios solo hay dos (2) prioridades que son interdependientes una de la otra: Primero, conocer a Jesús y segundo cumplir sus propósitos en el mundo. De estas pende el discipulado cristiano.

La expresión utilizada por Lucas para describir la acción de Jesús en el verso 25c, “y volviéndose, les dijo”, demuestra el énfasis que Jesús le da al discipulado.  Los versos 26-27 presentan la enseñanza de Jesús en forma paralela:

 Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y a la madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y a las hermanas, y aún también a su vida, no puede ser mi discípulo. Cualquiera que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo (BTX).

Es importante explicar que el discipulado no se refiere a un grupo selecto de hombres y mujeres escogidos por sus grandes virtudes.   El discipulado es para todos aquellos que se identifican con la misión de Jesús. Ahora bien, estas personas se distinguen o caracterizan primariamente por su “distanciamiento” de los valores de la cultura mediterránea, tales como la centralidad de la red familiar y el honor y prestigio que se habían colocado sobre los propósitos de Dios en aquel mundo en que Lucas redacta su evangelio. 

Según Bruce Malina en su libro, El mundo del Nuevo Testamento: perspectivas desde la antropología cultural (1995), nos plantea que, dado que el mundo del Nuevo Testamento está enraizado en los valores de las antiguas sociedades mediterráneas, para entender el texto resulta indispensables cierto conocimiento de esos valores y cierta sensibilidad respecto a ellos.

Para Malina, la personalidad de los antiguos la podemos categorizar como diádica, es decir una que depende del grupo para definir su identidad.  En la sociedad del NT el individuo depende de la sociedad, de la familia, del clan o grupo étnico a que pertenecen para definirse. En este contexto el “aborrecer” (miseo gr.) a los parientes no es una cualidad primariamente afectiva, sino un descenso de las lealtades culturales por debajo de la lealtad a Jesús.

Este punto es de vital importancia, las lealtades a la familia o el clan, que ocupa el lugar primario en la cultura mediterránea, junto al honor y el prestigio, son relegados a un segundo plano debajo de Jesús y su reino.  Jesús subraya que el discipulado “relativiza” las lealtades culturales y altamente valoradas como era la familia y otros lazos sociales. Es decir, ahora la identidad cristiana no se puede definir por los valores de la cultura sino por la relación de discípulo-maestro entre los creyentes y Jesús. He ahí el escándalo del evangelio del reino de Dios predicado por Jesús.

Jesús con anterioridad había llamado a sus seguidores a reestructurar su identidad:

Y a todos decía: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día y sígame (Lucas 9:23).

Implícito en este texto, y en los considerados en la perícopa de hoy, está la correlación entre poner en un segundo plano las lealtades familiares y reformar la base misma de la propia identidad.  Jesús propone una identidad, no basada en líneas ancestrales o con base a su estatus social, sino dentro de una nueva comunidad que está orientada hacia el propósito de Dios y caracterizada por la fidelidad al mensaje de Jesús.  Observemos que tanto en Lucas 9: 23 como en 14: 26 las palabras son dirigidas a quien “quiera” venir o seguirme, indicando que la invitación es abierta a todos.

Nuevamente el término “aborrecer” (miseo) (verso 26) o “negarse” (aparneomai )(9:23) no debe ser tomado como odio afectivo, pero si como un llamado a dejar de lado o en un plano secundario las relaciones de familia o parentesco, amigos íntimos y relaciones sociales sobre la cual se a construido nuestra identidad.  Jesús está pidiendo una reconstrucción de la identidad personal, basada, y repito, no sobre líneas ancestrales o sobre estatus social, sino dentro de la nueva comunidad que llamamos la iglesia, que esta orientada hacia el propósito divino y caracterizada por la fidelidad al mensaje de Jesús.

  • Versos 28-32

Jesús destaca la importancia de considerar cuidadosamente las condiciones que El ha establecido para un discipulado auténtico, utilizando dos parábolas consecutivas.  La primera trata de un hombre que quiere construir una torre posiblemente de vigilancia, y la segundo sobre un rey que marcha a la guerra. En ambos casos se presenta una empresa hipotética, y que a la vez tiene muchas exigencias.  El análisis que ambos protagonistas hacen consiste en comparar los recursos necesarios vs. los recursos que se tienen para enfrentar satisfactoriamente la empresa.

¿Con cual de las parábolas nos podemos identificar? Aunque en el primer caso el alcance de sus propiedades no está indicado, la construcción de una torre de vigilancia sea para un viñedo o para una muralla en la ciudad podría conllevar un efecto adverso sobre sus activos. En el segundo caso, si el rey tiene una deficiencia de soldados para enfrentar al ejercito enemigo va a tener serias dificultades. ¿Qué pueden hacer estos empresarios si los recursos disponibles no son suficientes?

En ambos casos las repercusiones son trágicas:

  1. En el primer caso del constructor de la torre, al quedarse corto de recursos y no poder terminar sería el hazmerreír de todos, perdiendo prestigio y honor.
  2. En el segundo caso la clara consecuencia del déficit de soldados seria la rendición ante el enemigo, trayendo el pago de sanciones y tributos o la posibilidad de perder su reino.

Jesús por medio de estas parábolas insiste en que los activos de una red de parientes o las posesiones, tan importante en la cultura mediterránea, son insuficientes para asegurar la relación de uno con Dios. Es decir, depender de los recursos que valora la sociedad para acercarnos a Dios lo que nos traerá son resultados trágicos. Solo una fidelidad radical al objeto de nuestra salvación, y una clara manifestación de nuestra identidad como discípulos de Jesucristo nos evitará el fracaso.

  • Verso 33

Jesús no agrega una tercera condición para el discipulado cristiano, sino que resume todas las demás condiciones en el concepto de “renuncia”:

Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todas sus posesiones no puede ser mi discípulo.

Si uno está verdaderamente unido a Jesús en su camino hacia Jerusalén, se debe despedir, abandonar o renunciar a las anteriores lealtades. Este dejar atrás las lealtades anteriores, esta expresada en tiempo presente, lo que indica que este es el rasgo distintivo del discípulo de Jesús. ¿A qué cosas debo renunciar o despedirme de ellas? La característica distintiva de los discípulos es el abandono de todos los “valores” que están en competencia con Jesús, para poder reestructurar sus vidas e identidades en conformidad con los principios del reino de Dios. Muchas bendiciones.

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