Pentecostés: una revalorización del Espíritu Santo


Por Samuel Caraballo-López

“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber un mismo Espíritu” (1 Corintios 12: 13).

INTRODUCCIÓN

El texto del 23 de mayo de 2021, domingo de Pentecostés lo encontramos en el evangelio de Juan 15: 26-27; 16: 4-15.  No hay duda de que este día tan especial tiene que ser tomado en serio por la Iglesia en todo el mundo. Es urgente que nos hagamos conscientes del peligro de sustituir la voz primaria del Espíritu Santo por la nuestra, muy especialmente en la toma de decisiones en nuestras congregaciones, denominaciones y organizaciones de base de fe.  El hacerlo es asumir que tenemos mayor destreza y competencia que la tercera persona de la Trinidad.

Es importante que establezcamos a la luz del texto de hoy el perfil, la naturaleza y la función del Espíritu Santo.  Permítame establecer un resumé laboral de la tercera persona de la Trinidad, para que entendamos el desperdicio, que en ocasiones, hemos hecho de estas competencias.   De hecho, hemos llegado al atrevimiento de atribuirle al Espíritu Santo enseñanzas heréticas y disfunciones teológicas que son producto de nuestra ignorancia o de insanidad mental.  Creo que este festival de Pentecostés debe ser un tiempo de arrepentimiento por nuestra ignorancia, por nuestras atribuciones incompletas hechas a la persona del Espíritu Santo, que redundan en una falta de respeto a su Santidad.

DESARROLLO

El teólogo belga, José Comblin, en su libro The Holy Spirit and Liberation (1989), nos muestra cómo se minimizó intencionalmente la tercera persona de la Trinidad en los principales Credos de la cristiandad. Según Comblin, la razón principal fue el efecto igualatorio que traía el Espíritu para las comunidades marginadas (mujeres, negros, pobres, oprimidos, extranjeros, etc..) que formaban la mayoría del vulgo [1]. Este efecto beneficioso para el pueblo no era deseable para las estructuras jerárquicas que sostenían el “status quo” en la Iglesia.

El Espíritu Santo, y su manifestación en Pentecostés, según Comblin, resultaba en una amenaza para los poderes eclesiásticos, políticos y sociales. De hecho, el Espíritu Santo creó una comunidad igualitaria (Hechos 2: 46-47), e hizo posible la inclusión de aquellos que eran culturalmente excluidos (Hechos 4: 1-7). Por lo tanto, el Espíritu Santo revive la voz profética de toda la Iglesia, opacada por el institucionalismo y el acomodo a los poderes de este mundo, y rompe dentro de la comunidad cristiana con el criterio de la separación de clases y grupos privilegiados que es una réplica del sistema imperante. He ahí la función profética y política del Espíritu Santo, que no puede ser ignorada,y que en este día de Pentecostés tiene que ser realzado y afirmado.

Pienso que en ocasiones olvidamos, el papel que juega el Espíritu Santo como tercera persona de la Trinidad, que, junto al Padre y al Hijo, fue parte integral del proceso ordenador de la creación (Génesis 1: 2). Observemos que el envío del Espíritu Santo, según nos expresa la perícopa bajo análisis de este domingo, nos evoca el orden primigenio que el Padre estableció.

Cuando venga el Paracleto, a quien Yo os enviaré del Padre, el Espíritu de la verdad, el cual procede del Padre, El dará testimonio acerca de mí; y vosotros también sois testigos, porque estáis conmigo desde el principio (Juan 15: 26-27).

El Espíritu participó en el proceso de la Creación para que esta llegara a ser, y que constantemente se actualice. Esta función se replica en la formación de la Iglesia del Señor, que mediante la Palabra de Jesús es constituida para ser testigos del plan redentor del Padre.  Es la acción del Espíritu en Pentecostés, que, utilizando la promesa de Jesús, hace que la Iglesia llegue a ser, siga siendo y que continuamente se reforme (Ecclesia reformata quia semper reformanda).

Esta verdad nos arroja luz sobre la función principal del Espíritu, que es formar la Iglesia, afirmando y glorificando a Jesús, guiando a los discípulos a toda verdad y guardando su integridad, estando con, en y sobre ellos. Además, el Espíritu hace posible y efectivo la predicación del evangelio del reino por los discípulos.

Y cuando El venga, redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio.  De pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis más; y de juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido juzgado (Juan 16: 8-11).

No es la Iglesia la que determina cómo el Espíritu “sopla”, lo contrario es cierto. Ninguna congregación, denominación u organización que se llame cristiana puede actuar en autonomía del Espíritu Santo (Hechos 5: 3, 9; 16: 6-10), y de hacerlo, debe ahorrarse el nombre de cristiana.  El Espíritu Santo actúa en la Iglesia, con la Iglesia y sobre la Iglesia.  Lamentablemente hemos relegado, no sé si por ignorancia o de forma intenciónal, al “Fundador” de la Iglesia en la conducción de esta.

Pienso que este “destierro” del Espíritu de nuestros asuntos eclesiásticos se debe a una premisa incorrecta que hemos adquirido, y que podemos llamar el “deísmo pneumatológico”.  Se asume en algunos círculos cristianos que el Espíritu Santo, quien fundó la Iglesia, y la ha dirigido, actúa hasta que ésta alcance la mayoría de edad:

“El amor nunca deja de ser. Porque las profecías serán abolidas, las lenguas cesarán, el conocimiento se acabará; porque en parte conocemos, y en parte profetizamos, pero cuando vengo lo perfecto, lo que es en parte se acabará.” (1 Corintios 13: 8-10).

Piensan este sector, que ahora tenemos la sabiduría para dirigir la Iglesia, prescindiendo de Él.  Nada más lejos de la verdad!  La historia de la Iglesia nos enseña que cuando hemos relegado al Espíritu de los asuntos eclesiales, terminamos haciendo de la Iglesia un instrumento para cometer las más vergonzosas prácticas [2].

En nuestros discursos hablados y escritos declaramos la relevancia del Espíritu Santo en y con la Iglesia, sin embargo, si miramos la práctica es solamente un “cliche”,  tal reconocimiento no existe.  Hablamos de que el Espíritu santifica, autentica, dirige y enseña, pero en la práctica lo negamos, y repetimos la historia, relegando al Espíritu a un rincón “decorativo” de nuestros ministerios.

¿Cuántos líderes han hecho de sus opiniones, entendimientos y prejuicios, “diz que” la voz del Espíritu, pensando que son un “lord” o “lady” [3] de la Iglesia?  En muchas ocasiones la Iglesia ha actuado en forma semejante a los poderes políticos o las autoridades gubernamentales.  Sus reglas, estilos administrativos, manejo del presupuesto, reclutamientos y nombramientos asumen los mismos criterios político-partidistas del estado en lugar de los principios del reino de Dios.

No podemos pasar por alto que el Espíritu es enviado a la Iglesia (Juan 15: 26; 16: 7), llegó y está en la Iglesia (Juan 15: 26; 16: 7, 8, 13).  Este fue dado por el Hijo, aunque proviene del Padre (Juan 14: 16), y guía a la Iglesia a alcanzar la más completa y sublime verdad (Juan 16: 13).  Es el Espíritu quien construye (edifica) y actualiza la Iglesia de Jesucristo (1Corintios 14: 22).

APLICACIÓN

El texto de hoy nos declara cuál es el perfil y función del Espíritu Santo.  Seis (6) son sus funciones:

  • Redargüir al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16: 8-11)
  • Glorificar y testificar a y de Jesús (Juan 15: 26; Juan 16: 14)
  • Morar en, con y sobre los seguidores de Jesús (Juan 14: 17)
  • Guiar a toda verdad (Juan 16: 13)
  • Anunciar las cosas que han de venir (Juan 16: 13)
  • Enseñar todas las cosas y recordará todo que Jesús dijo (Juan 14: 26)
  • Compartir los secretos de Dios a sus discípulos (Juan 16: 15)

Si observamos con detenimiento una y cada una de las funciones, nos daremos cuenta de que la Iglesia no puede existir y funcionar en el mundo sin el Espíritu Santo.  Si aceptamos esto como una verdad, entonces la pregunta es, ¿Cómo podemos ignorar su presencia y voz dentro de la Iglesia y sus organizaciones? ¿Cómo podemos realizar nuestra misión en autonomía del Espíritu?  La contestación es solo una, NO podemos, sin sumergir la Iglesia en un círculo de fracaso e inefectividad.

Hoy Día de Pentecostés es también momento para arrepentirnos, más que de pecados cometidos, sino de nuestro mayor pecado como Iglesia, relegar la voz del Espíritu y sustituirla por nuestra propia voz:

Porque dos males han hecho mi pueblo:  Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, Y cavaron para sí cisternas, Cisternas rotas que no retienen el agua (Jeremías 2: 13).

Hoy volvemos a Ti arrepentidos y solicitando tu misericordia.  Devuélvenos el Candelero del Espíritu para que nos alumbre en tan oscura noche.  Amén.

Notas:

               [1] Jose Comblin, The Holy Spirit and Liberation.  Translated from the Portuguese by Paul Bruins.  (Eugene, Oregon: Orbis Books, 1989): 85.

[2] Justo L. González, Historia del pensamiento cristiano. (Barcelona, España: Editorial CLIE, 2010), Pág. 425-436.

               [3] Son títulos de nobleza del Reino Unido, y dado el título están habilitados para ejercer el poder.

Bibliografía:

Brown, Raymond E. El evangelio y las cartas de Juan. Bilbao: DESCLEE DE BROUWER, 2010.

Caraballo-López. “Pentecostés … una invitación a examinarnos”.  Sin Miedo a Pensar, Blog. 7 de junio de 2014. Accesado el 22 de mayo de 2021 en https://samcaraballo.wordpress.com/2014/06

Comblin, José. The Holy Spirit and Liberation. Translated from the Portuguese by Paul Bruins.  Eugene, Oregon: Orbis Books, 1989.

Morris, Leon. El evangelio de Juan, Vol. I. Traducción Dorcas González Bataller.  Barcelona:  Editorial CLIE, 2005.

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