Cuando la soberbia pretende programar el corazón…¿Qué hago?

soberbia

Por Samuel Caraballo-López

En el año 29 d.C. (El año decimoquinto del gobierno de Tiberio César), en el desierto de Judea, Dios rompe su silencio, mediante una Palabra traída a Juan, hijo de Zacarías (Lucas 3: 2).  De inmediato Juan comienza a proclamar el arrepentimiento como requisito para participar en el Reino de Dios que se acercaba (Mateo 3: 2). Este Juan es el último portavoz del Señor, y con él se cierra la era de la ley y los profetas.  El es símbolo de la transición entre lo viejo y lo nuevo que se acercaba a la tierra.

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Juan el Bautista era un mensajero singular:  su proyección pública, su apariencia física, sus prácticas alimentarias, los espacios donde moraba, el estilo de sus oráculos, y su sinceridad–que rayaba en lo descortés–lo hacían un personaje digno de ser escuchado.

El contenido de los discursos de Juan llama la atención aún a los más escépticos. En este Reino que el anuncia, no hay personas favorecidas por sus apellidos de abolengo, ni por sus afiliaciones políticas, ni por sus títulos académicos, ni por su estatus social o económico.   El mensaje de Juan nos trae grandes verdades que tienen que ser consideradas hoy: No podemos depositar nuestra confianza en los rituales religiosos, ni en nuestro origen étnico o racial, ni en nuestra apariencia física, y mucho menos en nuestra herencia religiosa. Nada de eso nos da méritos para participar en el Reino de Dios que se acerca (Lucas 3: 8).  Solo el arrepentimiento, que se demuestra por una conducta congruente con los valores de ese reino, se convierte en el pasaporte para huir del juicio divino que se aproxima, y nos abre las puertas para participar en ese nuevo escenario.

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Juan, el Bautista fue comisionado por Dios a preparar el Camino, no al Cesar ni a ningún otro, sino al verdadero Señor.  Como lo hizo a través de Moisés, Dios reta a su pueblo a ver el desierto como un lugar, no de desolación, sino de esperanza (Lucas 3: 2). ¡Qué difícil es para nuestra sociedad occidental ver la crisis como el trampolín de la esperanza!

Es importante clarificar en qué consistía este bautismo de arrepentimiento que Juan proclama.  El bautismo era parte de los ritos de purificación, especialmente cuando un gentil se convertía al judaísmo.  Sin embargo, esta ceremonia de bautismo celebrada por Juan en el Río Jordán, hablaba de perdón de pecados, sin mediar el sistema de sacrificios del templo de Jerusalen, por lo tanto, era un reto al “status quo” y anticipaba tiempos nuevos.

Juan, hijo del sacerdote Zacarías (Lucas 1: 59ss), se desconecta del templo y sus rituales para proclamar el perdón de pecados basado en el arrepentimiento personal, y que es confirmado en un bautismo público. Juan el bautista por medio de este rito bautismal enfrenta los tres ídolos del judaísmo:  Jerusalem, la ciudad santa (Sión), su templo y su sistema de sacrificios.  También enfrenta el poder político o monárquico representado por Herodes Antipas, que es llamado al arrepentimiento.  Juan censura públicamente a Antipas al éste repudiar su esposa, y casarse con Herodías, su sobrina, y esposa de su hermano, violando la ley de Dios (Levítico 18:16).

El mensaje de Juan es pertinente a nuestra realidad como pueblo en este momento de la historia. El Reino requiere acciones congruentes a una vida transformada.  Ahora bien, esta conducta, producto de la transformación, no puede ser producida solamente por un mensaje profético que concientice, sino por un poder que pueda alterar la soberbia que este sistema decadente ha incorporado en nuestra vida.  La expresión de Juan: “Yo a la verdad os bautizo con agua; pero viene uno más poderosos que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”, establece la tónica para la transformación.

Solo la intervención de Jesús en nuestra vida, puede producir, en respuesta a nuestro arrepentimiento, las condiciones internas para que se manifiesten esas acciones dignas de ese arrepentimiento.   Nosotros, al igual que Juan el Bautista,  podemos denunciar el pecado individual y social, e inclusive hacer consciente a cada individuo que sus caminos están equivocados, pero solo el poder de Jesús puede iniciar en nosotros la transformación que nos lleve a vivir vidas congruentes con el arrepentimiento, que hemos adoptado.

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En este tercer domingo de adviento, Jesús nos invita a permitir que el poder de su Espíritu Santo y su fuego consumidor purifiquen nuestros labios irreverentes, y renueve nuestro entendimiento oscurecido por la soberbia, para que el conocimiento del Señor llene todo nuestro ser; espíritu, alma y cuerpo.  ¡Muchas bendiciones!

2 Replies to “Cuando la soberbia pretende programar el corazón…¿Qué hago?”

  1. Amén-que así sea. Anhelo esto en mi vida. Pq al q sabe hacer lo bueno y no lo hace le es contado por pecado. Que nuestros sentidos espirituales sean agudizados para escuchar Su voz, percibir Su presencia y temblar a Su advertencia.

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