Las Tormentas del mundo … ¿Cómo interpretarlas? ¿Qué aprender en ellas?

Por Samuel Caraballo López (Basado en el libro de Timothy Keller, El profeta pródigo: Jonás y el ministerio de la misericordia de Dios)

“Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de YHVH a Tarsis. Y bajando a Jope, hallo una nave que partía a Tarsis. Pagó el precio y se embarcó para navegar con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de YHVH.  Pero YHVH mandó un viento impetuoso sobre el mar, y se alzó una gran tempestad en el mar, de manera que la nave estaba a punto de romperse” (Jonás 1: 3-4).

Me pareció muy iluminador el análisis expositivo del libro de Jonás hecho por el Dr. Timothy J. Keller [1].  Me gustaría tomar algunos pensamientos de dicho libro para ofrecer alguna respuesta cristiana a la situación que vive el mundo. La pandemia del COVID-19 nos ha sumergido a todas las naciones en un proceso de lucha colaborativa para superar este mal que amenaza con eliminar gran parte de la población mundial, especialmente a las personas de la tercera edad, que son símbolos de la sabiduría colectiva de nuestro planeta.

Hay algunas verdades que son examinadas en el libro de Keller sobre lo que hoy vivimos, y creo que hay gran sabiduría en las Sagradas Escrituras que nos pueden ayudar a reflexionar y aprender de lo que está sucediendo. 

El libro de Jonás comienza con la huida de un profeta del siglo VIII a.C, natural del Reino de Israel del Norte, que ejerció su ministerio, según 2 Reyes 14:25, bajo el gobierno de Jeroboam II (786-746 a. C), un monarca, que según la tradición deuteronomista, “hizo lo malo ante los ojos de YHVH” (2 Reyes 14: 24).  Por lo que se desprende del texto, el profeta Jonás había apoyado las políticas de expansionismo militar de este rey, lo que parece indicar que era un férreo nacionalista y patriota.

Quiero hacer una aclaración sobre la fecha de redacción del libro de Jonás. Hay una gran posibilidad que la redacción de este libro haya ocurrido muy posterior al tiempo en que ejerció su ministerio público. Esto cambia, no su contenido, sino la intención teológica del escrito, que desde mi perspectiva fue crear conciencia a la comunidad postexilica de la misericordia de Dios para toda la humanidad , junto con un abierto rechazo al exclusivismo nacionalista común en dicha época de restauración.

Retornando al libro de Jonás, YHVH lo llama a profetizar a una nación pagana (Asiria), enemiga de su país, y que se distinguía por su “terrorismo” militar, el profeta se resiste al llamado y huye a la ciudad de Tarsis, que geográficamente se encontraba opuesta a Nínive. En su huida tomó un barco y se fue “lejos de la presencia de YHVH” (verso 3).  Aquí comienza el relato que quiero considerar en este escrito.   Mientras Jonás huía, el Señor lanzó un “viento impetuoso” sobre el mar (v. 4). La palabra “lanzó” se usa con frecuencia para arrojar una lanza (1 Sam. 18:11). Es una viva imagen de cómo YHVH utiliza una poderosa tempestad [caos] en el mar alrededor del barco donde iba Jonás.

Era un “gran” viento, que es la misma palabra hebrea que se usa para describir a la “gran” metrópoli de Nínive. Si Jonás se negaba a ir a la gran ciudad, tendría que atravesar una gran tormenta. Esto nos comunica tanto noticias desalentadoras como reconfortantes.

La noticia desalentadora es que el pecado siempre se relaciona con una tormenta. Para Jonás la tormenta fue la ­consecuencia de su pecado, pero los marineros, que no eran responsables, también fueron “atrapados” en ella.

Casi siempre las tormentas de la vida vienen a nosotros, no como la consecuencia de un pecado en particular, sino como la consecuencia inevitable de vivir en un mundo caído y aquejado por diversos problemas.  No obstante, como veremos, esta tormenta, que surge como consecuencia de la rebeldía de Jonás, llevó a los marineros paganos a ejercer fe en YHVH, el Dios verdadero. El mismo profeta Jonás, da inició a una nueva comprensión de la gracia de Dios desde una nueva perspectiva. Cuando las tormentas vienen a nuestras vidas, ya sea como consecuencia de nuestros errores o no, los cristianos tenemos la promesa que Dios las usará para nuestro bien (Rom. 8:28).

Es cierto que en muchas ocasiones no tenemos idea de cómo Dios actuará para nuestro bien en las tormentas; sin embargo, al vivir bajo la cruz de Cristo nos permite comprender que Dios puede salvarnos a través de las mismas debilidades, el sufrimiento y la aparente derrota. La realidad que la muerte de Jesús en su momento histórico significo pérdida y derrota. Pero, en medio de aquella oscuridad, la misericordia divina estaba operando poderosamente, propiciando el perdón para nosotros. La salvación de Dios vino al mundo a través del sufrimiento, de manera que Su gracia salvífica y Su poder pueden operar en nuestras vidas más y más en medio de las dificultades y las aflicciones. ¡Siempre hay misericordia en el interior de nuestras tormentas!

La Biblia no afirma que cada dificultad es el resultado del pecado, pero sí enseña que, para los cristianos, cada dificultad puede ayudar a reducir el poder del pecado en nuestros corazones. Las tormentas pueden abrir nuestros ojos a verdades que de otra manera no las veríamos. Las tormentas pueden fomentar la fe, la esperanza, el amor, la paciencia, la humildad y el dominio propio en nosotros como ninguna otra cosa. Y un sinnúmero de personas ha testificado que encontraron la fe en Cristo solo porque alguna “gran” tormenta las condujo hacia Dios.

Cuando la fuerte tormenta empezó, los marineros estaban aterrados, “cada cual clamaba a su dios” (v. 5). Estos eran marineros experimentados que conocían lo que era el mal tiempo, sin embargo, esta tempestad parece haber sido excepcionalmente impresionante. Con todo, el profeta Jonás ni cuenta se dio porque estaba metido en la bodega del barco durmiendo profundamente (verso 5c). Cabe la posibilidad que Jonás estuviese profundamente agotado y exhausto, consumido por la ira, la culpa, la ansiedad y la pena.

He aquí un significativo contraste entre un “santo profeta de Israel” y unos menospreciados marineros paganos.  Mientras Jonás, desconectado del peligro que se manifestaba, dormía profundamente, los marineros estaban extremadamente alerta, y habían diagnosticado la peligrosidad de aquella gran tormenta para sus vidas. Mientras Jonás estaba sumergido por completo en sus propios problemas y prejuicios, los marineros estaban buscando soluciones que trajeran el bien de todos en el barco (v. 5). ¡Qué terrible!

Mientras ellos buscaban solución en sus propios dioses, Jonás ni siquiera oraba al suyo. Estos marineros paganos estaban totalmente conscientes espiritualmente como para discernir que esta no era una tormenta cualquiera, sino un fenómeno que tenía un origen que trascendía su entendimiento. Estos navegantes fueron lo suficientemente sagaces para concluir que la tempestad era de origen divino, posiblemente una respuesta al grave pecado de alguien (v. 7). Al discernir que había pecado humano e intervención divina detrás de la  “gran” tormenta, echaron suertes. Echar suertes para discernir la voluntad divina era bastante común en la antigüedad (1 Crónicas 25: 8; 26: 13; Ezequiel 45: 1; 47: 22; Hechos 1: 26). Dios usó el echar suertes, en este caso, para señalar a Jonás (Proverbios 16: 33).

Hay algo sorprendente y que hay que resaltar; estos marineros paganos, no manifestaron prejuicios entre sí, y estaban abiertos tanto a pedir a sus dioses como al Dios de Jonás (verso 14). Es más, estaban más dispuestos que Jonás a luchar por salvar el barco y sus tripulantes (verso 13).  

Sin embargo, aun cuando creían tener la respuesta divina, los marineros no entraron en pánico ni de inmediato se enojaron y le pusieron las manos encima a Jonás (v. 13). No pensaron que tenían el mandato de matarlo, sino ­que consideraron cuidadosamente la evidencia y el testimonio de Jonás para tomar la decisión correcta. Le mostraron el mayor de los respetos tanto a Jonás como a su Dios. Aun cuando Jonás les propuso que lo tiraran por la borda, hicieron todo lo posible para evitarlo (versos 12-13). En cada punto, ellos superaron a Jonás. Hay mucho en esta parte de la historia que el autor quiere que veamos. ¿Qué aprendizaje para este momento de crisis recibimos del profeta Jonás y de los marineros?

Los marineros estaban en peligro. Habían usado la tecnología y los recursos religiosos que tenían, pero no fueron suficientes. Percibieron que no podían salvarse sin la ayuda de Jonás, pero él no estaba haciendo nada al respecto. Y por eso tenemos esta imagen memorable del capitán pagano que reprendió al santo profeta de Dios:

“Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo ¿Qué haces dormido? ¡Levántate y clama a tu Dios! Quizás Ha- Elohim se fije en nosotros, y no perezcamos” (verso 6, BTX).

¿Por qué el capitán reprendió a Jonás? Porque no tenía interés en el bienestar de todos. Es como si el capitán le estuviera diciendo: «¿No puedes ver que estamos a punto de morir? ¿Cómo puedes permanecer tan indiferente a nuestra necesidad? Comprendo que eres un hombre de fe. ¿Por qué no la ejerces para el bien de todos?».

Jacques Ellul, en su libro   The Judgement of Jonah [2], escribió: 

“Estos marineros de Jope […] son paganos, o, en términos modernos, no cristianos. Pero […] la suerte tanto de los cristianos como la suerte de los no cristianos está […] estrechamente vinculada; todos están en el mismo barco. La seguridad de todos depende de lo que cada uno hace […]. Están atrapados en la misma tormenta, sujetos al mismo peligro, y quieren el mismo desenlace […] y este barco ejemplifica nuestra situación.  Todos, tanto creyentes como no creyentes, estamos «en el mismo barco.” 

Si el COVID-19, el crimen, los problemas de salud, o la pérdida de trabajos afectan a una comunidad, o si el orden social o económico no funcionan, todos estamos en el mismo barco. Por unos momentos, Jonás vivió en el mismo “vecindario” con esos marineros, y la tormenta que amenazaba a una persona amenazaba a toda la comunidad. Jonás huyó porque no quería ocuparse en procurar el bien de los paganos, él solo quería favorecer exclusivamente los intereses de los creyentes como él. Pero Dios le mostró, en este caso, que Él es el Dios de todas las personas y Jonás necesitaba verse como parte de toda la comunidad humana, no solo como un miembro de una comunidad de fe

La Biblia afirma que nuestro deber es colaborar en forma conjunta, que estamos unidos y que compartimos el mismo planeta con los demás seres humanos, porque todos fuimos creados a la imagen de Dios y por eso somos infinitamente preciosos para Él (Gén. 9:6; Sant. 3:9). 

El capitán instó a Jonás a que hiciera lo que pudiera por todos ellos. Sin duda, el capitán no tenía una idea clara sobre el Dios de Jonás. Quizás solo esperaba una oración pidiendo el auxilio a algún ser sobrenatural y poderoso. Jonás no recurrió a su fe para ayudar a enfrentar el sufrimiento de sus conciudadanos. No les dijo cómo tener una relación con el Dios del universo, ni utilizó lo recursos espirituales con los que contaba por su relación con Dios, ni estaba simplemente amando y sirviendo para atender a las necesidades prácticas de sus vecinos.

Dios manda a todos los creyentes a que hagan ambas cosas, pero el profeta Jonás no estaba haciendo ninguna. Mantener su fe escondida no traería ningún beneficio colectivo. Alguno podría objetar que el mundo no tiene derecho a reprender a la iglesia, pero hay justificación bíblica para hacer exactamente eso (Romanos 2, 21 al 24).

En el sermón del monte,  Jesús declaró que el mundo vería las buenas obras de los creyentes y glorificarían a Dios (Mat. 5: 13 al 16). El mundo no verá quién es nuestro Señor si nosotros no vivimos como debemos.  De hecho, merecemos la reprensión del mundo si la iglesia no hace evidente su amor con hechos ­concretos. El capitán tenía derecho a reprender a este creyente que hizo caso omiso a los problemas de las personas a su alrededor y no hizo nada por ellos.

Jonás era un santo profeta de YHVH, el Dios verdadero. ­Entonces, ¿cómo fue posible que los paganos eclipsaran a Jonás? A menudo los no-creyentes actúan con mayor justicia y rectitud que los creyentes, pese a la falta de fe en Jesucristo de los primeros. Todo esto significa que debemos como cristianos ser humildes y respetuosos con los que no comparten nuestra fe. Asimismo, debemos apreciar el trabajo de todas las personas, puesto que sabemos que los no creyentes tienen muchas cosas buenas que enseñarnos.

El profeta Jonás lo estaba aprendiendo de la manera difícil. Lo que Jonás hizo es lo que algunos llaman “otredad”, es decir categorizar a los individuos como «los otros» o entidades ajenas a nosotros.  Es creer, no necesariamente que haya diversidad, sino diferencias insalvables entre nosotros y los “otros” que pueden llevarnos a deshumanizarlos o “demonizarlos”.

Cuántas veces hemos dicho: “Tú sabes cómo son ellos”, y así justificamos el no tener que relacionarnos con ellos. Es así como los excluimos de nuestros espacios o simplemente los ignoramos, y lo justificamos diciendo “no se conforman a nuestras creencias y prácticas”.  Lo más triste es que en ocasiones los expulsamos de nuestros lugares “sacros” o los confinamos a vivir lejos de estos.

¡Cuánta necesidad tenía el profeta Jonás de la misericordia de Dios! Es en la “gran” tormenta que este descubre esta verdad perturbadora, y no es hasta que esto sucede que, entendiendo la inmensa misericordia de Dios, nuestra identidad se transforma. Quiera Dios que durante esta gran pandemia del COVID-19 ocurra con cada uno de nosotros como creyente en Jesucristo lo que ocurrió con el profeta Jonás.  Muchas bendiciones.

Notas Finales

[1] Timothy J. Keller.  El profeta prodigo: Jonás y el ministerio de la misericordia de Dios.(Nashville, TN: B & H Publishing Group, 2019).

[2] Jacques Ellul. The Judgement of Jonah. (Grand Rapids: Eerdmans, 1971), 29.

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