Un “vaso de agua fría” … ¡qué gran recompensa trae!


Por Samuel Caraballo-López

 “En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Hebreos 11: 6, NVI).

INTRODUCCIÓN

El texto del evangelio del 27 de junio de 2020, cuarto domingo de Pentecostés y centésimo quinto (105) día de “lockdown” por la pandemia del COVID-19, lo encontramos en Mateo 10: 40-42. Estos tres (3) versos contienen un mensaje de esperanza para todo ser humano, que dada su sensibilidad abre las puertas para recibir a los seguidores de Jesús.

En esta perícopa se nos habla de la “recompensa” que han de recibir aquellos que ofrecen su apoyo y refugio a quienes representan a Jesús.  Tales expresiones parecen ser dirigidas a las “multitudes” que acompañaban a Jesús en sus giras evangelísticas, y aun cuando no estaban totalmente comprometidas con las demandas rigurosas del discipulado (Mateo 4: 25, 7: 28; 8:1), tenían la disposición para colaborar con éste.

Estas “multitudes” simpatizantes de Jesús que eran comunes en la primera fase galileana de su ministerio, son los que llegan con Él a Jerusalén y le aclaman (Mateo 21:9-11).   Aún estas personas “menos” comprometidas juegan un papel importante en la expansión de la misión de Dios.  A estas personas Jesús les dice que también recibirán su “recompensa”.

Aunque el evangelista Mateo no menciona la perícopa del discípulo exorcista, que actuaba fuera del círculo de Jesús y que los otros evangelistas mencionan [Marcos 9:38-41; Lucas 9: 49-50], éste no tiene ningún problema con registrar el comentario de Jesús en estos versos dirigidos a las multitudes menos comprometidas. Es cierto que hay un llamado radical a seguir a Jesús [Mateo 16:24], no es menos cierto que hay creyentes “menos” comprometidos que también aportan a la obra del Señor, y son reconocidos por Jesús.

DESARROLLO

Mateo 10: 40-42 -Recompensas:

Cuando una persona los recibe a ustedes, también me recibe a mí. Y cuando una persona me recibe a mí, también recibe a Dios, que es quien me envió.

Dios les dará un premio a los que reciban en su casa a un profeta, sólo por saber que el profeta anuncia el mensaje de Dios. El premio será igual al que Dios les da a sus profetas.

De la misma manera, Dios dará un premio a los que reciban a alguien que obedece a Dios [el justo]. El premio será el mismo que Dios les da a quienes lo obedecen y hacen lo bueno.

Les aseguro que Dios no se olvidará de premiar al que dé un vaso de agua fresca a uno de mis seguidores [pequeños], aunque se trate del menos importante (TLA).

Esta perícopa de las recompensas la encontramos en la conclusión del tercer discurso que Mateo presenta en su evangelio, llamado el Discurso de la Misión (Mateo 10: 1-42). En este discurso hay una colección de enseñanzas en forma de proverbios, que se asemeja a una obra sapiencial como el libro de los Proverbios.  Es decir, en este discurso Jesús se presenta como un maestro de sabiduría que instruye a sus discípulos en la forma de vida que Él exige para aquellos que le representan.

La característica principal de la colección es la interdependencia de cada proverbio.  Ahora bien, los tres (3) versículos de nuestra perícopa son enlazados por una idea central que es el tema de las recompensas. Para entender el significado de estos textos es necesario clarificar los conceptos “recompensa de profeta” (para aquel que recibe a un profeta) y “recompensa de justo” (para aquel que recibe a un justo) dentro de las tradiciones de Israel. 

Hay dos (2) tradiciones emblemáticas sobre la “recompensa de profeta”:

(a) 1 Reyes 17: 8-16 –Bajo las narrativas del Profeta Elías.  Este es el caso de la viuda de Sarepta de Sidón.

(b) 2 Reyes 4: 1-7-Bajo las narrativas del Profeta Eliseo. Es el caso de la viuda del profeta.

Estas dos (2) tradiciones nos hablan de la recompensa que reciben aquellos que son hospitalarios con los “nabies” de YHVH.  En el primer caso, la “recompensa de profeta” consistió en el sustento y provisión de YHVH para la viuda y su familia durante la crisis de sequía en Israel.  En el segundo caso, la recompensa de profeta consistió en la provisión y sustento divino para la viuda de un profeta de la escuela de Eliseo y sus hijos para que pudiera responder a las demandas económicas en una época de intensa crisis fiscal.

En cuanto a la recompensa del justo [Tzadik], la Tora considera a alguien justo cuando tiene una relación apropiada con Dios al obedecer las enseñanzas de la ley. El “Tzadik” en un tipo especial de persona, según la tradición rabínica, cuya santidad y obediencia se encarnan en la generosidad y justicia. En la literatura sapiencial se nos dice en que consiste la recompensa del justo:

La recompensa del justo es la vida; la cosecha del malvado es el pecado. (Proverbios 10: 16, DHH)

Los versículos del 40-42 están vinculados entre sí con fuertes paralelismos y equilibrio estructural, y términos y motivos repetidos que hace de estos dichos una unidad coherente y que veremos más adelante. Estas expresiones de Jesús le dan al cumplimiento de la misión una estimación notablemente alta, y afirman por medio de estas recompensas lo importante que es apoyar la obra de Dios. 

Los discípulos de Jesús vienen con el carácter de los profetas y justos, además de ser “pequeños” y vulnerables.  Cualquiera que responda a ellos y muestre su simpatía y solidaridad a su causa, recibirá una recompensa apropiada de parte de Dios. ¿Por qué?

Una verdad fundamental que nos enseñan los evangelios y no podemos olvidar, es que Jesús es acogido en la persona de sus discípulos (Mateo 18:20).  Cuando los discípulos se reúnen, Jesús está en medio de ellos, cuando los discípulos predican, Jesús se hace presente (Mateo 28: 20; 1 Corintios 1:21).  En los evangelios hay una sucesión de autoridad que debemos reconocer: Primero, Dios, el Padre—Segundo Jesús, el Hijo y su sustituto, Espíritu Santo—y luego los discípulos (vea Marcos 9:37; Lucas 9:48, 10: 16 y la tradición de Juan en 13: 20, 5:23, 12: 44-45).  Es decir, responder a los discípulos es responder a Jesús, y a su vez es responder a Dios, el Padre (Mateo 18:5; 25:40).

Subyacente a estos dichos de Jesús, y con referencia a ser un “enviado”, existe un principio que se consagra en la institución legal judía, llamada la “saliah” [1], en la cual el enviado es un embajador o representante con plena autoridad de la persona que lo envió. Por lo tanto, aquellos que reconocen tal autoridad en los discípulos, le dan la bienvenida y le apoyan, están reconociendo a Jesús en ellos, y por ende al Padre Celestial.

La consecuencia lógica de esto es que aquellos que rechazan a los discípulos en su misión son culpables de una falta mucho más grave que la mera falta de hospitalidad–están rechazando a Dios:

“El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió” (Lucas 10: 16).

En Mateo 10: 42 se presenta el asunto que estamos considerando en una forma sintáctica diferente, sin embargo, el tema de la hospitalidad y recompensa es similar al verso 41.  La fórmula “por cuanto es discípulo” continua como el motivo de la hospitalidad y que a su vez propicia la recompensa. Cuando Jesús habla de estos “pequeños” en el verso 42, se refiere a los discípulos que carecen de estatus en la sociedad en la que conviven, pero han tomado la decisión de ser sus genuinos discípulos.  Aunque carezcan del reconocimiento de la sociedad, ellos, al optar por el seguimiento a Jesús, se convierten en sus representantes.  Esto nos debe alertar de no menospreciar a aquellos, que la sociedad margina, pero Jesús los considera sus embajadores (2 Cor. 5: 20).

Es importante observar que en Mateo 25: 31-46 la recompensa para aquellos que han ayudado a “estos mis hermanos más pequeños”, [equivalente a dar un vaso de agua en el verso 42] es el “reino” preparado desde antes de la fundación del mundo, que contrasta con el fuego eterno reservado para aquellos que no han atendido a los “pequeños”. A la luz de estos pasajes paralelos, podemos decir que la recompensa es muy alta para los que reciben a los discípulos de Jesús.

APLICACIÓN

Es bueno clarificar que para el tiempo que Mateo escribió su evangelio (85-90 d. C), era muy familiar la presencia de profetas cristianos (Mateo 7:15 y Mateo 7:22); sin embargo, durante el ministerio terrenal de Jesús, el uso del término no era tan común. De hecho, a Jesús y Juan el bautista se les aclamó como profetas (Mateo 11:9; 14:5; 16:14; 21: 11, 26, 46), y fue realmente su marca distintiva.  Jesús ya había vinculado la experiencia de persecución de los discípulos con un grupo especial que fueron los ¨profetas que vinieron antes de ustedes¨ (Mateo 5: 11-12), y luego hablará de enviar a sus profetas entre los judíos (Mateo 23: 34), y de aquí se anticipa el uso posterior del término.

Después de todo, a la luz del principio que establece del verso 40, si Jesús es un profeta, lo serán también los que Él envía, y de igual forma si Jesús es justo también lo serán aquellos a quien Él envía. Dada esta realidad los discípulos hablan con una autoridad directa de Dios, y se espera que las personas reciban al mensajero de Jesús como a un profeta.  Cuando una persona recibe a un profeta por ser profeta, o un justo por ser justo, o uno de estos “pequeños” por ser discípulo, se pone en la posición de recibir una recompensa similar a la que recibirá el mismo discípulo. Esta verdad nos debe inspirar a ser solidarios con los que se han dedicado de todo corazón al servicio de Jesús.

Por la relevancia del tema de la “recompensa” en el evangelio de Mateo, y al comparar este con Mateo 5:12, en el que se sustituye el término por “galardón grande” en los cielos, podemos decir que la “recompensa” se refiere a encontrar la “verdadera vida” que solo Dios puede ofrecer (Proverbios 10: 16).  Esta debe ser la forma en que el término “recompensa” debe ser entendido. 

En Mateo 18: 6-14 queda claro el término “pequeños”, que es introducido con un niño real (verso 1-5), que se está utilizando como metáfora para todos los miembros de la comunidad de los discípulos, tanto niños, ancianos, mujeres, personas con diversidad funcional y jóvenes, en su insignificancia y vulnerabilidad.  De manera similar, Mateo 25: 40 y 45, los hermanos “más pequeños” de Jesús no son niños, sino miembros de la comunidad percibidos en su rol y estatus como “pequeños”. Compare la designación de los verdaderos discípulos como “pequeñitos” en el contraste con los “sabios y entendidos” de Mateo 11: 25.

Todos aquellos que representan a Jesús en una sociedad hostil que carecen de “estatus” y son considerados como “fuera” de la misma, son reconocidos por Dios como “pequeñitos”. Ahora bien, el “estatus” que la sociedad le dé no determina su relación con Jesús, y la realidad de que han sido enviados por Él como sus representantes. 

Cuando a estos que han tomado en serio la misión de Jesús se les ofrece “un vaso de agua fría” “por cuanto es discípulo”, dicho acto es suficiente para generar una recompensa por parte de nuestro Padre Celestial.  Reconozcamos a los seguidores genuinos de Jesús, y seamos receptivos y hospitalarios con estos … lo que estamos haciendo lo estamos realmente haciendo a Jesús.  ¡Muchas bendiciones!

Notas:

[1] La traducción griega para el concepto hebreo de “saliah” es “apóstolos” o enviado. Jesús recibe una misión de su Padre (YHVH) y la realiza a nombre de quien lo envía. Los apóstoles son “saliah” de Jesús. Es decir los discípulos son los “seluhim” de Jesús, reciben su “exousía“, el poder divino para curar y realizar milagros en su Nombre.

Referencias:

France, R. T. The Gospel of Matthew. Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans Publishing Company, 2007.

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