Cuando la verdad de Dios me causa tropiezo …


Por Samuel Caraballo-López

 “¡Bienaventurado el que no tropieza por causa de mí!”         -Jesús-

INTRODUCCIÓN

Los textos para el 9 de enero de 2022, primer domingo de epifanía, lo encontramos en dos pasajes que se complementan entre sí, Isaías 42: 1-7 y Lucas 3: 15-22.  El mensaje que emana de estos textos es crucial para comprender la riqueza del ministerio de Jesús en su tiempo, y la diversidad de expectativas que generó su vocación mesiánica, que, en ocasiones fue imposible armonizar.

La declaración anterior nos plantea la gran necesidad del respeto mutuo como seguidores de Jesucristo, aun cuando podamos diferir en ciertos puntos de vista. El concepto respeto [entrepo (gr)] significa «dar honor o valor» a otros y es un requisito primordial para mantener la unidad de la Iglesia, porque está vinculado al amor, e implica el reconocimiento de que hay personas, relaciones y cosas que son más importantes que nosotros (Filipenses 2: 3; Juan 13: 34-35; 15: 12; 1 Pedro 2: 17, 3: 7; 1 Juan 3: 23). Te invito a leer y reflexionar cuidadosamente sobre este escrito, solicitando a Dios con humildad su dirección.

Hay algunas cuestiones que pretendo atender con relación a las divergencias suscitadas entre las concepciones mesiánicas de Juan el bautista y de Jesús de Nazaret, y que ha producido una significativa cantidad de investigaciones sobre el tema en años recientes [1].   

DESARROLLO

(a) El perfil de Juan el bautista (Lucas 3: 1-6)

En el evangelio de Lucas, Juan es presentado como el equivalente del heraldo de buenas noticias para los exiliados de Judá en Babilonia, que anuncia el Segundo Isaías, en el oráculo del capítulo 40: 3-5. Miremos el texto del evangelio:

Isaías había hablado de Juan cuando dijo:

«Es una voz que clama en el desierto:
“¡Preparen el camino para la venida del Señor!
    ¡Ábranle camino!
Los valles serán rellenados,
    y las montañas y las colinas, allanadas.
Las curvas serán enderezadas,
    y los lugares ásperos, suavizados.
Y entonces todas las personas verán
    la salvación enviada por Dios”». (Lucas 3: 4-6, NTV)

El llamado que Dios hace a Juan cumple el protocolo de los profetas clásicos (Jeremías 1: 1-4).  Juan, hijo del sacerdote Zacarías de la clase de Abías, que vivía en el desierto, recibe el mensaje revelado de Dios en un momento específico de la historia (Lucas 3: 1-3).  Juan comienza a predicar el mensaje recibido en toda la región de la cuenca del río Jordán, más específicamente en la provincia de Perea (hoy Jordania).  

El ministerio de Juan comenzó, según el cómputo sirio de los datos que ofrece el mismo texto, en el año 15 del emperador Tiberio, correspondiente al año 28 (o 29) de la era cristiana, teniendo la edad de 35 (o 36) años [2]. Juan se distingue por su llamado al bautismo, que era el ritual externo que confirmaba el arrepentimiento que YHVH reclamaba para que los verdaderos hijos de Abraham. De esta forma el bautismo de Juan es entendido como un rompimiento con el “status quo”, y un nuevo alineamiento a los propósitos de Dios para su pueblo.

(b) El verdadero Mesías de YHVH (Lucas 3: 15-16)

Pasemos a considerar la perícopa de Lucas 3: 15-16:

 Todos esperaban que el Mesías viniera pronto, y tenían muchas ganas de saber si Juan era el Mesías. Juan contestó a sus preguntas diciendo: «Yo los bautizo con agua, pero pronto viene alguien que es superior a mí, tan superior que ni siquiera soy digno de ser su esclavo y desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego (Lucas 3: 15-16 NTV).

La declaración de Juan el bautista sobre la inminente crisis escatológica que se aproximaba (Lucas 3: 7-9), provoca dos (2) clases de preguntas por parte de la audiencia. La primera pregunta fue: ¿Cómo nos preparamos para el juicio inminente que estas anunciando? (Lucas 3: 10-14).  La respuesta es dada en términos generales y específicos para que no quede dudas.  “Nadie puede huir de esta ira de Dios que se acerca”—decía Juan,—“Demuestren por su forma de vivir que se han arrepentido de sus pecados” (Lucas 3: 7-8).  De hecho, el verdadero cambio se demuestra por las acciones que se realizan.  Si Juan hubiese sido latino hubiese dicho “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, este es un principio que no podemos obviar.

Es interesante que Juan no habla generalidades, es específico: “si tienes dos camisas, da una a los que no tienen”. “Si tienes comida, comparte con los que tienen hambre”. A los corruptos cobradores de impuestos que llegaron donde él, les dice con claridad, “no recauden más impuestos de lo que el gobierno requiere”. Este mensaje se lo daría a muchas organizaciones religiosas, denominaciones e individuos que tienen sus cuentas bancarias repletas, habiendo tanta necesidad entre sus propios hermanos y el pueblo. A los soldados que velaban por el orden en la región, Juan les dice: “no extorsionen ni hagan falsas acusaciones, y estén satisfechos con su salario.” Juan tenía un repertorio de respuestas específicas para todos. ¡Que gran necesidad tenemos de personas que hablen con verdad, especificidad y claridad a los pueblos!

A partir del verso 15, las preguntas cambian (parece que las respuestas no gustaron) hacia la persona de Juan. ¿Será acaso Juan el Mesías prometido? Para aquel auditorio de Juan el significado del Mesías era fluido. Los judíos esperaban a varios candidatos para el fin de los tiempos.  Algunos esperaban a Elías, otros a Moisés, Melquisedec, o algún gran profeta de la antigüedad.  No pocos esperaban al Hijo del Hombre que habló Daniel, o a un poderoso guerrero o un Mesías político, e inclusive a un Sumo Sacerdote.  Aunque veían al Mesías como una señal de esperanza, había cierta confusión en la configuración del perfil de éste.

Para algunos de ellos el perfil de Juan no encajaba con sus expectativas sobre la figura del Mesías. Esta realidad la hemos discutido en otros artículos sobre Juan, así que no abundaré en el tema. Ahora bien, aunque Juan no establece claramente cuál era su perfil del Mesías, procede a orientar a aquellas multitudes, sobre quién era él dentro del plan de Dios con respecto al que había de venir. El Bautista hace claro cuál era su rol dentro del plan de Dios:

  • El Mesías es superior a mí, dije Juan: “No soy digno de desatar la correa de sus sandalias”.
  • El era el mensajero o profeta quién prepara el camino para la llegada de Aquel que habia de venir (Malaquías 3: 1; 4: 5), asumiendo el rol de Elías, que el ángel había anticipado a Zacarías (Lucas 1: 17, 76).
  • Juan designa al Mesías como el que es “más poderoso que yo”, comparación que según el evangelista Lucas, reside en el estatus superior del bautismo de Jesús, y que discutiremos más adelante.

Para Juan, el poder del bautismo del Mesías era su mayor distintivo; diferente al bautismo que él realizaba, el del Mesías sería con “Espíritu Santo y fuego”.  Este bautismo será una manifestación de la bendición escatológica y capacitadora de Dios para el cumplimiento de su misión redentora (Hechos 1: 8: 2: 4 ss).  El sustantivo “fuego” añadido al bautismo del Espíritu Santo implica en cierta medida refinamiento, acrisolamiento y purificación para sus receptores (vea Malaquías 3: 2-3). Creo que ese bautismo del Espíritu Santo, que, según Lucas-Hechos, se manifestó en Pentecostés, se convierte en un elemento imprescindible para el ministerio cristiano hoy.

(c) Una revisión a la concepción de Juan y sus seguidores sobre la misión del Mesías de Dios (Lucas 3: 17-20; 7: 18-23).

Aunque el pasaje del evangelio de Lucas 3: 17-20 no aparece entre las lecturas del calendario litúrgico, me parece que es una buena oportunidad para explicar, la ruptura teológica que se dio entre Juan el bautista y Jesús de Nazaret.  Esta separación se dramatiza en pregunta enviada desde la cárcel por Juan a través de sus discípulos, que demuestra cierta divergencia entre la concepción del Mesías que esto tenían y el ministerio que Jesús llevaba a cabo en Galilea, y que algunos no han explicado adecuadamente (vea Lucas 7: 18-20). El verso 17 es medular para entender estas concepciones teológicas que Lucas intenta explicar tanto en su evangelio, como en los Hechos de los apóstoles (vea Hechos 19: 1-7):

“Su aventador está en su mano para limpiar bien su era y recoger el trigo en su granero, pero quemará la paja con fuego inextinguible” (Lucas 3: 17, BTX).

El perfil del Mesías que Juan presenta en esta declaración es la del que promulga el juicio divino, cuyo resultado será basado en la respuesta del pueblo al mensaje que el bautista proclama.  Esta visión de la vocación mesiánica que Juan propone se desarrolla a medida que evoluciona la narrativa misma.  Observemos que Juan el bautista fija el juicio divino como algo inmediato e ineludible, y no actualiza dicha concepción durante su ministerio.

Este punto anterior se ve claramente tanto en Juan como en sus discípulos en la discusión que se suscita entre los discípulos de Juan y Jesús en los siguientes textos:

 Los discípulos de Juan el Bautista le contaron todo lo que Jesús hacía. Entonces Juan llamó a dos de sus discípulos  y los envió al Señor para que le preguntaran: «¿Eres tú el Mesías a quien hemos esperado o debemos seguir buscando a otro?». Los dos discípulos de Juan encontraron a Jesús y le dijeron: «Juan el Bautista nos envió a preguntarte: “¿Eres tú el Mesías a quien hemos esperado o debemos seguir buscando a otro?”» (Lucas 7: 18-20, NTV).

La pregunta que hace Juan el bautista a través de sus discípulos es sencilla: ¿dónde está el juicio inminente que yo anuncié?  Si realmente, tu eres el Mesías debías demostrarlo cumpliendo el juicio anunciado. Aunque la comprensión sobre el mesianismo de Jesús estaba todavía en formación, Jesús no se conducía como un Mesías de juicio como Juan había proclamado, sino de salvación y misericordia.  Él se identificaba con los pecadores y con gente impura, sanaba a los enfermos y libertaba a los endemoniados, y no tenía una pizca de la figura de “fuego” de Juan (Lucas 3: 17). ¿Qué realmente ocurría con la expectativa mesiánica que Juan derivaba de la palabra revelada recibida en el desierto? (Lucas 3: 2). ¿Se había equivocado Juan, o Jesús no era el esperado?

Solo unas verdades que no deben ser olvidadas: primero, el «espíritu» del profeta está sujeto al profeta (1 Corintios 14: 32, 1 Pedro 4: 11); y segundo, la revelación que Dios da pasa por los filtros del profeta previo a ser declarada públicamente. He ahí la importancia de que exista una comunidad detrás del intérprete. Todo ministerio cristiano se compone del “tesoro” de lo divino, que es compartido a otros por «vasijas de barro”, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros (2 Corintios 4: 7).

(d) El bautismo de Jesús (Lucas 3: 21-22)

Cuando todo el pueblo era bautizado, aconteció que también Jesús fue bautizado; y mientras oraba, fue abierto el cielo y descendió el Espíritu Santo sobre El en forma corporal como paloma, y surgió una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti hallo mi complacencia. (Lucas 3: 21-22, BTX)

Lucas saca de escena a Juan el bautista narrando en el verso anterior su encarcelamiento (Lucas 3: 20). Esta unidad narrativa nos presenta la preparación de Jesús para el ministerio público (Lucas 3: 21-4: 13). Esta preparación incluyó la afirmación de su vocación divina, la capacitación del Espíritu Santo, su conciencia de ser representante de la humanidad, su solidaridad con los propósitos de Dios y demostrado en la tentación, y su etapa crucial de transición de un mesías del fin del mundo (como Juan lo concebía), hasta ser un predicador de las buenas nuevas de que el reino de Dios ha llegado.

La escena del bautismo que nos presenta Lucas es de corte sobrenatural, en la que el cielo se abre y Dios da a conocer sus designios a la humanidad.  Esto ya lo habíamos visto en el llamado del profeta Ezequiel (2: 1-5), la voz divina es acompañada de un espíritu fortalecedor y de una comisión profética. En esta escena de Lucas hay dos fases:

  • La primera, el pronunciamiento divino del estado de Jesús: “Tu eres mi Hijo amado,” que se asemeja al intertexto del salmo 2: 7.
  • La segunda, la identidad de Jesús en relación con Dios y su proyecto redentor: “en ti hallo mi complacencia.”  La voz de Dios es coherente con las voces anteriores de Gabriel, Elizabeth y las huestes celestiales, la misión de Jesús es complacer al Padre en todo: en la obra redentora y en el juicio venidero.

Es en la unción del bautismo de Jesús en que se resuelve la visión doble (en dos polos) que surge al principio entre la visión de un mesías promulgador de juicio para el pecador, fomentada por Juan el bautista, y la visión de un mesías que responde al anhelo del Padre por la redención de la humanidad (Ezequiel 34: 11-17; Lucas 19: 10). Esta unción de Jesús por el Espíritu de Dios:

  • Establece primeramente el movimiento y la secuencia de eventos que seguirán la totalidad de la misión del Mesías de Dios (vea Lucas 4: 1, 14,18-19).
  • Se convierte en el evento que confirma la auto comprensión que ya Jesús tenía sobre su misión divina (Lucas 2: 49) y lo impulsa para actuar de acuerdo con esta (Lucas 4: 18-19, Hechos 10: 37-38).
  • Anticipa el “el empoderamiento” análogo de los discípulos de Jesús (Hechos 1: 8; 2: 1ss).

Es bueno señalar que no se encuentra ninguna referencia directa en la literatura anterior o contemporánea a los evangelios que vincule al Espíritu y “la paloma”. Este símil puede pretender evocar a través del simbolismo de la «la paloma» el rol de heraldo o portador de buenas nuevas atribuido a Jesús. Me llama la atención la expresión “en forma corporal” que Lucas utiliza como parte de su estilo narrativo, cuyo fin es enfatizar lo concreto y real de la escena sobrenatural que se narra (vea Lucas 23: 44-45; 24: 50-53; Hechos 1: 9-11; 2: 1-4).

Finalmente, se destaca en Lucas 3: 22, la voz celestial, y que nos evoca el primer canto del Siervo de YHVH de Isaías 42:

»Este es mi siervo, a quien sostengo,
    mi escogido, en quien me deleito;
sobre él he puesto mi Espíritu,
    y llevará justicia a las naciones.
No clamará, ni gritará,
    ni alzará su voz por las calles.
No acabará de romper la caña quebrada,
    ni apagará la mecha que apenas arde.
Con fidelidad hará justicia; no vacilará ni se desanimará
hasta implantar la justicia en la tierra.
    Las costas lejanas esperan su ley».

 «Yo, el Señor, te he llamado en justicia;
    te he tomado de la mano.
Yo te formé, yo te constituí
    como pacto para el pueblo,
    como luz para las naciones,
 para abrir los ojos de los ciegos,
    para librar de la cárcel a los presos,
    y del calabozo a los que habitan en tinieblas (Isaias 42: 1-4; 6-7).

En este impresionante poema del Siervo de YHVH se vincula el “placer divino” con la unción del Espíritu para la misión divina.  Es por eso por lo que el verso 22 anteriormente discutido es un eco de este hermoso poema, que nos demuestra que el “placer” o complacencia de YHVH es que la redención corra sobre la tierra. La voz divina que se emite durante el bautismo de Jesús es la misma voz que se escucha en este canto del Siervo que nos aclara que el papel del Mesías era manifestar la obra redentora de YHVH (Isaías 42: 7).  Eso fue lo que exactamente contesta Jesús a Juan cuando éste le “cuestiona” su misión:

 En ese mismo momento Jesús sanó a muchos que tenían enfermedades, dolencias y espíritus malignos, y les dio la vista a muchos ciegos. 22 Entonces les respondió a los enviados:

—Vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los que tienen lepra son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncian las buenas nuevas.  ¡Bienaventurado el que no tropieza por causa de mí!» (Lucas 7: 21-23, NVI/RVC).

APLICACIÓN

El papel de Jesús, sin lugar a duda, se acentúa en las palabras del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti hallo mi complacencia”.  Jesús es el Hijo y representante de Dios, es aquel a través del cual el objetivo de Dios para su creación es cumplido de forma cabal. Solo Jesús es capaz de satisfacer los estándares divinos de “justicia” y de “deleite”.  Esta es la respuesta a la duda de Juan el bautista sobre que tipo de Mesías era Jesús.

La misión y estatus de Jesús se derivan de la relación con su Padre, y con referencia al cumplimiento obediente de sus propósitos expresados en las Escrituras.  Jesús cumple con todas las demandas de la misión redentora que YHVH ha establecido, y ahora de esa obediencia «intransigente» a su Padre, fluyen la paz y la justicia que vemos su ministerio. He ahí los límites del amor que Jesús propone, y que Satanás en el desierto, y en todos los tiempos, intenta que su pueblo sobrepase.  Que Dios nos ayude!

Notas:

             [1] Vea, Ariel Álvarez Valdés, Enigmas de la vida de Juan Bautista. (Buenos Aires: San Pablo, 2012); Fernando Bermejo Rubio, La relación de Juan el Bautista y Jesús de Nazaret. (Madrid: Trotta, 2011); y Harmut Stegemann, Los esenios, Qumran, Juan Bautista y Jesús. (Madrid: Trotta, 1996).

             [2] Santiago García, Evangelio de Lucas. (Bilbao, España: Editorial Desclée de Brouwer, 2012): 113. Accesado el 9 de enero de 2022 en htps://elibro.net/es/ereader/utcpr/48006?page=113.

Bibliografía

García, Santiago. Evangelio de Lucas. Bilbao: Editorial Desclée de Brouwer, 2012. eLibro

Green, Joel B. The Gospel of Luke. Grand Rapids, Michigan: William B. Eermans Publishing Company, 1997.

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