LA GRACIA Y EL DON DEL PLACER SEXUAL: HACIA UNA ÉTICA EVANGÉLICA DE LA SEXUALIDAD HUMANA


Reflexión basada en el libro, Body, Sex, and Pleasure: Reconstructing Christian Sexual Ethics de Christine E. Gudorf,

Por Samuel Caraballo-López

INTRODUCCIÓN

Nuestra cultura está obsesionada con el sexo, pero no en forma positiva. Esta realidad nos obliga como cristianos a emitir un discurso sanador, para que aquello que es un don divino y que está siendo amenazado en convertirse en un mal, no se realice. La iglesia tiene que hablar de una ética cristiana de la sustentabilidad en todos los aspectos de la vida humana y no humana.

La tradición cristiana, en ocasiones, ha manifestado ciertas tendencias a concebir el sexo como la puerta principal hacia tentación [1]. Para muchos hay una actitud consciente o inconsciente de que el placer sexual es la fuente primaria de maldad y de pecado. Inclusive su interpretación de la caída de la primera pareja en el Edén [Génesis 3], esta matizada por concepciones sobre la sexualidad como pecado. Así se puede ver entre los cristianos una lista de pecados que en su mayoría están vínculado con aspectos sexuales.

Estas concepciones que están profundamente arraigadas en nuestras tradiciones limitan el disfrute pleno de la vida sexual conyugal, y condicionan el discurso cristiano frente a la realidad que hoy vivimos. Esto a su vez hace que usualmente la iglesia limite su discurso público sobre un tema tan medular para esta cultura.

Recuerdo un joven cristiano, cuya union matrimonial celebré hace algunos años, que me decía que, aunque su esposa quería tener relaciones sexuales a menudo, él se negaba porque “después ella se acostumbraba a tener mucha relación sexual y podría tener problemas cuando él estuviera ausente.” Todavía me estoy preguntando que de qué clase de problemas estaría hablando él. De hecho, este matrimonio lamentablemente se disolvió.

Ese desconocimiento del valor del placer sexual en la vida de pareja nos obliga a plantear una ética que integre los valores judeocristianos con los conocimientos de la sexualidad sustentados por la investigación científica, y que como todo saber humano, siempre sujeto a revisión. Es bueno clarificar que toda atribución que se sostenga en premisas incompletas y no probadas, no se puede generalizar como norma de conducta. Por lo tanto, esta reflexión no pretende ser dogmática en el tema de la sexualidad.

Por motivos de este escrito se establecen tres (3) fuentes de conocimiento sobre la sexualidad a mencionar: (a) La tradición cristiana, que incluye La Biblia, la teología y la historia de la iglesia, (b) La investigación que proviene de las Ciencias Biológicas y Ciencias Sociales, y (c) La experiencia compartida de individuos y comunidades. Estas fuentes serán tratadas de forma integrada, reconociendo que las Sagradas Escrituras son la principal fuente de autoridad para nuestra visión protestante y evangélica.

DESARROLLO

  • Hacia una ética sexual

Cuando definimos ética, lo haremos utilizando como principal referencia a Aristóteles (1996). Desde esta perspectiva, la ética es el estudio de las decisiones y conductas humanas que nos permiten alcanzar y vivir la vida buena o la felicidad. Dado que la sexualidad es parte integral de la vida humana se impone hablar de las decisiones y conductas que nos pueden llevar a una vida sexual buena y placentera en el sentido integral. Ahora bien, para poder hablar de una ética sexual necesitamos recobrar el sentido de que existe una bendición medular en el placer sexual.

En las Sagradas Escrituras encontramos a algunos de los patriarcas que consideraban el placer sexual como algo irresistible que le hacía perder el control a los “hombres” y los forzaba a actuar de forma irresponsable (2 Samuel 11: 1-4). Para los primeros teólogos y padres de la Iglesia el buen cristiano era uno que evitaba el sexo tanto como era posible (para matar la carne) y cuando forzados por cumplir las obligaciones maritales hacia su esposa, ejecutaban sus deberes con el menor placer posible.

Aun en muchas de nuestras culturas cristianas se dice que el placer sexual es irresistible y que no nos permite distinguir entre lo bueno y lo malo. Inclusive se enseña que esta es la causa principal de las desgracias pastorales. Lo que no logran distinguir es que el verdadero problema no es el placer sexual sino el abuso sexual de ciertos líderes, que utilizando su posición sacan ventaja de aquellas personas que consideran más débiles. No hay duda de que el placer sexual ha sido mal entendido y en muchos círculos cristianos aún se considera un tabú.

Hay grupos religiosos que se oponen a la educación sexual en las escuelas porque según ellos, esto fomenta los pensamientos carnales en los estudiantes y les hace sexualmente vulnerables a prácticas inmorales. Usando esa misma lógica nos preguntamos que si enseñar los daños que causa el uso y abuso de drogas y alcohol fomenta el uso de estos en los estudiantes. Ahora si no hablamos y educamos le estamos entregando dicha educación a los medios de comunicación masiva que con el interés de tener “rating” se encargarán de presentar estos temas sobre sexualidad de forma inadecuada y dentro de una ética sexual inapropiada.

Muchos han propuesto como buena excusa para no hablar de la importancia del placer sexual es la creencia de que este es irresistible, y no solamente evaden la educación sobre el tema, sino que proveen con esto excusas convenientes para conductas irresponsables en situaciones sexuales. Este mito de lo irresistible del placer sexual ha sido una y otra vez usado como excusa para justificar infinidades de males tales como el adulterio, la fornicación, el hostigamiento, la violencia, preñez prematura y la violación.

Este mito de la irresistibilidad del placer sexual se ha transmitido de generación a generación y ha sido aceptado muchas veces sin cuestionarlo. Esta creencia ha sido utilizada como argumento para las mayores vejaciones en las mujeres, ya que se enseña (inclusive desde los púlpitos) que estas tienen que estar siempre disponibles para cada vez que el hombre tenga deseo para evitar infidelidades. De hecho, se ha declarado en algunos espacios religiosos que la infidelidad en los hombres se debe a que sus mujeres no están disponibles, y estos al no poder controlar su impulso buscan donde desahogarse. Lamentablemente, hemos hecho de la mentira una verdad.

El deseo sexual como aliado

El deseo sexual no debe ser visto como un enemigo a quien hay que vencer, temer o controlar. Tenemos que entender nuestros deseos sexuales como una serie de mensajes sobre nosotros mismos, sobre cómo somos. Necesitamos entender estos mensajes que emite nuestro cuerpo para canalizarlos correctamente y cooperar con este o establecer los límites que el evangelio nos ha propuesto.

Cuando reprimimos estos deseos sin entenderlos puede que en algunos casos sea detrimental. Tenemos que aprender a escuchar los mensajes de nuestro cuerpo de tal forma que aprendamos a conocer nuestras necesidades cualesquiera estas sean. Nuestro cuerpo emite mensajes cuando necesita descanso, cuando está en tensión, cuando requiere intimidad interpersonal, cuando tiene hambre, sueño y otros.

La verdad es que muchos impulsos que llamamos deseos sexuales son realmente diferentes mensajes que emite el cuerpo frente a sus necesidades y que, en nuestra cultura, obsesionada con el sexo, son interpretados como sexuales porque estos usualmente son satisfechos sexualmente. Es decir, hemos condicionado nuestra mente a interpretar como sexual todo apetito o mensaje que emite nuestro cuerpo. Por esto se necesita una ética consistente con nuestra relación como criaturas e hijos de Dios.

Es necesario aprender a satisfacer estas necesidades no sexuales que muchas veces son confundidas como sexuales y satisfecha como tales. Inclusive muchos de los mitos culturales que heredamos nos hacen darles connotaciones sexuales a todas nuestras necesidades. Esta situación dificulta el establecimiento de relaciones de amistad sincera (sin otras connotaciones) entre personas de diferentes sexos.

Ahora bien, cuando estas necesidades nos son realmente entendidas se crean desequilibrios en diferentes áreas de la vida que afectan la salud física y la autoestima de las personas. Algunos ejemplos de esto es el comer compulsivamente, el dormir en exceso, y tener relaciones sexuales compulsivas. Los hombres especialmente hemos sido socializados con el mito de que el sexo es la única actividad en la cual somos tocados, besados, apretados y acariciados. Como resultado se habla mucho de los hombres “adictos al sexo”, y que interpretan toda mirada, expresión, toque o caricia como incitación a lo sexual. Para estos, ser varón y querer tener sexo son sinónimos.

Por otro lado, declaramos que el placer sexual es bueno porque proviene de Dios y luego contradecimos la premisa estableciendo tantas reglas restrictivas para controlar esta necesidad humana que lo hacemos ver pecaminoso. Según Christine E. Gudorf, en su libro Body, Sex, and Pleasure: Reconstructing Christian Sexual Ethics (1994), la realidad es hay grandes bondades en el placer sexual. Las personas entrevistadas que llevaban largos años disfrutando de la experiencia sexual en su relación de pareja expresaron lo siguiente:

  • Es como un masaje de “bengey” en músculos adoloridos
  • Es algo sabroso y bueno
  • El placer sexual no es solo bueno, sino que es un componente ético de las relaciones de pareja.
  • Es primordial para evaluar una actividad sexual.
  • La relación sexual nos ayuda a superar el dolor de la soledad.
  • La intimidad sexual no solo expresa el amor, sino que simboliza la intimidad con Dios.
  • La intimidad sexual es una de las formas de celebrar el perdón y la reconciliación y reafirma el compromiso mutuo de una pareja.
  • Es el sentir que nuestro cuerpo es tocado y besado, sentirnos amados y deseados lo que nos hace llegar al orgasmo
  • El placer sexual produce la inmediata liberación del dolor y el sufrimiento que produce la lucha diaria.
  • El placer sexual no solo reduce la tensión y el estrés, sino que lo elimina temporalmente.
  • El placer sexual permite conocer y satisfacer un sinnúmero de necesidades básicas humanas.

El placer sexual es premoral, es decir, antes de lo moral. No es bueno porque es moral, sino que es bueno antes de ser moral. El decir que el placer sexual es bueno no niega que éste esté abierto al mal uso, mala interpretación y al abuso deliberado. La bondad del placer sexual no niega que puede haber fuentes de estímulo pecaminosas. Un ejemplo de lo antes dicho es la práctica rechazada por la tradición cristiana del sadomasoquismo, donde sus actores experimentan placer sexual, aunque la fuente de sus estímulos sea la violencia. Esta verdad nos obliga a establecer una ética cristiana del placer sexual.

  • Una ética evangélica del placer sexual

Es importante recalcar lo antes expuesto, el placer sexual puede venir de estímulos que niegan la humanidad y la integridad, e inclusive dan vergüenza. Cuando el placer sexual se convierte en un fin en sí mismo, el ser humano es capaz de cometer los actos más repulsivos y censurables para lograr su meta. Por esto el placer sexual no puede ser un fin en sí mismo y ni siquiera puede reconocerse como algo irresistible. Es necesario establecer que éste puede ser sometido a la razón y a la fe.

Chistine E. Gudorf, establece como su tesis principal que necesitamos minimizar el dolor y el sufrimiento y maximizar nuestra experiencia de placer corporal. Esta tesis da por sentado que todo placer corporal necesita considerar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22: 37-39). Para la autora el amor a los demás es parte integral del placer que se busca. El amor a las demás y la búsqueda del bienestar del otro no debe privarme a mí también de la búsqueda del bienestar personal. Al considerar a mi prójimo como digno de mi amor, esto me conciencia a ser más cuidadoso conmigo mismo, con mi cuerpo y con la satisfacción de mis propias necesidades.

Es de suma importancia crear un estilo de vida que satisfaga la necesidad humana del placer. Para algunos el placer significará hacer ejercicios fuera y en lugares abiertos, para otros masajes y caricias, para otro sexo frecuente, etc. Para otros es oler a los niños, abrazos frecuentes a sus amigos y familiares. Lo importante es que podamos escuchar el mensaje de nuestros cuerpos sobre lo que es placentero para este. Lamentablemente no nos educamos para discernir nuestros apetitos humanos.

Para el médico austriaco, Sigmund Freud (1856-1939), los adultos maduros son capaces de amar a otros y sacrificar sus propios deseos en interés de lo amado. Esto no significa que rechazan el placer a favor del amor del prójimo, sino que han aprendido tanto a utilizar la razón como la disciplina para tomar placer en el placer de otros. El placer tiene también diferentes niveles de gratificación. No es lo mismo el placer que sentimos al sembrar un árbol y verlo producir frutos para el deleite de la familia que el placer que se siente cuando una pareja se expresa su amor mutuo.

Ahora bien, existen diferentes métodos para clasificar el placer. Para el insigne filósofo y teólogo del escolasticismo, Tomas de Aquino (1225-1274), el placer se clasifica en “alto” y “bajo” placer. La relación sexual puede ser de “alto” grado cuando lo que la motiva es el profundo amor que se tiene a la pareja. El placer que proviene de satisfacer las necesidades de otros es alto en sí mismo. Por lo tanto, podríamos decir que el placer será “alto” o “bajo” dependiendo de sus fines y del origen de los estímulos que lo producen.

El verdadero problema que enfrenta la obtención del “alto” placer es que hemos cambiado el orden de lo que Jesús enseño como su postulado fundamental: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas, y Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Marcos 12: 29-33). Este segundo mandamiento de Jesús lo hemos interpretado así: “Como a ti mismo, amarás a tu prójimo.” Esta interpretación ha hecho que fracasemos como personas al afirmar solamente el amor propio y la búsqueda del bienestar personal, empujando fuera de nosotros el amor al prójimo de manera muy hipócrita.

Es muy lamentable que esta interpretación del segundo mandamiento, invirtiendo el mismo y estableciendo el amor propio como prerequisito para amar al projimo, indica el gran desconocimiento que tenemos del amor de Dios. El texto establece que el amor tiene su origen en Dios y no en nosotros, y que el criterio de amar a Dios y amar al prójimo antecede el criterio del amor propio. Toda ética cristiana que fomente la sustentabilidad y la equidad tiene que abrazar esta verdad.

Es bueno aclarar que la relación entre el yo y el tú (prójimo) nunca debe polarizarse. Aunque el bienestar de la comunidad debe ser puesto sobre nuestras necesidades personales, existen ocasiones donde mis necesidades personales pasan al primer lugar sobre las necesidades del prójimo. Se requiere discernimiento y reflexión para mantener el equilibrio y poder responder a la voz de la conciencia en cada momento dado. Lo importante es que entendamos que tan importante es el placer personal como el placer del prójimo y que es en esta dialéctica de los placeres que alcanzamos el placer más “alto”.

APLICACIÓN

En la vida sexual cada una de las partes envueltas en el acto debe consistentemente actuar para producir placer a la otra persona y abrirse para recibir placer. En cualquier relación donde solo una de las partes reciba o da placer, hará que la relación decrezca, y a la larga terminará. En una relación donde exista un compañero activo que desee siempre controlar la relación, producirá en la parte controlada resentimiento. La mutualidad es una meta necesaria en el amor y en cualquier relación humana. Sin amor y mutualidad la relación se distorsiona para oprimir a ambos componentes, tanto al amado como al amante.

Es importante que afirmemos que la intimidad sexual es una experiencia primariamente de amor, de apertura, de aceptar y ser aceptado y de ser fortalecido por el amor para alcanzar en amor al otro. La intimidad sexual es el mejor modelo para expresar nuestro sentido de amor, justicia e igualdad. Es el lugar donde entendemos lo que es verdadera comunión. Es donde aprendemos mejor a conocer las necesidades humanas y cómo satisfacer estas. Este don del placer sexual hay que celebrarlo siempre dentro de una estructura ética consistente con los postulados de la mutualidad.  AMEN.

Notas:

[1] Luis Rojas Donat, “Mujer y sexualidad en el occidente medieval. Orígenes del cristianismo”, en Revista Atenea, Chile, 2012, accesado en https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-04622013000100007

[2] Una lectura sosegada y sin prejuicios del Cantar de los Cantares (Shir Hashirím), nos ayudaría a entender el lugar del placer sexual dentro de las Sagradas Escrituras. Te invito a leer el artículo de la teóloga Elsa Tamez, citado en la Bibliografía.

Bibliografía

Aquinas, Thomas.  Summa Theologiae II IIae, Cuestión 34, Vol. 20. New York: McGraw-Hill, 1975.

Aristotle.  The Nicomachean Ethics. London: Wordsworth Classics of World Literature, 1996.

Freud, Sigmund.  A general introduction to psychoanalysis. Translator J. Riviere. New York:Pocket, 1952

Gudorf, Christine E.  Body, Sex, and Pleasure: Reconstructing Christian Sexual Ethics.Cleveland, Ohio: Pilgrim Press, 1994.

Rojas Donat, Luis. “Mujer y sexualidad en el occidente medieval. Orígenes del cristianismo”, en Revista Atenea, Chile, 2012, accesado el 21 de febrero de 2021, en https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-04622013000100007

Támez, Elsa. “Para una lectura lúdica del Cantar de los Cantares, ” en Ribla 38, Accesado el 21 de febrero de 2021 en, http://www.claiweb.org/ribla/ribla38/para%20una%20lectura%20ludica.html

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