La quiebra del sistema … una nueva forma de ser hermanos

Por Samuel Caraballo-López

INTRODUCCIÓN

Una pregunta obligada de un cristiano es, ¿Cómo opera el reino de los cielos del cual Jesús nos habló?  Quizás la pregunta nos llevará a otra pregunta, ¿Cuáles son los estándares del reino de los cielos?  Estas preguntas se contestan en la lectura de hoy 13 de septiembre de 2020, décimo quinto domingo de Pentecostés y centésimo octogésimo segundo (182) día de “lockdown” por el COVID-19, que encontramos en Mateo 18: 21-35.

Esta perícopa comienza con una pregunta a Jesús sobre el perdón (verso 21), que diferente a la que inició el capítulo 18, que es comparativa y hecha de forma corporativa por los discípulos (verso 1), ésta es de enfoque personal e individual.  Aunque es Pedro el que hace la pregunta esta puede ser aplicada a cualquiera de los discípulos.  Diferente al asunto tratado en el artículo anterior (Disciplina con dignidad), el asunto ahora es sobre un agravio personal que demanda un perdón personal.

En la narrativa anterior, Mateo 18: 15-17, se atiende el asunto de prevenir, por medio de la disciplina, la pérdida de un miembro de la comunidad de discípulos por éste haber pecado. En esos versos el interés está en el bienestar espiritual del miembro infractor o pecador. En la perícopa de hoy (Mateo 18: 21-35), se trata de responder a cuáles son los límites del perdón al ser ofendido por un hermano, evitando así que la animosidad del afectado “envenene” a la comunidad.  En ambos casos se asume que el pecado cometido es real (no imaginario, no es una calumnia o una mera percepción), y que la persona ofensora es culpable.

Una de las principales causas de los conflictos entre los grupos es la percepción de que una acción, comentario o actitud adversa se está dirigiendo contra alguien del mismo grupo.  Cuando existe esta percepción se genera una situación que afecta el clima funcional y la cohesión del grupo.

Para Jesús el perdón es un componente de alto perfil en sus enseñanzas.  En los adendum que Mateo añade a la oración del Padre Nuestro se dice lo siguiente:

Porque si no perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mateo 6: 14-15).

El principio expresado por Jesús es claro, pero su funcionamiento práctico requiere mayor explicación, y es lo que intento hacer en este escrito.  Este principio deber ser cuidadosamente discutido en el círculo de las congregaciones porque puede ser explotado fácilmente por aquellos “compañeros” manipuladores, que establecen la existencia de límites para el perdón fraternal.

DESARROLLO

Acercándose entonces Pedro, le dijo: Señor, ¿Cuántas veces pecará mi hermano contra mí y lo perdonaré? ¿Hasta siete veces? (verso 21)

La pregunta de Pedro plantea en si misma una propuesta de que sea hasta siete (7) veces las oportunidades para perdonar a alguien que peca contra uno;  es decir tiene que haber un límite a las ofensas del hermano. La pregunta es, ¿tiene límites la generosidad para los seguidores de Jesús?  Entre los rabinos judíos se decía que el límite del perdón a las ofensas de una misma persona era tres (3) veces.  Ahora bien, Pedro sugiere hasta siete (7) veces, en claro contraste con los rabinos y posiblemente utilizando el sentido de plenitud que tiene el número siete (7).

La respuesta de Jesús es sorprendente y debemos considerarla en detalles:

Jesús le dice: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (verso 22).

Este epigrama de de Jesús tiene sus raíces en la tradición del descendiente de Caín, Lamec y su jactancia en Génesis 4: 23-24.  Lamec se jacta de que la venganza de muerte que ha realizado contra un hombre que lo hirió y sobre un muchacho que lo lastimó excede por mucho la promesa de Dios de un castigo “siete veces mayor contra cualquiera que matare a Caín, a “setenta veces siete” en su caso (vea relato del juicio de Caín en Génesis 4: 9-16). Sus expresiones son una glorificación de la cultura de la violencia y la intimidación. Esta jactancia de Lamec demuestra su capacidad de ser homicida, y tiene la intención de que los demás tomen seriamente la amenaza pronunciada. “Ya he matado, más de una vez, y por poca cosa. Así que… ¡ojo con meterse conmigo!”

Jesús está llamando a Pedro, y por ende a la comunidad de los discípulos a deshacer el sistema de Caín y Lamec que ha mantenido a su descendencia atrapada en los efectos de la envidia, odio, violencia y venganza a través de generaciones.  Este sistema de Caín y Lamec es un sistema que impide el perdonar de corazón cada uno a su hermano.  La parábola que sigue al epigrama de Jesús, ilustra el poder para “atar” y “desatar” (Mateo 18: 18) que los discípulos necesitan ejercer sobre todo lo que impide el cultivo de relaciones humanas armoniosas entre los hermanos.

En Lucas 17: 3-4 se combinan los elementos de Mateo 18: 15-17 y 21-22.  En este texto no es Pedro el que habla de perdonar “siete veces”, sino Jesús.  En el texto de Lucas no está la experiencia de perdonar “setenta veces siete”, sin embargo, el uso del numeral 7 apunta hacia la perfección.   En Lucas el ofensor se ha disculpado, lo que no se indica en Mateo.  La parábola que sigue a la declaración de Jesus en Mateo, es exclusiva del evangelista, mientras que en Lucas la parábola del grano de mostaza (Lucas 17: 5-6) que sigue, enfatiza en la necesidad de tener fe para responder a este principio de Jesús.

Es posible que los textos de Mateo sean una expansión creativa del evangelista sobre un dicho simple del perdón que Lucas ha recogido en los versos discutidos.  Ambas tradiciones tratan del perdón personal, aun cuando son diferentes ya que son desarrolladas y redactadas por los evangelistas para responder a sus audiencias.

El epigrama del verso 22 nos exhorta a perdonar sin límites, y este es explicado por una parábola (23-34) en la que se compara el perdón de Dios y el nuestro; ilustrando que la generosidad de Dios es ilimitada, en la que Dios manifiesta su misericordioso amor hacia su pueblo indigno, y espera que ellos a su vez no reclamen el derecho a negar el perdón a sus hermanos.  “Una comunidad compuesta por perdonados debe ser una comunidad perdonadora.”

La parábola que Jesús nos relata es sobre un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos, demostrando, así como el reino de los cielos opera o funciona:

Por esto, el reino de los cielos es semejante a cierto rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Y cuando comenzó a arreglarlas, le fue presentado uno que debía, diez mil talentos. Y no teniendo éste con que pagar, el señor ordenó que fuera vendido junto con la esposa, los hijos y todo cuanto tenía para que fuera pagada la deuda (versos 23-25).

En este punto es importante entender la cultura mediterránea del tiempo de Jesús, en la que los siervos o esclavos, junto a su familia y sus pertenencias eran de su señor.  Así que el amo podía vender a sus súbditos para obtener alguna compensación, y en este caso para satisfacer la astronómica cantidad de deuda que había acumulado.  Las expresiones del siervo de que tuviera paciencia con él y que pagaría (verso 26), era un decir porque su monumental deuda era impagable. Esta deuda sería equivalente a trillones de dolares en nuestros días.  

El amo es movido a compasión, no por las palabras irreales de su siervo, y decide declararlo libre de ser vendido y le perdona totalmente la impagable deuda (verso 27). Esta actitud del rey de perdonar al siervo endeudado rompe el sistema piramidal del mundo antiguo. En la economía mediterránea, el objetivo era hacer pasar un flujo constante y aceptable de riquezas hacia más arriba de la pirámide, mientras este (el siervo) retenía todo lo que pudiera [por eso su deuda] para usarlo para “engrasar” su propio camino hacia arriba en la pirámide.  En este acto de perdonar al siervo endeudado, que parece ser el jefe de los siervos, se está estableciendo un nuevo orden económico, en la que la amnistía financiera, es decir el año de jubileo (Levítico 25), se constituye en norma no solamente para este esclavo, sino para todos los endeudados. He ahí lo radical de esta parábola.

Ahora bien, este nuevo orden que el rey estableció duró hasta que el siervo perdonado salió de las puertas del palacio:

Pero al salir aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios, y agarrándolo, lo sofocaba, diciendo: ¡Si debes algo, paga! Su consiervo entonces, postrado le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te pagaré.  Pero el no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara lo debido (Mateo 18: 28-30).

Al no perdonar a su consiervo, el siervo principal volvió al sistema de Caín y Lamec, no solo violando la amnistía financiera y el año del jubileo, sino deshonrando a su rey que lo había perdonado. ¿Podrá el rey ignorar tal afrenta? El texto nos contesta la pregunta:

Su señor entonces, llamándolo, le dice: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como tuve misericordia de ti? Y enfurecido, su señor lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía (Mateo 18: 29-30).

La respuesta de Jesús a Pedro lo debe haber dejado sin aliento, al igual que a nosotros. Jesús declara que el perdón que Dios nos ha ofrecido no tiene límites y como consecuencia el de sus discípulos a sus hermanos debe ser semejante. Observe que el problema no está en el rey, ni siquiera por analogía con Dios, sino en el viejo orden que aquel esclavo insiste en mantener para sí mismo, bajo cuyos términos esta ahora fijado su destino (verso 34).   El esclavo que no perdona a su consiervo se juzga así mismo al tratar su propio perdón como una licencia para ejecutar juicio sobre los demás, convirtiendo a un Dios misericordioso en un juez vengativo.

No hay límites para el perdón que debemos ofrecer a nuestros hermanos que nos ofenden.

APLICACIÓN

Es importante observar los dos (2) pasajes claves de Mateo sobre el perdón a los que nos ofenden:

  • Mateo 6: 12, 14-15 (BTX):

Y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

  • Mateo 18: 34-35 (BTX):

Y enfurecido, su señor lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Así también os hará mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a su hermano.

Por definición la comunidad de los discípulos se compone de gente que vive bajo el nuevo orden del perdón.  Esto hace inequívocamente claro que la iniciativa proviene de Dios quien nos ha perdonado en Jesucristo.  Pero el perdón recibido establece en la comunidad un nuevo orden y funcionamiento conforme a como opera el reino de los cielos. Cuando nos resistimos a perdonar al hermano que nos ofendió activamos el viejo orden de Caín y Lamec, y bajo este seremos juzgados. Dicho en español, cuando nos resistimos a vivir bajo la forma en que opera el reino de los cielos, estamos revirtiendo el orden establecido por Jesucristo, y volvemos al sistema antiguo caracterizado por la envidia, chismes, violencia y venganza. Nos debemos preguntar, ¿Cuántas de nuestras congregaciones están hoy bajo el dominio del viejo sistema de Caín y Lamec? 

El perdón recibido fue dado gratuitamente por Dios, sin que mediasen nuestros méritos, fue pura gracia, lo que no nos permite presumir (Efesios 2: 8-10).

En la parábola discutida hay una fascinante combinación de factores que nos persuaden a perdonar a nuestros hermanos:

  • Por miedo al castigo, es decir, a la posibilidad de revocación de nuestro estatus como personas perdonadas (Mateo 6: 15; 18: 34-35).
  • Por gratitud, dado el perdón de los pecados recibidos en forma gratuita, generosa e inmerecida, debemos ser recíprocos (Mateo 18: 33)
  • Por imitación de Cristo, el perdón por la gracia de Dios recibida es inmerecido (Mateo 10: 8).

A la luz de lo que hemos analizado, el discípulo se define como aquel a quien se le ha perdonado una deuda impagable y se le ha incluido en en el nuevo orden del reino de los cielos. Esta declaración es congruente con el entendimiento global que nos da el Nuevo Testamento en la que “Cristo murió por nuestros pecados, el justo por los injustos para llevarnos a Dios” (I Pedro 3: 18) y en “En quien tenemos la redención, el perdón de los pecados” (Col. 1: 14).

El perdón que ahora Dios nos concedió en Cristo nos obliga a ser portadores de su misericordia y gracia hacia otros. El perdón que Dios espera de su pueblo hacia sus hermanos no es una concesión cosmética o meramente verbal que deja el problema no resuelto, sino un genuino y cálido perdón de corazón para que la relación rota se pueda restaurar plenamente.  ¡Así nos ayude Dios!

Bibliografía:

France, R. T.  The Gospel of Matthew. Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdemans Publishing Company, 2007.

Saunders, Stanley. “What might the practice of limitless forgiveness look like in a modern capitalist economy? Is it even possible?” Preach This Week from Luther Seminary, september 17, 2017. Accesado el 13 de septiembre de 2020, en http://www.workingpreacher.org/preaching.aspx?commentary_id=3393

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