¿Estamos escuchando bien? … Parte I

Por Samuel Caraballo-López

INTRODUCCION

El texto del 14 de junio de 2020, segundo domingo después de Pentecostés, y el nonagésimo primer (91) día de cuarentena por el COVID-19, lo encontramos en Mateo 7: 13-29.

Esta perícopa contiene cuatro (4) escenas, que, si las analizamos con detalle, requerirían cuatro (4) diferentes artículos.  Voy a tratar de explicar estas escenas en dos (2) artículos.  En este primer escrito discutiré los textos de Mateo 7: 13-20.   En el segundo artículo discutiré las escenas 3 y 4 que encontramos en Mateo 7: 21-27.

En estas escenas se subraya la importancia de una respuesta existencial a lo que escuchamos y una alerta de las consecuencias de fallar en responder.  Aunque no tenemos uniformidad en los géneros literarios utilizados por Mateo en esta narrativa, cada una de las escenas apunta hacia un contraste entre una respuesta correcta o errónea, entre lo falso y lo verdadero, entre la salvación y la perdición.

El elemento retórico está muy presente en todo el discurso con la intención de motivar a los oyentes para que tomen decisiones apropiadas. Hay un término clave a través de las cuatro (4) escenas, y es el verbo “hacer”,(poieō), que se relaciona con el producir frutos (versos 17, 18, 19); en el verso 21, con ejecutar milagros, y en el verso 22, se refiere a aquellos quienes hacen los que se le encomendó.  En los versos 24 y 26, se nos habla de dos hombres, ambos se describen como oidores de la palabra de Jesús, pero solo el primero es hacedor.  Escuchar las palabras de Jesús no traerá ningún beneficio, a menos que sean hacedores de dicha palabra. 

Pasemos a considerar las primeras dos (2) escenas a mencionar:

La primera escena se presenta un simple contraste entre los salvos y los perdidos (Mateo 7: 13-14).

La segunda escena se enfatiza en los de afuera que quieren ser de adentro (Mateo 7: 15-20).

Recordemos que en cada una de las cuatro (4) escenas el resultado de fracasar en responder siempre será catastrófico:  perdición (verso 13), cortado y echado al fuego (verso 19), excluido del Reino de los cielos (versos 21 y 23) y una total ruina de la casa (verso 27).

DESARROLLO

Primera Escena: La puerta ancha y la estrecha: el camino espacioso y el angosto (Mateo 7: 13-14)

Jesús les habla a sus discípulos en esta parte final del Sermón de la Montaña, y contrasta los dos (2) caminos opuestos que existen en la vida: el estrecho y el espacioso.  Uno de los caminos es muy popular, “muchos son los que entran por este”.  No hay duda de que esta expresión responde a la enseñanza tradicional del judaísmo (Jeremías 2: 18; Salmo 1: 6, Deuteronomio 11: 26-29) y que se desarrolla entre los primeros cristianos en su obra literaria Enseñanza de los Doce Apóstoles o Didaché (1-6).

Para Jesús los que encuentran el camino estrecho son una minoría, cuyo norte es buscar el Reino de Dios y su justicia (Mateo 6: 33), y que son tomados de una sociedad corrupta en forma generalizada (Mateo 13: 23, 40-43, 49-50).  De hecho, Jesús en el evangelio de Mateo, no visualiza la conversión de la sociedad, sino de algunos que encuentran la puerta estrecha y el camino angosto.

Segunda Escena: Falsos profetas [pseudoprophētēs]: buenos y malos frutos (Mateo 7: 15-19).

Es maravilloso el lenguaje que utiliza el evangelista para referirse a los falsos profeta: son “lobos rapaces.”  ¿Qué es un lobo rapaz? Primero, cualquier persona puede cumplir con el rol de el “lobo rapaz” en diferentes contextos, sin embargo, esta metáfora se refiere a aquellos que utilizan su posición de autoridad para abusar del pueblo de Dios (vea Ezequiel 23: 27-28; Sofonías 3: 3-4).  De hecho, la raíz de la rapacidad está en la naturaleza del carácter del falso profeta.  Jesús declara que el árbol malo produce según su naturaleza. 

El falso profeta representa un peligro para el desarrollo efectivo de una congregación y explicamos la razón.         La autoridad de un profeta tanto en la Biblia Hebrea como en el Nuevo Testamento se sostiene en la premisa de que su mensaje proviene directamente de Dios.  El don profético es uno necesario dentro de una comunidad de fe, y tanto en el libro de los Hechos de los Apóstoles (13: 1-3) como las Cartas paulinas (1 Corintios 14: 1-3) se reconoce su valor dentro de la Iglesia primitiva. Ahora bien, parece que, en la Iglesia de Mateo, a finales del primer siglo, hubo abusos en cuanto al uso de la profecía (vea Mateo 24: 11, 24).

Para el Jesús, el falso profeta es un “impostor” que pretende ejercer el don profético entre las comunidades cristianas engañando a los creyentes.  El “vestido de oveja” del falso profeta puede ser su discurso, que puede ser bíblica y retóricamente correcto, pero no su carácter y sus intenciones egoístas. Según Jesús lo que determina la diferencia entre el falso y verdadero profeta es principalmente su fruto (vida ética).  Observe que el verso 15, habla de aquellos falsos profetas “que vienen” a la comunidad y quieren ser reconocidos como parte de esta. 

En el Antiguo se sugiere una variedad de pruebas para los profetas.  En Deuteronomio 18: 21-22 se encuentra la prueba de eventos subsecuentes, es decir los eventos predichos, si no suceden, el profeta es falso.  Esta prueba pudo ser útil en el ministerio de los profetas pre-clásicos, que nos narra la tradición deuteronomista (1 y 2 Samuel; 1 y 2 Reyes) porque se predecía eventos concretos y cotidianos, sin embargo no le veo utilidad en la profecía clásica.

En Deuteronomio 13: 1-6 hay una prueba de carácter teológico para evaluar el contenido de la profecía, que me parece valiosa. Las palabras de un profeta podrían cumplirse, pero si llamaban al pueblo a la idolatría y desobediencia a Dios y Su palabra, debía ser rechazado.

En Jeremías 23: 9-15 existe la prueba de su conducta ética para determinar la validez de un profeta.  Es su comportamiento ético apegado a las enseñanzas bíblicas.  La conducta o los frutos es la mejor evidencia del tipo de relación que el profeta tiene con el Dios quien dice haber recibido un mensaje.  El fruto o conducta ética es lo que revela nuestra lealtad al Dios a quien servimos, y es evidencia de nuestra respuesta a la predicación del evangelio (Mateo 13: 8, 23). Para Jeremías y Jesús solo los profetas que revelan con su vida la justicia del reino están acreditados como verdaderos.

APLICACION

Ahora bien, Mateo 7: 16-20 se refieren a todo tipo de persona que se incorpora a la vida de la comunidad. En otros artículos he atendido este tema con mayor detalle. A la luz de estos textos, es importante aclarar los tres (3) tipos de árboles con frutos “malos” que he visto en mi ministerio y que debemos atender cuidadosamente:

Los impostores y falsos profetas de oficio.

Los enfermos afectados mental y emocionalmente que filtran sus discursos a través de su propia fragmentación.

Los neófitos o desconocedores, que proclaman su propia confusión.

Cada uno de estos árboles requieren diversos tratos dado su condición y el potencial de daño que pueden producir, que pueden ir desde la firme reprensión hasta la misericordiosa supervisión y ayuda.

Es cierto que tenemos que examinar el contenido de los discursos y enseñanzas, pero debemos estar muy atentos a la vida ética, salud mental, y formación de aquellos que cumplen ministerios entre nosotros, para determinar si estamos o no ante un genuino líder, un impostor, una persona afectada en su juicio o un desconocedor del evangelio.  Aunque estoy convencido que cuando falta el Espíritu el mensaje es vacío y superficial, no podemos dejarnos cegar por las campañas de relaciones públicas que muchas veces realizan estas personas.

Las instrucciones que nos ofrece Jesús son claras: “guardaos de ellos” (verso 15), implicando la necesidad de evaluar que tiene el pueblo de Dios de todo discurso y acción (1 Tesalonicenses 5: 20-21), y que ya el Señor nos había advertido (Mateo 7: 6).  Las personas no pueden siempre ser tomadas como lo que dicen ser, y cuanto más cuando alegan hablar en el Nombre de Dios.  El pasar juicio o probar el que dicen comunicar mensajes divinos es una imperiosa necesidad del cuerpo de Cristo, debidamente enseñada por los hagiógrafos del Nuevo Testamento (vea 1Corintios 14: 29, 37-38; 2 Tes. 2: 1-3; 1 Juan 4: 1-6).   Esta cautela es necesaria, sin menospreciar la profecía como un don divino genuino, y que es reconocido por Jesús y sus discípulos (Mateo 10: 41; 23:34; I Tes 5: 20).

Si existen falsos profetas es porque ciertamente hay verdaderos que deben ser afirmados.  Muchas bendiciones.  (Continúa)

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