Mirar la vida a través de su cuerpo …


Por Samuel Caraballo-López

INTRODUCCION

El texto del 18 de abril de 2021, tercer domingo de resurrección, y tricentésimo nonagésimo noveno (399) día de “lockdown” por COVID-19, lo encontramos en el evangelio de Lucas 24: 36-48. Hay tres (3) conceptos presentes en la narrativa del evangelio de Lucas que llaman la atención.  Estos conceptos son los siguientes:   delirio, decepción e incredulidad. 

DESARROLLO

El primer término se relaciona al testimonio de las mujeres que habían viajado con Jesús desde Galilea, que contemplaron el proceso de ejecución de Jesús (Lucas 23: 55-24:1), y llegaron hasta el sepulcro donde estaba el cuerpo de Jesús.  Según Lucas 24: 10 estas eran María de Magdala, Juana, María la de Jacobo y las demás mujeres.  Ellas fueron las primeras que encontraron la piedra que cubria al sepulcro de Jesús removida, y dos ángeles les habian anunciado que Jesús había resucitado (Lucas 24: 4-6). Luego de narrar su experiencia a los once discípulos, el texto nos declara:

Y estas palabras les parecieron (a ellos) como un delirio, y no las creían (Lucas 24: 11).

Un delirio es una alteración intensa de las facultades mentales que produce pensamientos confusos y una alteración de la conciencia sobre lo que está ocurriendo.  De hecho, el delirio tiende a ser rápido y cesa a las pocas horas o días.  Según los discípulos, estas mujeres sufrieron alucinaciones producidas por la tensión en que se encontraban después de la experiencia de la crucifixión y se imaginaron que vieron a los ángeles.  Dicha declaración descarta el testimonio de estas mujeres como evidencia de la resurrección de Jesús.  La pregunta lógica es cómo es posible que al menos cuatro (4) mujeres sufrieran la misma alucinación de forma simultánea, viendo los mismos detalles y escuchando el mismo mensaje.

El segundo concepto que llama la atención aparece en Lucas 24: 13-35, y ocurre en un contexto diferente.  Dos discípulos, posiblemente de los que habían formado el grupo de los 72 enviados en Lucas 10: 1-12.  Este es el relato más largo del libro de Lucas sobre la aparición de Jesús Resucitado. ¿Qué ocurrió con ellos? Este pasaje bíblico nos habla de dos (2) caminantes, uno llamado Cleofas y otro sin nombre, (que según el recurso narrativo de Lucas representa a los lectores), que se dirigían de Jerusalén a su lugar de residencia en Emaús.

Se ha encontrado que esta aldea de Emaus, es hoy el antiguo poblado de El Qubeibeh, establecido sobre una antigua fortificación romana llamada Castellum Emmaus, que se encuentra a una distancia exacta de sesenta estadios al norte de Jerusalén (11 kilómetros o 7 millas).  En el 1355, los franciscanos llegaron a aquel lugar y descubrieron algunas tradiciones locales que permitieron la identificación de este, con el lugar de residencia de Cleofas. En 1902, se construyó una iglesia de estilo románico integrando las ruinas de la anterior, que es la que persiste hasta hoy.

Estos discípulos regresaban con toda su esperanza “fracturada” debido a la ejecución de Jesús, su líder y Mesias.  Una semana atrás habían entrado a Jerusalén, en una caravana triunfal, dando voces de júbilo,  ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas! (Lucas 19: 38). Ahora recorrían el camino de regreso a casa, quizás mirando las ramas que ahora estaban secas, como recordatorio que todo había concluido.

Al salir de Jerusalén, sabían ya que el cuerpo de Jesús había desaparecido de la tumba, ya que algunas mujeres de su grupo lo habían informado y había sido confirmado por varios de sus compañeros (Lucas 24: 22-24). Con un alto grado de decepción e incredulidad contaron que estas mujeres alegaban que habían recibido el anuncio de la resurrección de Jesús a través de unos ángeles, sin embargo, ninguno de sus compañeros los vio (Cfr. Lc 24, 17-24).  Ahora se encontraban decepcionados y titubeantes en la fe:

Y nosotros esperábamos que El era el que iba a libertar a Israel, pero, además de todo esto, ya es el tercer día desde que acontecieron estas cosas (Lucas 24: 21).

El Resucitado y los discípulos de Emaús

¿En qué consiste la decepción?  Es un pesar causado por un desengaño. El camino de Emaús es el camino de la decepción, –“pero nosotros abrigábamos la esperanza de que Él era el que iba a libertar a Israel,”.   Esta expresión es una de las más dolorosas de los relatos de la resurrección.  Los discípulos de Emaús se hacen eco del sentimiento de los principales seguidores de Jesus. Lo que dicen es sencillo, — “Jesús nos decepcionó con su engaño de ser el Mesías” –. Esa declaración tan irrespetuosa hace que el “Forastero” del camino de Emaús reaccione:

“Entonces Él les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer en todo lo que hablaron los profetas! (Lucas 24: 25)

¿Cuál fue su problema básico? Había un malentendido sobre lo que los profetas habían escrito sobre el Mesías (verso 26). Ese era el problema de la mayoría de los judíos en esos días: Veían al Mesías como un redentor conquistador, pero no podían verlo como siervo sufriente. Al leer el Antiguo Testamento veían la gloria, pero no el sufrimiento, la corona, pero no la cruz. Los maestros de Israel no eran diferentes a algunos predicadores de éxito actuales, eran ciegos al mensaje total de la Biblia.

La decepción de estos discipulos requiere un entendimiento renovado de la palabra de Dios para superarse, y solo Jesús, el verdadero interprete de las Escrituras le ofrece dicha comprensión. Les abrió las Escrituras, y esta les abrió los ojos (verso 27), y ellos se dieron cuenta de que Jesús no sólo estaba vivo, sino que estaba ¡allí mismo con ellos! (verso 31). ¡Imagínate al más grande Maestro de todos los tiempos, explicando los temas más grandes del libro más grande de todos, y trayendo las más grandes bendiciones a las vidas de los hombres: ojos abiertos para verle, corazones abiertos para recibir la palabra, y labios abiertos para darle testimonio a otros del Resucitado.

El tercer concepto lo encontramos en el relato de Lucas 24: 36-48.  Aun cuando los once (11) habían escuchado a las mujeres, y pensaban que deliraban (Lucas 24: 11), a los caminantes de Emaús y no le creen (Lucas 24: 33-35), ahora están tan turbados que al ver al Resucitado lo confunden con un fantasma (un espíritu) (Lucas 24: 37).  Los conceptos religiosos y culturales de su época no habian salido de sus cabezas, a pesar de haber estado con Jesús cerca de tres (3) años. El conocimiento previo de estos discípulos se habia convertido en un obstaculo para aprender lo nuevo del evangelio, es decir, la información que el individuo tiene almacenada en su memoria, debido a sus experiencias pasadas bloqueaba el nuevo aprendizaje.

¿Qué realmente Jesús hizo en aquella tercera experiencia de encuentro como Resucitado?  Primero, Jesús les enseñó que la resurrección no era una metáfora, ni una leyenda y mucho menos un delirio. Jesus procede a probar la realidad de su resurrección:

  • Los espíritus y los fantasmas no sangran, Jesús sí –“Ved [eidon] mis manos y mis pies” (verso 39a)
  • Los espíritus y los fantasmas no pueden ser palpados, Jesús sí – “palpadme [pselafao] y ved, pues un espíritu no tiene carne y huesos, como observais [theoreo] que yo tengo“ (verso 39b)
  • Los espíritus y los fantasmas no les da hambre, ni comen alimentos, Jesús sí – “¿Tenéis aquí algún alimento?” (verso 41-43)

Es interesante observar que la incredulidad de los discípulos era producida por el conocimiento asimilado a través de procesos de aprendizaje informal y formal.  Aun cuando Jesús, siendo un maestro excepcional, había estado con ellos durante tres años, la fuerza de su conocimiento religioso y cultural se había convertido en una “fortaleza” inexpugnable en sus cerebros.  Esta herencia religiosa y cultural se había convertido en conocimiento tácito en estos discípulos. ¿Cómo penetrar el “cinturón protector” de este conocimiento adquirido previamente por estos discípulos?

La conducta de Jesús resucitado arroja luz sobre para contestar esta pregunta:

Pero como ellos, a causa del gozo y del asombro, aún no creían, les dijo: ¿Tenéis aquí algún alimento?  Ellos entonces le presentaron parte de un pez asado (y un panal de miel-RV 1960). Y tomándolo, lo comió delante de ellos y les dijo:  Estas son mis palabras, que os hablé estando aún con vosotros: que tenían que cumplirse todas las cosas que habían sido escritas acerca de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos.  Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras, (Lucas 24: 41-45).

Es la experiencia de la corporalidad real de Jesús es la que abre los “cerrojos” del entendimiento en los discípulos.  Esto representa una clave hermenéutica para la fe cristiana, ahora la vida humana se mira a través del cuerpo resucitado de Jesús (1 Juan 4:2-3).  Los discípulos experimentan la resurrección no por su propia lectura de las Escrituras, sino a través del reconocimiento del cuerpo del que había sufrido a manos del imperio, y que ahora está resucitado.

Aun cuando habían escuchado que Jesús estaba vivo, tanto por el testimonio de las mujeres, como de los discípulos del camino de Emaús, su incredulidad y asombro perduraban (Lucas 24: 41). Al Jesús reconocer esto, toma la decisión de pedir a ellos comida. Observe que es cuando ellos le dan una pequeña parte de un pez asado (Tilapia) a Jesús y este lo come, surge su disposición para escuchar .  Solo cuando estamos dispuestos a aceptar la aportación de nuestros alumnos, aunque sea poca, sencilla y limitada, estos se siente en la disposición de recibir de su maestro.

La educación para el reino, diferente a las disciplinas de la cultura, requiere apertura tanto del maestro para aceptar lo que el discípulo tiene que ofrecer como para compartir con el alumno sus dones.  A esta relación entre el maestro y el discípulo la llamamos compañerismo de la mesa. El compañerismo de la mesa es una condición necesaria para reconocer la verdad del evangelio.  No es hasta que los discípulos sienten que su don es recibido por el Resucitado, que se abren para recibir el mensaje de Este (vea verso 44).  En el relato anterior (Lucas 24: 13-35) ocurre lo mismo, no es hasta que los discípulos de Emaús se sienten validados por el “Forastero” al aceptar su hospitalidad, que sus ojos se abren para reconocer al Resucitado (verso 31).

APLICACIÓN

Toda formación cristiana tiene como base y fundamento a la persona del Jesús encarnado, su obra expiatoria y su resurrección de entre los muertos. Esta formación cristiana que tiene como contenido el evangelio, es asistida por el Maestro de la Iglesia, el Espíritu Santo (verso 45) que abre el entendimiento para que comprendamos su verdadero significado. Ahora bien, el aprendiz o discípulo necesita ser reconocido y validado como tal por aquel a quien reconoce como su maestro.

La narrativa del imperio era que Jesús permanecía muerto (Mateo 28: 11-15).  Ahora la nueva y verdadera narrativa del Resucitado contrasta la mentira del imperio.  Es necesario que los que somos testigos de estas cosas lo demos a conocer. Ahora los discípulos deben reconocer que no fue un “delirio” de las mujeres, y mucho menos una trama inventada sostenida en la “decepción” de los discípulos de Emaús. 

Jesus nos invita en medio de la crisis pandémica del mundo, que invitemos a todos a conocer la verdad de que El venció la muerte producto de la violencia del imperio y de su pueblo. La experiencia de recibir en su cuerpo la violencia sanguinaria como forma de acallar la voz de Dios en la historia, fracasó.  “Él es el Soberano de los reyes de la tierra” (Apoc. 1: 5), y la ira imperial no lo pudo mantener bajo tierra, ni pudo acallar el mensaje de las buenas nuevas del evangelio.  Fue en su debilidad humana que venció los principados y potestades, representados por las estructuras hegemónicas de su tiempo, por medio de su muerte y resurrección.

Ahora debemos ver la vida a través del cuerpo resucitado de Jesús, como forma de vencer la intimidación, la subestimación y la incredulidad armas utilizadas por las fuerzas del mal para impedir que el evangelio avance en esta tierra.   Para aquellos que se encuentran en el centro de poder por los privilegios que le ofrece el sistema al valorar sus cuerpos (blancos, hermosos, dotados de belleza, educados, ricos, saludables, ciudadanos del imperio, etc.), estos textos son una advertencia y una incitación.

La advertencia está en entender que estos privilegios de la cultura dominante nos pueden traer dificultades para entender las buenas nuevas del resucitado. El tener ventajas sociales, religiosas, económicas e inclusive físicas realmente son una “desventaja” para entender el evangelio.  Son nuestras comodidades y privilegios que se convierten en nuestro mayor tropiezo para comprender, vivir y servir al Resucitado.  Son estos privilegios, que en ocasiones, nos hacen menospreciar a los creyentes más humildes, llamándoles fundamentalistas e ignorantes, creyendo que no tenemos “nada” que recibir de ellos.  Lamentablemente, cuando se hace esto nos “distanciamos” del cuerpo maltratado y vejado de Jesús. 

Este texto es una incitación a que veamos a cada uno de estos “mas” pequeñitos como compañeros del ministerio, y coherederos juntamente con Cristo de todas las promesas de Dios, y nos abramos a recibir la ministración de sus dones (1 Pedro 4: 10). Cuando así lo hagamos, y solo entonces, podremos ver y experimentar junto a ellos el poder del resucitado transformando nuestras vidas y nuestro mundo.” Muchas bendiciones.

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